viernes, 30 de abril de 2010

Qué le pasa al mundo

Hay en la actualidad una abertura a la privacía de cada uno de nosotros que nos complica aún más la entrada de dicho vocablo a la Academia española. Hacemos ruido con todo y no dejamos, mas que muy pocos asuntos realmente personales, en secreto. La red y los medios nos han hecho caer en las aras del significado mediático envuelto en la tecnología que nos pervierte cada día más con elementos más sofisticados, confortables y ostentosos.

Empezamos con el correo electrónico, chat, MSN, llegamos a crear verdaderas redes sociales como Myspace, Hi5, Facebook y ahora Twitter. Muchos otros nos pretendemos asir de la dicha de compartir vivencias en blogs, para que otros al leernos nos hagan sentir más afortunados. Es un mecanismo en la actualidad para no sentirnos solos. Por un lado nos rodeamos de gente que no existe como tal ante nosotros, pero con el sólo hecho de saber de ella por medio de comentarios y brevedades de estilo silencioso, nos hacemos a la idea de estar más que acompañados.

Hay quienes ponen en riesgo a los suyos mediante esta abertura de su mundo al mundo de otros quienes buscan causar daño y hay quienes se cohiben en las relaciones interpersonales, que dejan fluir gran parte de sí por estas herramientas. Hay verdaderas historias de amor que empiezan entre verdaderos desconocidos y otras que son de horror que llegan a terminar en violaciones o muertes.

Nos alejamos cada vez más de interactuar entre nosotros de manera personal. ¿Qué diría Angelina Beloff hoy en día? ¿Hubiera escrito correos electrónicos a Diego Rivera con la misma intensidad con la que le escribió sobre papel? Las cartas son sin duda un medio antecesor de algunos de estos medios, pero en ellas existía la entrega y la presencia de la persona disuelta en la letra, el doblez y la forma de sellar el sobre. La gente antes se entregaba más y se conocía con mejor calidad que nosotros.

La actualidad es ardua y abrumante, nos aleja de sentirnos humanos por tantas razones. Aparecen en la tele, la radio y la Internet atrocidades que tocan fibras tan sensibles como apremiantes. Es escalofriante el mundo al que ahora, valientemente, queremos seguir perteneciendo. El tiempo se acorta y se vuelve menos accesible, tratamos de ahorrarlo y nos resulta una cuenta con grandes intereses y desfalcos, que terminamos por recurrir a la heroína de Momo en nuestros sueños. El trabajo, los estudios, los hijos nos envuelven en su prisa, les dejamos de querer y terminamos por hacerlos una carga bárbara. Es el pensar occidental: todo esfuerzo proviene del castigo qué cumplir por aquella deuda que tuvimos desde el Génesis. Nos encerramos en nosotros y vemos por nosotros, recordamos que el mundo está poblado de gente y cosas aún más maravillosas, ignoramos las noticias, prendemos la computadora, abrimos Facebook, tuiteamos y nos entrometemos en las vidas de quienes mal conocemos, para dar tema de qué hablar al otro día y así creernos poseedores de una capacidad elocuente de entablar relaciones interpersonales, aunque llegando a la oficina o abriendo un correo, nos enteremos que algún familiar se fue de este mundo o nuestros hijos llevan media currícula reprobada. ¿Qué nos pasa entonces? El mundo se va a acabar, porque nos estamos olvidando entre nosotros.

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