lunes, 24 de mayo de 2010

Y dónde quedó la cordura

He perdido, desde hace un mes con veintiocho días, la cordura. Vaya que me la han echado lejos de donde la escondía y a ratos la buscaba cuando más necesaria llegaba a ser. La perdí, o mejor dicho, me la han robado. Ya dije que tiene unos ojos color café que arrebatan el aliento y una mirada que ha llegado a enmudecerme; a mí que tanto hablo y no dejo de hablar tan fácilmente.
Habla también y me gusta verle mover sus labios, me gusta más besarlos y arrebatarle medio suspiro cuando le falta el aire. Cree poseer la verdad y en tal contundencia llego a creer sus verdades. Se preocupa por mis horas sin comer y por la falta que le hago cada tanto que las obligaciones más elementales escarban un absimo entre nuestros cuerpos necesitados. Es un arrebato y me ha escondido tras de sus ojos la poca cordura que bien o mal lograba sus propóstios en mi vida. El viernes le perdí la pista, la voz y sus pasos. No supe de su andar y media vida se fue en tal desencuentro. Hablé mil veces a su celular y nunca contestó, creí que sus brazos inquietos no vovlerían a cortar el aire. Le creí lejos y en el infinito, me arrastró en tal osadía y le encargué su bienestar a las deidades y todos los ángeles y demonios que de cuidados han sabido encargarse. A la mañana siguiente le volví a escuchar la voz y su cadencia. Le ví de nuevo y le abracé como nunca antes. Recuperé la paz perdida y media alma me regresó al cuerpo. Le acaricié los labios con los míos y todo el camino de regreso a casa le seguía el trayecto de las venas de sus brazos con mis dedos. Le quise más que el viernes y menos que hoy. En dos días cumplimos dos meses de semejante encuentro, y todavía por las noches dudo que me haya arreabatado la caordura.

jueves, 20 de mayo de 2010

¡Chascas a la vista!

Hay entre tantos escritores, que a últimas he conocido, uno carismático y poseído por los arrebatos que llega a recrear. José Ignacio Valenzuela presume llamarse y es, en sus letras y creaciones, un verdadero encanto. Dueño de una melena propia de su sobrenombre, el Chascas viene acercándose unos días a la tierra azteca que le dio morada hace unos años. Viene para promocionar dos libros suyos: El caso de la actriz que nadie quería y La mujer infinita, éste último nos ha de acercar a la intensa vida de Tina Modotti, llevados de la mano por la audacia de Pablo Cárdenas, un cineasta que pretende hacer una película de la vida de esta fotógrafa italiana y descubre en ella el infinito.
José Ignacio Valenzuela, es un tipazo. Vive la vida al máximo como máximas son las que recrea en los guiones, novelas y cuentos que ha llegado a compartirnos. Hay una breve entrevista donde con toda su elocuencia y tenacidad afirma que la inspiración no es dada por la varita de algún hada, sino por la propia necesidad que tenemos para comprender el mundo. Tan certero; hay entre benditos, su sola presencia.
Sus metas son siempre una constante en él, y qué mejor que cuando las ve logradas. Nos comparte a diario su diario andar y le compartimos que es un gusto su bien logrado éxito en su quehacer continuo. Es una estrella que brilla en los libreros, para muchos que vamos construyendo un universo en tales muebles. En México, tan solo se tenía disponible El filo de tu piel, y viene semejante hombre desde Puerto Rico a expandir nuestro cosmos.

lunes, 17 de mayo de 2010

Entre media vida y un volado

Dueña de la mitad de su vida, Verónica, dispuso disfrutar de su soltería. Cincuenta años le pesaban mucho menos que la pena de cargar con una carga génica materna a medio expresar: las várices y la tendencia a luchar contra el artefacto malévolo de la báscula. Decidió que debía viajar por el mundo. Sacó, sin pensarlo más, los ahorros de toda su vida y resolvió de ellos para elegir un destino que mereciera celebrar la inefable contundencia de poseer medio siglo sin tanto embrollo.


Sucedió entonces que fue a la casa materna para dar por avisado su viaje. El Cono sur del continente la recibiría con los brazos abiertos. Mientras su madre tejía las interminables colchas que se inventaba para dar por bien tejido lo que el matrimonio tanto le había hecho destejer de sus hazañas; su padre, a medio escuchar y a medio leer su periódico, dormitaba a medias y descifraba la mitad de lo que Verónica llegó diciendo. Ahí jugaban sus sobrinos, agudos y drásticos como sólo los niños saben serlo a la edad en que no avizoran un céntimo de lo que otras edades suelen ir develando: la cruda realidad de ir descreyendo la mitad de la fantasía de los cuentos de hadas, cada que uno se descalabra con los villanos de su propia historia.


— ¿Cómo vas con ese rompecabezas? — preguntó Verónica a Sofía, su sobrina, que no por sólo poseer el nombre arrastraba consigo una sapiencia audaz.
— Dos dos, Tía. — respondió sin perder una hebra de concentración. — ¿Te vas al Cono sur, a festejar tus cincuenta? — preguntó la chiquilla de escasos diez años.
— Me voy a celebrar la vida, dando de gritos y alaridos por ahí — le dijo Verónica, con una sonrisa que exponía dos de sus dientes falsos de porcelana.
— Yo que tú, me casaba— arremetió Sofía mientras le tomaba la mano y la veía a los ojos.
— Así, ¿sin medias tintas?
— Tía, esta casa y esta familia ha sabido vivir a medias. Así que de tal forma, debes apresurar la boda.
— ¿Para vivir a medias?
— Eso ya depende de un volado, tienes de dos: o te toca un buen marido que te haga gritar por las noches o te toca uno que no le importe el horario para hacerte gritar cada que te de una sarta de golpes.
— ¡Niña! ¿Quién te dijo tales barbaridades? — le dijo sorprendida Verónica a Sofía, mientras la sentaba sobre sus piernas.
— Este manual de “Cómo no creerle a los cuentos de hadas”— respondió Sofía segura de sí misma, como quien posee entonces la verdad absoluta. Verónica, lo tomó y lo metió a la bolsa de su pantalón.
— ¿Me caso entonces? — le preguntó a la pequeña doctora corazón que había engendrado su hermana menor, con la ayuda de un hombre liberal y pertinente como su retoño.
— Creo que lo conveniente es ver a un buen endocrinólogo primero, estás en la edad en la que un calor atroz y cualquier serie de comedia te suelta a llorar, yo diría entonces que no gastes tu dinero en ese viaje.
— ¿De veras?
— De veras, de veritas. Yo te invito al Cono sur, cuando me consiga un novio uruguayo con el mismo bigote que Mario Benedetti. Pero bueno, Tía, voy a jugar con mi muñeca, este rompecabezas me ha estresado tanto, que puedo caer en depresión.


Vio después Verónica escabullir a su sobrina y ante tales certezas le vino un temblor frío que la hizo estremecer. — ¡Qué niña! — se dijo para sus adentros. Se sentó a lado de sus padres y los escuchó discutir sobre quién de los dos tuvo la culpa de que el televisor de la cocina se quemase, por ahí de 1975. Dejó la taza de té de azahar para salir del ahogo e ir entonces a ver jugar a Sofía con sus muñecas plásticas. Ahí la escuchó hablar del príncipe azul y los dragones que rodeaban la torre de su castillo, haciéndola volver a su cuerpo y creyendo en la mitad de la cruda charla que minutos antes habían entablado. Tomó el manual, que a ambas había perturbado, de su bolsillo y lo echó a la basura.


— ¿Te vas? — volvió a preguntar Sofía a su tía Verónica, después de recibir un beso en la mejilla.
— Voy a buscarte un bigote similar al de Mario Benedetti. ¿Le has leído?
— No, pero dice la maestra que amantes como él, muy pocos.
— Está bien. Regreso pronto, iré al médico antes de salir de viaje. ¿Estamos?
— ¡Ya estás, Tía! Lo menos que quiero es verte llorar como cocodrilo; pero… no te cases. Creo que fui muy drástica. Ya no hay hombres que valgan media vida. Ni Ken, que abandonó sin más a Barbie. Ve con bien, que te quiero de regreso más feliz que de costumbre.


Con semejantes máximas de Sofía, Verónica partió al Cono sur para disfrutar de sus cincuenta. Al pasar por Montevideo, trató de hallar varios bigotes similares a los del escritor, y ninguno halló con tal encanto. Sólo una postal donde él sonreía, noble y deliberado, los mostraba como siempre: sin alardes. Al reverso le escribió a su sobrina; “Para ti: que tanto afán tienes por los bigotes de este hombre”. Lo metió en el sobre donde también enviaba un breve manual titulado: “Para volver a creer en los cuentos de hadas”. Verónica, satisfecha con su empresa, decidió seguir disfrutando de América del Sur, creyendo en el tratamiento hormonal que el médico le había prescrito, en las bondades del té de azahar, en la gravedad, las várices y la fidelidad de Ken.


Sentada en una banca del Parque Rivera, contemplando el lago, vio cómo un hombre dueño de un bigote noble y maduro, le pedía permiso para acompañar su tarde. Verónica, aun con su media vida revuelta, se sintió con una decena de años afianzada a los cuentos de hadas. Supo entonces que sí había hombres guapos todavía y ante ello preparó las nupcias para el regreso de su viaje. Después de todo, la mayoría de las cosas se deciden en un volado y ésta, como otras tantas, merecen no sólo la mitad de la vida, sino la vida entera.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Ni un cero menos

Supo entonces que tenía dos hijos y una esposa con ojos tristes y a la vez hermosos. Se enteró por casualidad cuando encontró entre sus pertenencias una carta que en vez de firma tenía al final el sello de unos labios color carmín y una foto postal de estudio, dedicada.

— ¿Por qué los dejaste así, sin más ni más? ¿Pretendes que así me case contigo, para que me dejes después con todo e hijos? — le dijo Rosa, al que pretendía llevarla a firmar su matrimonio civil.

—Creí que nunca lo sabrías, me quedaré contigo hasta el final de mis días. Rosa, a un hombre con mi dinero y mi edad, lo que le sobran son esposas e hijos espontáneos cada día— contestó Manuel, despreocupado de su irresponsabilidad. Se hizo un silencio incómodo y, después de haber acomodado en su cabeza no sé cuántas cifras, signos de pesos, dólares, euros y yenes; Rosa, contó hasta diez y dijo:

— Está bien mi amor, sólo dime cuántas esposas e hijos demás crees que aparezcan por ahí, para ir reservando mi parte de la herencia; te perdono las esposas y los hijos, pero un cero de menos, ¡nunca! Te quiero viejito, bien sabes que te quiero.

lunes, 10 de mayo de 2010

México, entre tantas madres.

Hay en México toda una tradición por celebrar el 10 de mayo, sea como fuere su atrevido cruce en la semana. Y es que es lógico que este país, aun embebido en el pantano del machismo y la falta de equidad de género, siempre tenga presente que detrás de toda persona existe la bondad de una madre.
Arraigados en la conducta social, como en las más diversas culturas que se desarrollaron en el mundo, tuvimos diosas protectoras y benévolas como las madres. Desde Coatlicue hasta Tonantzin, siendo ésta última el puente perfecto para involucrar el culto a la vírgen según el pensar occidental de los españoles.
Es un vaivén todos los días diez del mes de mayo. Van las madres con sus mejores ropas a ver bailar a sus hijos, escucharlos recitar o recibir simplemente el arreglo que desde dos semanas antes tanto tiempo le había robado a sus clases de matemáticas. Es para muchas el único día en que ven reunidos a sus hijos, el único día en que la mesa del comedor se llena repleta de comida y tratan de esconderse los disgustos y dislates que entre la familia llegan a surgir, por ver feliz a la mujer que les dio la vida.
El día es arduo desde la noche anterior. Las abuelas, que son madres por segunda vez, son quienes más acostumbran a reunir a la familia. Hay otras familias que optan por hacer reservación en restoranes clásicos como el VIPS, El PORTÓN o el SANBORNS. Sin duda alguna, se trata de dar el mejor día a quien tanto se preocupó por uno.
Fuera de semejante fiesta, vuelve México a la normalidad. Se deja a un lado la música de las serenatas o el agosto oportuno de los vendedores de flores. No más tarjetas dedicadas a las madres, ni más recuerdo alguno que involucre el amor hacia tal ser. Las calles de esta ciudad vuelven a estar atiborradas de autos y delirantes problemas. Vuelve entonces a surgir un afán por recordarnos a la mujer que nos dio la vida en los estruendos que los autos hacen con sus pitos, en los chiflidos de quienes se empeñan en molestar a alguien más, y en los gritos que se engendran en cualquier pleito o cascarita futbolera, donde las madres se recuerdan cada que uno realiza una torpeza o causa desagrado a alguien más. Es así entonces que México es un país de madres, más allá que porque la mayoría de las cosas nos valgan madre, por el terco afán de quien se impone a nuestro pensar, tiene el derecho de ir a chingar a su...
¡Feliz día, a todas las Madres!

domingo, 9 de mayo de 2010

Premio categoría Cuento Largo.

¿Oscuridad? ¿Pena? ¿Nostalgia? Cuántos no hemos sentido esta triada del desamor y el abandono, cuando una tercera persona invade el territorio que sólo era de dos en común acuerdo. En este relato se cuenta la historia de un amor que llegó insólito como todo lo que brilla y se oscurece más allá del orbe terrestre. Un hombre enamorado de otro hombre venido de algún escondite del Universo o quizá hijo propio del Sol con una mezcla de polvo espacial, vive cómo se le escapa el cometa a los confines del espacio al perseguir otro amor. Una combinación de entrega y pasión, de luz, de silencio y frío infinito. Un viaje a través del cosmos, alcanzando la complejidad de los hoyos negros, las estrellas variables, los pulsares, los quasares y los espectros. ¿Qué es el amor? Un breve paso por la eternidad o la eternidad a paso breve. No se sabe. Quizá una complejidad que hace temblar el cuerpo, fortuna y azar de la vida, enemigo de la soledad, refugio de arduas pasiones, delirio de mil poetas. Hay en las aras del amor un ruido que ensordece el espíritu y, en su contra, un silencio que aturde el ánimo de quien se ve invadido por el desamor; pero siempre, cuando finaliza una relación que se impregna en la piel, uno tiembla al saber cuántos mundos se pueden descubrir de nuevo con el cielo iluminado.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Sin pedir permiso

Llegó envuelto en sus caricias breves y directas. Un atrevimiento para todos los ortodoxos. Tiene los ojos más vivos que he conocido y un corte fino que delínea su barba pretendiendo nacer como la espesa selva. Su cabello es firme como las ideas que le nacen de su cabeza. Besa despacio y se sincera con los labios. Es febril como el calor de marzo y extasiante como el color lila de las jacarandas. Sabe charlar en paz y escuchar ferviente. Desesperado a veces, siempre es un desafío descifrarle todo aquello que pretende callar. Hace ruidos con sus dientes y su lengua como un huracán caribeño y como los motores que deambulan por la ciudad. Es preciso e indómito, obsesivo y fiel colaborador de la puntualidad con que las manecillas del reloj danzan día a día. Llegó sin pedir permiso, y antes que lo pidiera le dije que sí. Me gustan sus ojos profundos y la mirada que lanza de soslayo. Tiene un lunar en la barbilla que es al mismo tiempo un hoyo negro que se burla de las leyes físicas y trata de perderme en su infinito. Es arduo y drástico a destiempo. Pero con una entereza y firme decisión, que me diluye en un instante.

lunes, 3 de mayo de 2010

Entre el mar y el amor

Ya son las dos, dice Daniel en su blog con el mismo nombre y el cual recomiendo, porque hombres como él que aman con intensidad y entereza, pocos. Y sí, son las dos ya de una desmadrugada álgida y febril. Aunque mañana tenga cara de amanecido, tenía que encender la flama de este blog que tanto se ha dado a querer.

Me atreví a enviar una invitación a la gente que más quiero y estimo, para que ellos con su viveza y su entrañable andar por la vida, le regalen fuego a este espacio con sus historias o frases que les han llegado a lo más profundo de sus huesos. Poco a poco irán respondiendo, no es una urgencia, pero sí una necesidad.

Hoy llegó el correo de una mujer a la cual yo llevo en el pensamiento como ella lleva en su camino sus lentes y su magia. Pretende ser médico igual que yo, y ha caminado algunos años con un amor que no se deja terminar en paz. Ni ella ni el otro lo terminan y, entre tanto, saben dejarse en ascuas como ellos mismos. Son incadescentes. Hace apenas unos días, platicábamos de dicho amor inmortal. Surgió a tema el mar y con ello una analogía bárbara se me escapó de las yemas de los dedos y teclearon que el mar es como los hombres. Ella, mi amiga tan inteligente como inexplorable es el inmenso universo que esconde bajo su piel, dijo entonces: Son como el mar, porque vienen y van, nunca se están quietos.

¿Por qué pensaremos así de estos seres? Tan mortales como míticos, persisten en nuestras vidas como clavos de plata y oro. Nos hacen sangrar y derramar lágrimas que llenarían los espacios intercontinentales si estos estuvieran secos. Me ha escrito mi amiga Val Santiago, un breve relato donde nos describe la posición en la cual se planta hoy por hoy, donde se le ve frágil y a la vez valerosa. Tergiversa oposición sublime llega a mostrarnos el amor; aquí en su relato hay mar y un visitante, hay nostalgia, hay cordura y delirio sin cabales, hay mortalidad e imortalidad, hay reclamo y hay sumisión, hay verdad y mentira fantástica, hay deseo y pasión, hay mucho de Val Santiago, hay un visitante que al cual no le importa su dolor, hay un mar afanoso y drástico, hay amor que al final siempre es quien se sale con la suya, pero hay un lado humano que es el que siempre paga las consecuencias, y en este relato que pronto aparecerá por aquí, no es la excepción, así es la trinidad de Val Santiago: Amor, mar y visitante.