viernes, 25 de diciembre de 2009

Feliz Navidad.

Voces por los de abajo

Sí, fíjese. Ayer venía la tira correteando a unos güeyes de la Sur 18. La neta es que esos cabrones son bien gandallas, mire que en la mera Noche Buena. Ya ni la amuelan, me cae… Pero, pues ¿qué se le hace? Esos morritos nomás se estaban echando un churrito, ya sabe usted, para eso de calentar los ánimos, pasarla chido, en ambiente, bien acá. ¿Qué si los conozco? Nel, eran unos morros. Parecían duendes, así medios bajitos, narigones y con orejas picudas picudas. Traían hasta un gorrito bien cura. Nunca los habíamos visto por estos lares. A mí se me hace que esos mordelones sólo querían sacar varo; ya sabe, querían hacer su Navidad:“una lana y los soltamos”. Pinches culebras pasados de lanza. Aquí en la vecindad estábamos en el ajetreo de la piñata, el ruido de los chavitos, acomodando los bafles, cuando se oyó un desmadre y luego luego el escándalo de la chota. Sólo eran dos. Sí, bien putos esos güeyes. Ya sabe, bajan bien acá, como si sólo sus chicharrones tronaran. Para eso, los morros ya estaban escondidos en el baño de la casa. Sí, mi jefa siempre es rebuena onda para las causas perdidas, nomás les dijo “órenles chavos, métanse pa’ la casa” y luego luego le picaron pa´l cantón. Ahí estaba mi carnal el Chepos, pu’s no le quedó de otra que meterlos al baño. No, no les dimos ni madres de lana, ya ve usted la crisis. La ñora de enfrente les sirvió un vaso de ponche con su piquete, y ya ni volvieron a preguntar por los morros. ‘Ora sí que les dimos posada a los peregrinos de Belén. Aunque después si me daban harto miedo, me cae que eran unos morros bien feos. A lo mejor Diosito no los quiso hacer caritas. Comieron sus romeritos y su plato de pozole bien agustín. Y ‘orita pues han de andar en su rondín, se veía que eran bien bandita, así ¿cómo le dijera? Pues si, bien patas de perro; pero bien chiditos los tres. Ójala el Santoclós les dé un buen futuro, porque así como vamos ¿qué pinche país les toca? ¿Qué qué le pedí yo al Santoclós? Chale, pues yo ya ando medio peludo para esas cosas ¿no? Pero, la mera neta es que le pedí salud y pues que esta vez me acepten en una de las dieciseís prepas del Peje. Simón que quiero estudiar. Quiero ser escritor. Mi jefa dice que el San Juditas me va hacer el milagrito. Ójala que sí. Les quiero callar el hocico a todos mis cuates que dicen que lo que me fumo hace daño. Yo invento historias bien perronas, bien curas. ¿Qué si ésta es un invento? Nel, cómo cree usted que me lo voy a cuentear así… No, no. No le diré que no me echo uno o dos. Yo que me acuerde, sólo fue un cafecito, y mire nomás… Desperté en esta pinche celda y 'ora este Panzón barbón me está reclamando que le rapté a sus escuincles, chale, no la jodan. Por cierto ¿y usted quién es? ¿Qué tanto me está preguntando? ¿Feliz Navidad? ¡Ni madres! Hasta el pinche metro ya subió...



La música. Lo que le regalé a mi amiga Laura Mondragón. Este hombre es un gran músico. Mike Sierra. Buenos días.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Arde la sangre

Para ustedes: Papá Julio y Mamá Goyita, que procrearon a sus siete hijos; para tí, Mamá Nelly, que decidiste cuidarme desde otra distancia; para tiá More, tío Orlando, y tío Roger, que decidieron partir al infinito; y para tía Dayse, tía Irma y tío Jaime, que viven lejos pero siempre andan tan cerca de mí.



Fíjense ustedes que hoy decidí aventurarme en la profundidad del armario, y encontré una cartera de piel vino, polvosa y vieja. Creí encontrar en ella unas cuantas monedas, quizá unos billetes antiguos, de esos donde dos pesos eran dos mil y que además los custodiaba Sor Juana. Abrí aquel envoltorio vacuno y nada; de pronto, en uno de sus tantos compartimentos, ardían como las brasas varias fotos en blanco y negro con rostros que nunca recuerdo haber presenciado tan jóvenes, pero que algo en mi cabeza y en cada impulso de mi sangre dio por bien conocidos.


Por un lado, mis padres; que bien sé de sus rostros la fortuna de su sonrisa y la pasión de su mirada. Creo no tener en la cara siquiera una parte de tanta gloria como ellos expresan, pero creo sí reconocer en mis párpados caídos la esencia de mi familia materna y en la nariz ancha el afán de los Jiménez, como mi padre.


Ordené las otras fotos como una voz interna me iba mandando. Dicen que la fuerza de la sangre es profunda y llama, envuelve, abrasa con un fuego que llega hasta los huesos. Conjunté a todos los hermanos de la madre de mi madre, una mujer que cuidó de mí los primeros tres años de mi vida y creo yo que alguna fuerza superior permitió que habitara en cada respiración que doy, desde que decidió partir a un infinito que sólo pocos llegan a conocer. Así fue, que en ceremonia solemne, llamé a mi madre y le hice ver aquella jugada de recuerdos sobre la cama. Intactos, serenos, hermosos. Unidos por sus genes expresados en sus ojos grandes y párpados bajos, cara redonda, la mitad blancos como mi bisabuela y la otra mitad de piel oscura como mi bisabuelo, también presentes en esas fotos reunidas de la familia Rodriguez Solís.


Dueños de la tienda más variada de Kinchil, Yucatán, un pequeño poblado calmo del occidente del estado; Don Julio Rodríguez y Doña Refugio Solís, crecieron a siete hijos en la prosperidad de su dicha. Toda una esquina ocupaba la tienda en donde bien se encontraba petróleo, pan de caja y chile habanero. Un mostrador antiguo de madera, repisas en las paredes y cinco entradas conformaban a la afamada miscelénea. Así recuerda mi madre sus primeros años en aquel lugar, mientras yo sólo imagino y siento ese gozo de vida.


Siete hijos, y entre ellos mi abuela; siento raro escribir esa palabra porque siempre le he dicho mamá. Nelly fue, es y seguirá siendo su nombre mientras las ganas no me falten de mencionarla y hacer de su ausencia la presencia más aferrada a mi recuerdo. He de decir que siempre he conmemorado más a mi familia materna que a la de mi padre, y el triunfo que he ganado es que mi padre la conmemora también junto con todos aquí en la casa. Por eso, sigo viendo como arden sus rostros sobre mi cama: ordenados y fervorosos. De los siete, sólo me quedan tres, tres de esos siete que forman parte de mi genealogía. Viven todos, los celebro, los sigo mirando. Tengo a un lado a Julio Rodríguez y Refugio Solís, mis bisabuelos; a Mamá Nelly, mi abuela; Dayse, Irma y Dalia, las mujeres Rodriguez Solís; Jaime, Orlando y Roger, los hombres. Quedan vivos tía Dayse, tía Irma y tío Jaime. Todos viven, como benditos, en las fotos que aún tengo esta noche sobre la cama.


Feliz Navidad. Su ausencia, en estas fechas, es ahuyentada por la fuerza de sus nombres cada que se comparte el pan en esta casa. Donde quiera que estén, ¡Felices fiestas!


La música. Caminante del Mayab, de Guty Cárdenas.

martes, 22 de diciembre de 2009

Entrega total


Soledad, cruda palabra que mezcla desesperanza y silencio. Esta vez, ya no soporto la terrible soledad, dice la canción. ¿Puse condición? No recuerdo esa palabra. Que hiciera lo que quisiera por bien o por mal, no importaría. Ha venido haciendo lo último. Caminar en los jardines de la eternidad, sintiendo el fuego del infierno o el frío intenso de Plutón: a su lado, sería una entrega total.

¿Perduraría ahí nuestro amor? ¿Existiría? ¿Existe fuera del cinturón de asteroides la acción de amar? Sería toda mi felicidad, mi aire, mi nombre, mi pensamiento. ¿El fondo del dolor? El abismo, la barranca, el acantilado. ¿Por maldad o por amor? De cualquier forma tenerte siquiera, por odio, por desprecio que me tuvieras; sería forma de tener un hilo del vericueto que se enreda en tu pensamiento, tu devenir.

¿Con un beso entregarme? No, con más. Entregarme en forma total, en cuerpo y esencia, ánima. Con mis ojos, mis cejas y mis oídos, mis manos largas, mi nariz ancha y el diluvio oscurecido que penetra en mis ojos. Mi saliva como bálsamo de tus dolencias, mi aliento como la calefacción que apagaría el frío de tus tristezas, y mi sonrisa como el reflejo de la dicha que llegara a anegar tu alma. No fue suficiente. Entregarme en forma total no llegó a tu precio. Cuestas más, vales más. Hay quienes sí llegan a tu precio, amores de un día, miradas de un instante, pasos tirados a la suerte de cruzarse, amores de unas horas. Yo no, ni de un segundo. ¿Qué más se hace? Ni conmigo mismo llego al precio…creo que no tengo nada más que ofrecer…. y ahora, en esta soledad, me he dado cuenta que no vales tanto como crees valer.


Reafirmaciones. ¿Ven cómo vivo de la pena y la nostalgia? Si fuera un lector asiduo como algunos de ustedes, no llegaría a leer esta viñeta, en donde tengo el valor y las ganas de reafirmarme. ¡Qué patético!


Por medio de la presente. Hemos perdido la mera forma de correpondernos, cartearnos, escribirnos. Hace falta un buen sistema de correos en México, como de lineas ferroviarias, caminos, seguridad, alumbrado, política...No, no...yo sólo pido, que ya que existe el recurso del e-mail, nimodo... es buen recurso para no perder la costumbre. Por cierto, Guadalupe Loaeza tiene un buen libro que se titula como este apartado.


Versos.
Igual que los cangrejos heridos
que dejan sus propias tenazas sobre la arena,
así me desprendo de mis deseos,
muerdo y corto mis brazos,
podo mis días,
derribo mi esperanza,
me arruino.
Estoy a punto de llorar
Por supuesto... Jaime Sabines.


La música. Entrega total, con Javier Solís.


El libro. Empecemos con Éste que ves, de Xavier Velasco.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Fly me to the Moon


No creo ir de su mano a la Luna, ni sentir de pies a cabeza la primavera de Júpiter o Marte. Nada de jugar con las estrellas, ni siquiera en alcanzarlas a través de un telescopio. Nada que tenga que ver con el espacio que tanto le apasiona, nada que tenga que ver con aquél monstruo incomprensible del cual soy parte, por constituirme de materia.

Siquiera un beso, siquiera me tomara de la mano sin salir de este planeta tierra. Que llenara mi corazón con canciones, que me cantara, que me escribiera. Que me viera a los ojos y permitiera hundirme en su fuego. Que me dejara cantarle por siempre, como promesa cautiva de su amanecer y sus noches, como pasión inextinguible de su entrepierna, como la fiebre que corona sus enfermedades.

Eres todo lo que deseo, lo que idolatro y admiro, a lo que me aferro. En otras palabras, sincérate… Sabes que te quiero, y sé que tú nunca podrás quererme. Nunca pedí que me lleves a la Luna, que me tomaras la mano, que me besaras. Sólo pedí que algún día me aceptes en la primavera presa en tu mirada y abras la puerta de tu corazón a este hombre nómada, trashumante, sin casa ni sentido de pertenencia.

Visionario. “Creo ver un mundo iluminado más allá de su apocalíptico final, creo ver tus ojos al final de la tarde”.

Pasiones.
A mi me gusta mirar la luna, me embelesa, me hace lunático. Me alucino. Soy un azotado. Me encanta vivir “En el ombligo de la Luna”

El libro. Amores que matan, de Rosa Beltrán.

La música. Claro, Fly me to the Moon, con Frank Sinatra.


lunes, 14 de diciembre de 2009

Oh, poderoso Zeus


Regresé del escándalo que se vive bajo la insigne devoción guadalupana. México es un país que se fundó bajo las ideas posesas del Cristianismo con gran fiereza y que, a cambio de los ídolos mexicas que representaban de manera extraordinaria la cosmogonía poco enardecida por el dios trinitario, llegó la forma precisa de juntar lo indio con lo occidental, naciendo de ahí el mito más conocido por todos los que de México se dicen ser y ante ello no me meto en el agobio de repetir el santo misterio que de forma misteriosa sigue nublando de pólvora el 12 de diciembre.

Hice un viaje para olvidarme del silencio de esta ciudad y me encontré con otro silencio más escandaloso. Para empezar, la familia lejana que tengo en Santa Cruz de Juventino Rosas, Guanajuato, que se pierde en un enredado vericueto de mi genealogía materna, hizo todo goce y toda comida que pudiera existir por el sólo hecho de haber pisado su aposento. Y de ahí en adelante todo fue comida y fiesta llena de cohetes colocados en un armazón enorme de largo, llamado castillo. Común para todos los que habitan en poblados escondidos en la provincia del país, fue para mí inusual y poco concebible, pero a la vez cautivó el afán de mis ojos ver tanta chispa y tanto revuelo ardiente de luz. Escuchar azorado el inicio chispeante de su encendido y ver embelesado a medio pueblo no es cosa que se vea todos los días en este monstruo de ciudad mal planeada, pero que tanto quiero.

De interesante había poco en este lugar que de un dos por tres decidió convertirse en ciudad. Ahí nació, por ello su nombre, Juventino Rosas, hombre taciturno en la historia musical de México, con una vida trágica y un talento escandaloso como las olas de su vals. Pero aún así, con semejante hombre nacido en el seno del estado de Guanajuato, con su iglesia en cantera rosa que custodia el centro de la ciudad, con las charamuscas de colores remojadas en atole blanco en Cuaresma, con el aire del campo, con las montañas eternas que enmarcan el horizonte lejano, con el alba y el ocaso, poco pasaba en esa tierra de causas perdidas.

Ahora su población rebasa los 5, 000 habitantes y su actividad agrícola es menos del 25%. Trabajan en otras actividades impulsadas por los hermanos mojados. Andan como perdidos los uniformados de la policía con rifles a la vista y cascos que parecen fabricados por el creador de vestuario de la Guerra de las Galaxias. Ya no se ven las estrellas como en el ayer que apresaban los ojos de mi infancia. La gente de antes se va acabando y han llegado de todos lados del país a establecer ahí sus sueños. Las mujeres siguen siendo golpeadas y destinadas a tener hijos mocosos y llenos de mugre, ahora manejan camionetas Expedition, 4x4, Explorer, Van, GMC, Jeep… - Mi viejo mandó dinero del Norte- dicen orgullosas de sus hombres que calman su animalidad con otras mujeres del mismo pueblo, pero en diferente nación, redimidos por el envío constante de billetes verdes y cuando llegan cogen como benditos con sus esposas, porque lo son ante los ojos de Dios.

Llevar el nombre de ciudad se le debe a tanto migrante que ahora vive en ascuas en el Norte. – La crisis- dicen las mujeres de Santa Cruz, repitiendo las palabras que sus viejos les dicen muy agringados por el teléfono. Antes, la tía Juana pagaba por minuto cuando nos hablaba en uno de los dos teléfonos que había en todo el pueblo. Ahora, las mismas mujeres que manejan camionetas chocolate, hablan también por su Iusacell, Telcel o Nextel. Hablan más que yo y a todas horas.

- Dios dirá- dicen a cada rato. – ¡La santísima virgen!- dicen las madres de las mujeres de Santa Cruz. –Si Dios da licencia- responden a cada propuesta que hagan para el mañana. Y así como respeto la religión de mis padres, también me espanta. Todo un ruidazo y una bruma de cohetes de locos celebran a la mujer mestiza que se hizo llamar Guadalupe. –Agradecemos a todos los paisanos de Carolina del Norte, Indiana y Fort Worth por haber pagado el conjunto y el castillo de esta noche- dicen fervientes los mismos hombres que cantan en el escenario.

La iglesia repica, el ruido ensordece, las chispas ciegan a la gente. Son ya una ciudad donde se oyen andar como desaforadas las ambulancias, la policía antidrogas, se oyen violaciones y golpeados, empiezan los secuestros, abunda ya el narcomenudeo como si se cantara un narcocorrido. Se siguen comiendo frijoles en olla de barro, atole de masa, tortillas con salsa y queso. La gente se sigue sentando afuera de las casas a ver pasar la tarde comiendo cacahuates tostados y garbanzos asados con chile y limón. Siguen existiendo supercherías, brujas, hueseros, hechiceros y yerberos. Se le sigue llamando por ello “Brujentino Rosas, tierra de brujos”. Se siguen limpiando con huevo, limón y ramas de pirul. Siguen escuchándose los llantos inaudibles de la Llorona por todos aquellos que quieran preservar su existencia. Siguen naciendo niños sin control y siguen haciendo fiestas en gracia del Dios de Abraham, Isaac y de Jacob. Creen que Quetzalcoatl es un diablo que está alejado de Dios, y seguramente el cometa Halley sigue excomulgado de la Iglesia. Si supieran que rindo culto a Buda, a Tlaloc, Marduk, Obatalá y Zeus, seguramente me hubieran linchado. Si les hablara que en México (como llaman a la Ciudad) se va a los antros como se va a comer frijoles por las tardes al campo, entonces sería un descocado de los nuevos tiempos. Si hubiera dicho que apaguen su ruido para escuchar el silencio de tanto niño que confunde la Primera Guerra Mundial con la Guerra de Castas, seguramente me hubieran trepado al castillo y me hubieran quemado para bien de la Santa Iglesia. ¡Oh, poderoso Zeus, ruega por nosotros! ¡Oh Tlaloc, no nos quites el agua bendita! ¡Oh, Mictlantecuhtli, danos buena muerte! ¡Arca de la Alianza! ¡Puerta del Cielo! ¡Oh, Santa Inquisición!… ¿qué pendejadas hiciste? Amén.


jueves, 3 de diciembre de 2009

Ando yendo

"Si vivir sólo es soñar, hagamos el bien soñado" Amado Nervo

He tenido unos días en los que hago cumplir el gerundio que viví repitiendo en la primaria con sus terminaciones sencillas: -ando, -iendo. Fácil. Yo imaginaba a un borracho que poco se sostenía a pie y andaba yendo de un lado a otro, y para acabar el asunto su madre optó por ponerle Gerundio. Pero digo que ahora lo vivo, como vivo el sol y el frío de este diciembre, y lo vivo porque ahora en estos días de vacaciones no me hallan más que durmiendo, comiendo, bebiendo, durmiendo, escribiendo y gozando la nada. Pero así que ven, la nada es ardua y a veces más cansada que tener ocupadas las horas. Lo es porque a uno se le ocurre hacer todo, de todo y estar en todo.

Me he dispuesto a arreglar el escritorio donde me encuentro frente a la computadora, y lo dejo a la deriva de un mañana prolongado por la infinidad de cosas que roban mi atención, como ver videos de filarmónicas por internet hasta grabarme los altos y bajos de la voz que apresa en su garganta Susan Boyle. He escuchado una y otra vez los nocturnos de Chopin, la Danza húngara de Liszt y Veracruz de Agustín Lara, aunque digan que sea un dislocado de estos tiempos, que me gusten los suéteres de abuelito y que cuente historias como quien tiene setenta años. Y esto y más he hecho cuando nada por hacer invade el territorio de mi tiempo.

Uno en estas circunstancias suele pensar en muchas cosas y estar retraído consigo mismo, a solas, armonizándose, rehaciendo capítulos que han cambiado de página, recordando… Soy nostálgico, y eso lo saben quienes me conocen, vivo del ayer como si mi actualidad fuera prescindible. Y reconozco que tal tontería es hacer uno de los círculos viciosos en los que más permanezco, porque al hacer prescindible mi presente en un parpadeo hago imprescindible mi pasado. Y este vicio lo comparto con mi amiga Anabel, que ahora es asidua lectora de este espacio.

Desconocemos muchas cosas que existen. Alan León, un hombre cabal como impulsivo, certero y elocuente, me contó que uno de los impulsos que tiene en la vida es precisamente ello. Y lo es para todos, para el conocimiento, para la ciencia, para el humanismo. Así surgen las preguntas que a menudo conmueven nuestro raciocinio interrogante. Yo también soy movido por ello, no me abstengo de preguntarme y conseguir verdades que calmen la impaciencia de mis dudas, pero hay otras cosas que es mejor no entenderlas como el amor, porque de ahí surgen teorías e hipótesis que las hacen más inalcanzables que tangibles y más comunes que asombrosas. Yo creo que no pensó eso Schopenhauer en su ensayo El amor, donde asegura que la especie y no más que ese fantasma de hacer individuos fuertes, impera en algo que a través de tantos siglos no se le da respuesta. Por eso considero que hay cosas que mejor las dejo como creo que son y como mejor las pueda vivir: sin respuesta.

Me dispuse también a leer varios libros sin un orden ni de estilo ni de corriente literaria, y es mejor así, porque es mejor adentrarse a distintos tiempos y a distintas tintas. Pasé por el Siglo de Oro español con Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, encontrándome con la fiereza y entereza que tiene un pueblo cuando le llegan a lo suyo, a su gente; cómo es que desde siempre han existido hombres listos que se aprovechan de sus gobernados y, peor aún, de las mujeres. No cabe duda que en esas malas mañas, la sociedad poco ha cambiado en cuatro siglos. Por ahora me encuentro detenido en una novela entrañable de Elena Poniatowska, La piel del cielo, donde el afán por sobrevivir a una vida con infinidad de escollos y tropiezos se impone ante todos y toda la sociedad posrevolucionaria de este México tan mío como de los demás. Un México que nacía a los albores de institucionalizarse con más de medio país sin saber leer ni escribir. Lorenzo de Tena es el valiente que va escudriñando esos caminos que la vida le va descubriendo, con su inteligencia indomable y su espíritu aventurero, con la única seguridad de que arriba, más allá del cielo oscurecido, existe un universo en expansión con un juego de luces que recorre los colores del espectro.

Así es que, como Lorenzo de Tena, sé que existe una realidad más allá de mis posibilidades humanas de comprender, inmensa, superior e infinita. Una expansión de materia y energía, luces que se han emitido desde hace millones de años a la distancia y llegan apenas hace tres segundos. Tiempo, relatividad, nada, desorden y orden: subsistencia. Vivir para trascender, dejar huella y funcionalidad. "Ser o no ser" diría Shakespeare… "Y es bueno tener conciencia de que en nosotros hay algo que lo sabe todo" diría Hesse a través de la voz de Demian. Tengo la fortuna de conocer a muchos Lorenzos, muchos Demian, infinidad de mujeres valientes que se imponen a la sociedad. Tengo la fortuna de tener libres estos días para saberme rodeado de hombres que andan en busca de su talismán en esta vida, otros más que descubren ser sentimentales cuando negaban con seguridad ser indoblegables. Tengo la fortuna de haber compartido una comida en paz y calma, con Taateni, Thalia y Mariana, tres mujeres que andan en esta vida como si la vida fuera andando entre las mujeres. Son valientes y razonables, únicas como sus vidas y sus amores. Únicas como ese café anclado en las calles de Coyoacán que quién sabe cuántas historias de vida no habrá escuchado en todo el trajineo que ha visto pasar, en este México de todos los tiempos, en este México que subsiste a pesar de la incertidumbre de un mañana. En este México borracho como el gerundio de mi historia infantil, este México que anda yendo…y no se llama Gerundio.

Saludos. A Taateni, Thalia y Mariana...a EmManu que llegó tarde como siempre, pero a tiempo para charlar y reir como si el tiempo no pasara por nosotros.

A una jipi con american exprés (todo en español; la Real Academia ha dado el visto bueno de cambiar el vocablo inglés por la sencillez de "jipi") ChaTri!! Ya estamos del otro lado! Un gran logro en nuestra vida. Te quiero y no es por tu dinero plástico (jaja)

Los versos. De Fuente Ovejuna, al discernir entre la existencia o no del amor.

Es rigor y es necedad.
Sin amor, no se pudiera
ni aun el mundo conservar.

Los que faltan. Amores que matan, de Rosa Beltrán; El Esclavo, de Isaac Bashevis Singer.

La música. Urge, con Javier Solís.