martes, 27 de abril de 2010

Acariciando los treinta

Hay allá abajo una trifulca en la cuenta de la edad. Mi hermana, que es una mujer tan valiente como yo cobarde, nació en el año de 1981. Su vástago lleva veintiún días de nacido y es el hecho de afrontar verdades que hace tan poco eran irrelevantes. Mis padres cumplirán treinta años de casados en julio de este año y es entonces la base para la cuenta de nuestras edades, que es siempre, por unos segundos, atrocidad envuelta en nostalgia; después uno olvida el lío de cuándo nació y qué había de popular en esos años hasta que aparecen fotos, recuerdos y aromas perversos que nos arrebatan de nueva cuenta la tranquilidad.


Escucho a mi hermana preguntar a sus padres, que ahora son abuelos de un niño escandaloso y temerario, ¿cuántos años tengo? Hace sumas y restas, pretende dividir y hacer raíces cuadradas dentro de su cabeza; por resultado le salen treinta, asume una irresponsabilidad saberse de veinticinco y no da con la cuenta correcta de los veintinueve recién cumplidos el 2 de abril, célebre día para los afanes de Porfirio Díaz al derrotar una plaza del imperio francés en busca de Leonardo Márquez, quien formaba parte del ejército de Maximiliano, en el año de 1867. Grité entonces a mi hermana, desde el escondite de mi cuarto, que había cumplido veintinueve. Y se acalló el embrollo que allá abajo se fraguaba.


Mi hermana ha sido siempre la segunda mujer que ve por mí y me alienta el ánimo. Nació en el último año del mandato de López Portillo, mucho después de creerse perro y soltar lágrimas tan falsas como lo siguen siendo las promesas políticas. La primera de los tres hijos que somos, supo crecer a lado de unos abuelos excepcionales que para mí son míticos y para ella una viva leyenda. Jugó con la consola del Sistema Nintendo de entretenimiento, bailó canciones de Flans, usó diademas y evitó peinarse diario, vistió con suéteres de colores estrambóticos, botines y faldas tableadas, se estremeció por Pablito Ruiz, tuvo una motoneta a los nueve años sin necesidad de algún permiso de la autoridad, la mordió un perro a los once, vio la telenovela de Agujetas de color de rosa, cantó la música de Cristian Castro, le tocó ver el día oscurecido con el eclipse de julio de 1991, vio nacer a la Onda Vaselina y le tocó verla despedirse, se hizo al ánimo de ser mujer con sus quince años cuando todavía eran ilusorios en la década de los noventa, se deshizo con la película de Ghost, se hizo de un novio que ahora es su marido con el cual lleva once años juntos y pretende crecer a mi sobrino Tadeo, con las ansias de unos padres no precoces, pero sí faltos de experiencia. Le tocó cuidar a mi madre cuando nació mi hermana menor que ahora tiene ocho años y hoy ya le ha tocado ver a su propio hijo, que ha sabido desear y querer como toda mujer que lleva hasta hoy el remanente evolutivo de procrear.


No sé si tener un hijo nos conlleve a perder la cuenta de la edad o a hacerse de un olvido conveniente para tal asunto que de una u otra forma nos lidia mientras el tiempo siga cursando como debe hacerlo. Lo cierto es que mi hermana Yelitza, madre ahora y poco entrenada en dicha proeza, ha sumado la cuenta de sus veintinueve años y anda feliz con Tadeo entre sus brazos. Bajé entonces y le dije que andaba acariciando los treinta. "No te compliques, del 80 para acá son treinta años, quítale uno, y te dan los veintinueve". Fácil. Volví a mi cuarto para escribir el enredo de esta noche, y ahora el enredado soy yo por sentirme viejo en el azar de mis veinte.


Frases. En una sala del MUAC, había un montón de papelitos coloridos con mensajes de quienes quisieron escribir algo para desahogarse o simplemente engendrar una sonrisa a quien hiciera el esfuerzo por tomar uno, desdoblarlo y leerle. Me tocó un papelito con letra redonda y entendible, de una mujer quien compartió su experiencia, fuerte y real, que me conmovió en silencio... "Mi novio tiene un hijo, mis padres no lo saben y cuando se enteren, lo van a odiar"


Suele pasar a menudo y cuando leemos historias de ese tipo, nos arrebatan la tranquilidad. Siempre he dicho que este museo de arte contemporáneo, sabe llegar hasta muy dentro de nuestras fibras más sensibles.


Música. Te conocí en un bazar, de Flans.


Versos. Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Rubén Darío.

1 comentario:

  1. Q PASO, AQUI NO PASA NADA, SOLO PARA RECORDARTE QUE ESCRIBES MUY BIEN, JAJAJA O BUENO NO SE QUE TAMBIEN PERO SE QUE A MI ME GUSTA Y SE QUE ES BUENO, AL MENOS PARA MI. NOS VEMOS MAÑANA EN EL OLIMPO. INC.
    ATTE.S.ADAN (AVECES ANONIMO)

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