jueves, 30 de diciembre de 2010

Retirando escombros

Puede ser que el final del año permita que nos deshagamos de mil cosas. Esta tarde me he hallado frente a escritos y hojas que he venido acumulando desde hace tanto tiempo. Exámenes de secundaria, trabajos y puntos de vista donde aún no aparece acentuado un "él" que simula un sujeto y posiblemente no sabía la diferencia entre el Modernismo y las Vanguardias. Cómo pasa el tiempo. Textos largos donde todavía no encontraba el hilo de un futuro próximo, donde hablaba de parásitos sin saberlos cerca, donde hablaba de gente ajena y creía en la Providencia y los escapularios.Tiré cosas que, erráticamente, creo están ya dentro de lo que pienso, quizá mañana o los primeros días del 2011 añore regresar a la textura de aquellas hojas amarillentas. Espero que no.

Volví a encontrar fotos y cartas. Cartas que llevan letras cargadas de tiempo y largas distancias. Yo no sé escribir cartas, lo confensé frente al público ardiente que acudía al taller de creación literaria en la Casa del Lago. Lo he intentado varias veces y entre esas tantas las he tirado a la basura. ¿Qué digo en ellas?¿Cómo saludo?¿Qué cuento?¿Qué color de tinta uso?¿Letra de molde o cursiva?¿Cómo la fecho?¿Cómo la acabo?¿Firmo? Qué arte más afanosa es la epístola. Me hubiera gustado vivir en el tiempo en que esperar una carta envolvía más que un segundo viajero en la red, un remitente adornado con estampillas postales, un sobre tieso de goma que olía a oficina de correos, una letra revuelta en dicha o tristezas varias.

Guardé esas cartas como memoria irrefutable de la existencia de un tiempo más leal a la espera y a vivir despacio. Volví al montón de basura que tenía a un lado. Años acumulados, vida, poemas bárbaros atrás de los cuadernos, dibujos extraños, mensajes con un código guardado en el olvido, números telefónicos, letras de gente a quien he sabido querer, sueños y algunos quebrantos. Pero también encontré el cuaderno de Lengua Española, el acercamiento más vehemente a los letrados que se han apropiado a mi pasión por el castellano. Cómo recuerdo a la profesora Amada, frente a un grupo de jóvenes recién entrados al bachillerato, leernos La vida es sueño, acercarnos a Lope de Vega, a Bécquer, a Benito Pérez Galdós, a las Generaciones podrigiosas, a Unamuno, a García Lorca, Valle-Inclán, entre muchos otros.

El fin de año trae consigo, a parte de los desafíos del año entrante, la excusa por retirar escombros y encontrar cosas que creíamos perdidas o simplemente olvidadas. Cosas qué tirar y otras que seguimos guardado por las puras ganas de hacerlas un asidero cercano. Encontré también un papelito donde escribió su correo electrónico y su teléfono la primera vez que conocí la redondez de su letra. Hace ya tres años que ese pedazo de papel existe. ¿Será posible esa eternidad para su milimétrica presencia? Es posible. Ese escombro también es necesario de retirar, más todavía si se está llenando de hazañas enfermizas. Con sólo números, letras y una arroba, netamente prosaico y a la vez carente de prosa, es una diatriba para mi persona, una maledicencia, un escombro, pero lo guardé. En la cajita que mi hermana me ragaló para mi cumpleaños, junto a las largas cartas de familiares queridos, junto a los recuerdos y las fotos que más quiero, junto a los escombros difíciles de retirar por el simple hecho de ser pedazos de mi vida.

Feliz año 2011.

Doy el adiós a dos personas que se fueron con los días de este año. Ustedes que ya no están aquí, lo saben. Han pasado a una dimensión donde ya nada terrenal importa. Benditos ustedes. Susana García Herrera y Jaime Rodríguez Solís. Tan míos siempre.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Seguir bateando

La primera vez que supe que Octavio bateaba con la zurda, me dio ñáñaras. Siempre temí por acercarme a cualquiera que vaya en contra de lo común, lo que salga de rango. Ya no tomaba de la misma botella de agua, ni apretaba fuerte el saludo por temor a fracturarle alguna falange; supuse que todos aquellos que tuvieran rizos como él, tenían gustos enroscados por los hombres y más aún por la forma en cómo hacían de un saludo por teléfono una extensa charla. Que prefirieran las novelas a las columnas del Récord o que siguieran el futbol no por el preciso uso de las piernas de Rafael Márquez, sino por ellas en sí mismas, iba en contra de lo normal. Qué aficiones tan raras, pensaba con asombro.

Pasó el tiempo y se puso de moda eso de salir del armario, a últimas noticias hasta al vecino le gustan esos trotes. Para ese tiempo perdi de vista a Octavio y sólo sabía de su vida nocturna que muy de repente me resumían algunas amigas que compartíamos. Con la noche encima, se desenvolvía a pleno aire. Así las cosas. Yo seguí el camino del periodismo y mucho siguió interesándome la poesía de Wilde y la música disco; seguía admirando los pasos de John Travolta y la mirada tan sublime bajo el cabello engomado de James Dean. Que fuera obsesivo en el orden y que tomara café descafeinado, nada tendría que ver con mi inusual forma de hacer llevadera mi vida, hasta que volví a ver a Octavio, tan propio como siempre, digo, siempre admití que era de buen parecer.

Bajo su mirada se perdió la mía delineando la losa del piso. Me intimidaba. Estrechó tan fuerte mi mano, que me dolieron los huesos con tremendo apretón. Él fue quien rompió el silencio.

—Y qué—dijo en un estruendo— ¿sigues dentro del clóset?

—Nunca he estado dentro—respondí.

—Claro, si para estar adentro es porque tuviste que haber estado afuera, era de notarse.

Así seguimos caminando bajo el frío de esa noche. Volverlo a ver, resolvió mis dudas… a final de cuentas, uno se acomoda a batear de cualquier forma, el chiste es perder el miedo y seguir bateando.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Para ti, de mí.

Hola Manuel, aquí te entrego esta cajita de olinalá. Mírala, tómala entre tus manos, las mismas que acariciaban mi cuerpo a veces tibio y otras abrasado. Ábrela, encuentra en ella el corazón de papel que te hice de origami. Rómpelo, destrózalo, incéndialo, cómetelo entero; haz confeti de sus partecitas, vuélalo al aire, sumérgelo en el charco que dejas cuando lavas tu carro a cubetadas. Mira al fondo de la caja de nuevo. ¿Ves aquellos boletos que parecen entradas de cine? Sí, Manuel, las primeras entradas de nuestras largas carreras al cine o a la Cineteca. ¿Cuántas películas vimos ahí?¿Cuántas horas frente a la luz reflejada de vuelta a nuestros ojos del proyector? Seguro no te acuerdas, seguro no sabes que fuimos cuatrocientas veinte veces, sin contar aquellas en que invitábamos amigos o nos invitaban. El tiempo ha borrado la tinta de las entradas, pero no ha podido acabar con mi memoria. 4: 15, sala 2, Viridiana, de Luis Buñuel. Entonces tus ojos claros miraban transparentes bajo el cielo soleado de aquel marzo. Llevabas una rosa y al no controlar tus nervios, no sentiste las heridas que aquel regalo había encajado en tu mano. Ah, tus manos, de hombre, de niño, de prestidigitador del teclado, de plebeyo, de demonio azul, de Peter Pan, de noble, de oso de peluche. Después se convirtió en rutina. Esperarte hasta entrada la noche, saliendo de tu trabajo e ir en tu carro sobre aquella larga avenida llena de ruidos y luces. Eres un niño, Manuel. Un niño grande, un títere. Un güero bonito y tierno, un güero mágico, un güerejo pelos de elote, con pecas en las mejillas y sonrisa de santo, de Niño Dios, de Bambi, de Dumbo. Un güerito fácil de manipular, Manuel. Pero abre la caja, Manuel. Busca, busca y encuentra. Encuentra el carrito que te compré el día del Niño y casi pierdo mi cartera entre las sombrillas de colores del Sanborns, busca la mitad del chocolate que mordisqueaste la vez pasada. ¿Ya viste la foto que hay dentro? Soy yo, la misma mujer que un día la entregaste a la fortuna de tenerte y al otro la privaste de la felicidad. Veme, ve la profundidad de mis ojos oscuros y me cabello negro, de mi sonrisa entregada a tu vida, a tus tristezas y a tus desvaríos. Soy yo, veme. Haz conmigo lo que quieras. Písame, échame a la estufa, al triturador, dame revuelta entre sus croquetas al estómago de tu perra, que me coma, que me llene de babas, que juegue con mi cara y me quite un ojo, mi nariz, mi boca. Los ojos que te miraron primero como un viejo conocido de infancia y luego como el viejo que traería a mis años infantiles el futuro que nunca había conocido, el mismo cabello que lució limpio ante ti, lavado, perfumado, alisado, peinado o despeinado, revuelto en tu almohada y en tus olores, en tus amores. La boca, ay esta boca que te ha de extrañar. La misma que te besaba y te decía caricias, la que te aconsejaba, la que te regañaba, la que a veces te insultaba. Sí, he de aceptarlo, llegué a gritarte, a insultarte, a agredirte...Pero siempre caí a la cuenta de amarte, de hacer que me perdonaras con besos largos. Busca y encuentra, Manuel. Te regalo esta cajita de olinalá. Abre la caja. Halla en ella el pasado revuelto en este ahora que hiere como una daga infectada de dolor y más dolor, de veneno. Ábrela, no dejes que ella te la quiete. No dejes que ella te niegue todo lo que adentro de la caja te entrego. Déja que ella pinte, que siga pintando el infierno en la pared de tu casa. No dejes que te invite a cruzar ese arco, esa puerta fúnebre. Ésa que dice: ¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza! Si entras Manuel, no volverás al Limbo.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Los lunamieleros

Ellos se quisieron, aunque también aprendieron a odiarse y no darse la razón de nada. La mayor parte, ni se entendieron. Sabían que uno usaba el cepillo azul y otro el verde para lavar sus dientes; que uno fumaba a media madrugada con el ventanal del balcón de par en par, habitando su pensamiento más remoto que olvidaba a mitad del día, y el otro se escondía del relente briznoso bajo las sábanas recién llevadas a lavar por las mucamas. Olían a detergente, a burbujas, a litros de agua evaporados, a besos, a pesadillas, a otros amores y a sueños tan propios como ajenos. Juan se abandonaba a ese instante agazapado en la cama, esperando el regreso de Dominique, al cerrar el balcón.

A Juan le gustaba remojar las galletas en el café con leche y hacía un sonido delatador a pleno amanecer. En la cama, Dominique, a quien miraba con disimulo fingiendo leer el periódico en la sección de economía entre aquellos números revueltos con rectas curvas y rebanadas de pastel, estaba cubierto por las olas verdes que simulaban las cobijas. La barba nueva que poblaba su mentón era policroma. A veces rojiza y otras negra como la oscuridad de una cueva, aromática, perfumada de mirra. Por las mañanas nubladas podrían ser de color azul como un cielo sin pena y en otoño, verdes como la fruta madurando bajo el sol del verano. Olía a embarcación reciente, a velero hundido. Haber nacido a nivel del mar lo hacía de carácter potente, mitad hombre mitad pez: un tritón.

La miel de la luna les había cubierto completos, embarrados como se embarra el pan tostado con miel, sin dejar ni un huequito; como se unta la mantequilla y la mermelada en las tartines. Oui oui. Oh là là. Untuosidades bárbaras de pastelero francés, de francesito naufragado en las Indias equívocas. Recién llegado, entre ríos caudalosos, miseria y pieles oscuras restregadas con piedra pómez y jabón de pasta, caústico e hiriente. ¿Qué hubiera hecho Dominique sólo en esta tierra? Con su acentito gutural y prodigioso, suavecito y excitante; con su "gr" detenido entre la garganta y la lengua, con sus manos tiernitas como la masa de su repostería francesa. "¡Saque ese gargajo, güerito! ¡Sáquelo, escúpalo, dilúyalo en el aire, en la tierra!" Oui oui, Monsieur! Je ne parle pas espagnol. Excusez-moi. "¡Francesito pendejo! No te vaigas a tragantar. ¡Muévete como machito, carajo!"

Su pecho lleno de vello rojizo como tapete turco, tupidito, tupidito. Caluroso y susurrante, decía secretos y hacía onomatopeyas de mar, mandaba acallar la bulla: shh...shh...shh... ¿De dónde vienes Dominique? ¿Qué hay en Marseille? ¿hablan así de bonito? ¿hay pájaros y peces? ¿hay barcos también? ¿te gustan las barbas? ¿las faldas? ¿bordas? Juan no paraba de hablar, como si entendiera el francés y sus reticencias. Excusez-moi, mademoiselle. Échame de tu pefumito pa que huela retebonito. Doy masajes también, te llevo a pasear por el malecón.

Lo vio solo, como niño abandonado por la cigüeña. ¿Quién limpia el excremento de las cigüeñas en París? ¿Por qué unos nacen entre sangre y menudencias y otros aparecen en canastos afuerita de las ventanas? Tienes rasgos de visigordo, franquiano o de ostrodogo, perdón, ostrogolo. ¿Me entiendes? "Tú vu moi entedregs?" Juan cambió su nombre que por siglos había trastocado las pilas bautizmales de sus antepasados más parecidos al Hombre de Tepexpan que al Cro-Magnon, por el de Jean. Lo pronunciaba con aliento amanerado y sin prisa.

"¡Qué va a entenderle Juan al barbaroja! Sólo va a menearle el sarape. Si luego luego se le ve lo salta pa tras, lo joto. Pura mariconería, qué guía de turistas, ni qué madres"

Pero se quisieron al mismo tiempo que se usaron. Usaban cada parte de su cuerpo. Ambos entendían su lenguaje, el aroma almizclado y la canícula revuelta entre sus deseos. Desentendían el castigo babélico, sus lenguas habladas y desiertas. Veracruz y sus aguas turbias, recibían siempre a toda embarcación mal avenida por los malos aires. A todo expedicionario. Por una semana se quisieron y se usaron, por una semana fueron "los lunamieleros". Siguen enviándose correspondencia, escribiendo cada cual en su idioma, así es, idioma: acordaron no decir "lengua", porque con ella aprendieron el último día de su estancia a comunicarse.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La vigilia


La noche cae en el letargo, menos yo. Hay veces que las horas entradas en nuestro día toman prestadas las primeras de otro. Pasa, suele pasar. Por mas que los párpados caigan tiesos sobre los ojos, no hay manera de hacerlos ligeros a la orden de dormir. El vecino ha encendido su camioneta bajo esta helada otoñal. La luna sigue creciendo sobre su órbita milenaria y quizá eterna. Desorbitadas las esferas de mis ojos, que no tardan en ver el sol sin haberse dejado seducir por otro cielo. Espero entonces que el mundo despierte sin despertar de mi vigilia.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Sólo de noche vienes

Oigo la noche pariendo luz en sus profundidades estrechas, estrellas frías de silencio y clamor hondo. Oigo al silencio aullar de pena, acuchillando su entraña vacía. Oigo el canto de las nubes, cuando comienzan a danzar con pasos suaves sobre la tierra seca, pidiendo perdón por su estéril condición errante, blasfema. Oigo los cometas y el polvo espacial hacerse añicos, oigo girar los anillos alrededor de Saturno, el murmullo de Dios en pleno éxtasis, al demonio escupir sobre las brasas de su estero. Oigo el cercenar de la tristeza encerrada en mi pecho, conglomerada en una nebulosa fría a punto de colisionar dentro, muy dentro, arañando las paredes de las cuatro cámaras que dan volumen a su amorfa existencia, que bombean a cabalidad su composición oxidativa, que la fusionan y la materializan, la moldean, la hacen líquida y espesa, irrigando su melancolía con magistral destreza. Oigo tu voz y no la escucho, la siento tan cerca y no la veo; la veo y no puedo olerla. Quizá tus ojos huelen a verano y a tierra mojada, a lluvia estival. Quizá tu voz es suave como el durazno y fría como la cristalina conformación del agua sólida. Quizá sabes a mar, a toronja, a jerez, a almíbar, a sulfuro y a calcio. Quizá no oyes ni sientes, no miras, no hueles, no sabes. Quizá tus labios inmóviles pronuncian maledicencias proféticas. Te oigo, murmulla el viento tu poesía insurrecta, las misas negras de un ángel caído. Te siento llegar con tu cuerpo tibio al declarar la guerra al ejército de mis sueños. Te huelo azufrado como el infierno y te saboreo como el último trago de cicuta que quedara en la copa de mi agonía. Quemas, ¡ah, cómo quemas cuando incendias mi cama con tu abandono! Abro los ojos y no te veo, de nuevo vienes de noche haciendo ruido.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Civet de jabalí

Qué podría negarle a su presencia, a sus ojos neptunianos, a su sonrisa de Belcebú. Su cabeza de jabalí jadea de furia cada que su ropa no se plancha, cada que una arruga accidenta el terreno llano de sus pantalones de vestir. La camisa talla cuarentaiséis, de rayas, entalla en un desajuste perverso su cuerpo abotargado. Del tocador saca las mejores esencias de maderas finas que se mezclan con sus humores abominables de tocino refrito y grasas saturadas. Las moscas lo persiguen semejando una turbamulta de obispos ortodoxos en procesión al presbiterio.

Ella, Diocelina, reza a cada momento. Hace rosarios a toda hora, en el alba y al ocaso; al mediodía, a las seis de la tarde; a las nueve y a las nueve cuarentaitrés. Hace rosarios al espulgar los frijoles y con las piedras; forma abalorios de habas y lentejas. Hace letanías y canta salmos. Pide por ella y por el Señor Jabalí...Que llegue a destiempo, cuidanos en cada momento. Ampárame, Señor, no me abandones. Ruega por mí y por don Rómulo a quien le hago la limpieza, por su hermano muerto Remo; por don Caballo, el de enfrente, a quien le riego sus plantas y le cepillo las crines. Ruega por Macario el aguador y el señor gasero, por don Casasgrandes, el casero; por el señor de los tomates e Inodoro el plomero. Ruega por don Luis el abacero, el ejecutivo que ayer me atendió en el banco. ¡Oh, Señor! Pido en nombre del Señor Jabalí su destierro, pido por sus posesiones y sus mujeres extramaritales. Amén.

El Señor Jabalí llega a casa. Antes de abrir la puerta, echa un vistazo por la ventana. Diocelina siente su mirada traspasarle el pecho, siente las caricias de sus pupilas alineadas como si fueran sus manos toscas y rasposas trastocando su espalda blanca, sus maneras finas de niña inocente hecha una vieja, con piel color leche de vaca, de burra, de chocolate blanco, de luna, de perlas y conchas nacaradas. Presiente sus jadeos y sus pasos paquidérmicos, sus flemas asfixiarlo en cada movimiento. Allí está el Señor Jabalí, el obtuso voyer que vive en casa. Cómo desmentir su visión mal desarrollada tras de sus lentes de mica gruesa.

Se oye la cerroja. El Señor Jabalí, abre y cierra la puerta. Diocelina escucha el radio sin encenderlo; pone atención a los cantos gregorianos. Finge no escuchar el advenimiento del Señor de la Casa. Come las cáscaras de las pepitas de calabaza. Masca un pedacito de bolsa del súper porque ahora son biodegradables. Sólo un pedacito diario, para evitar la inflación, los gases. Aquél da el primer jadeo, resopla, gruñe por vez primera en esa tarde.

Diocelina tira las pepitas de calabaza en el cesto de inorgánicos. No las come. Acaricia la cabeza del Señor Jabalí. Él, pretende morderla, tiene hambre. Le entrega la correspondecia. Para el Señor Scrofa, Jabalí. Estimado, Sr. Scrofa; Excelentísimo Sr. Scrofa: permítame informarle que debe el abono del refri y el agua, el predial, la luz, el teléfono, las abarcas de yute a la medida de sus pezuñas. Le rogamos su pago. El Señor Jabalí rompe las cartas, las tira en el cesto de renovables. Dicoelina trae la cena. Lleva un gran plato con trufas y vegetales, una bolsa entera de súper, un oso de peluche bañado en salsa de óxido de zinc e hidróxido de calcio. Pide más, no se ha saciado. Le sirve un rollo de papel higiénico en rebanadas, tres discos de acetato y de postre un kilo de algodón. Eructa y bosteza. Prende su puro hecho de papel de estraza. La bañera está lista. Diocelina templa el fango con el codo, porque la piel gruesa del Señor Jabalí es delicada.

La mujer prende la tele. Oye las noticias mientras está sentada dando la espalda al monitor. Teje como su madre le enseñó, después lo echa al cesto de orgánicos. Aumenta la violencia en el país, escucha del noticiero. Sube la gasolina. Hace cuentas en su cabeza, no alcanzará a comprar los dieciocho litros que toma su marido. Piensa en comprar sólo dieciséis. El Señor Jabalí sale del baño, se oyen sus pezuñas arañar la duela. Diocelina le pone la piyama. Le cepilla las crines. Las moscas no tardan en aparecer, de cantar a coro, de mover obsesivamente sus alitas brillosas y repugnantes y hacer escándalo. Sale del cuarto, lo deja leyendo el libro vaquero.

Diocelina se mira en el espejo del pasillo. Observa sus ojos color de miel, sus labios delgados. Su cabello claro, su piel blanca fastidiada por el sol y las arrugas que han arañado su presente con su ayer lejano. Se siente harta. Cómo pudo casarse con el Señor Jabalí. Quién le hubiera advertido de su metamorfosis, de su futuro. Prende veladoras. Comienza otro rosario. Reza. Enciende su cabeza, desea pecar, desea no preparar los duelos y quebrantos del Señor Jabalí en el desayuno. No besarlo, no dormir con él. Piensa en don Rómulo y sus brazos de atleta, en los ojos verdes que tenía su hermano Remo, en las crines sedosas de don Caballo, en los bigotes del señor aguador, en la voz del señor gasero, en las patillas del abacero, las herramientas de Inodoro, el más guapo de todos. ¡Cómo mira!, ¡cómo besa!, ¡cómo huele!, ¡cómo hace el amor!

Mientras rememora, come galletitas de nuez y arcilla remojadas en té de rábano. Se siente encendida y deseosa de aquel plomero advenedizo de tierra de dioses. Mañana arreglará las tuberías, mañana traerá las herrmamientas más prodigiosas. El Señor Jabalí ronca, duerme profundamente. Diocelina saca el recetario catalán de su abuela. Recibirá a Inodoro con un manjar. Página cuarentaisiete. Civet de jabalí (con cebollitas y setas). Sonríe. Está segura que le encantará. Los ingredientes están listos.

Dan las nueve cuarentaitrés. Reza. Dicoelina pide perdón por sus encuentros extramaritales, por sus pecados. Invoca a Inodoro y a su omnipotencia... ha descubierto que entre todos aquellos dioses terrenales, Él, es el único.

Alma de Géiser, despedázame.
Cuerpo de Estrella, incéndiame.
Agua del Cenote Sagrado, ensúciame.
Pasión de Bruto, revuélcame.
¡Oh, mi Amor! Sométeme
Dentro de tu boca, devórame.
No permitas que me alejen de ti.
De otros amores, apártame.
En las llamas de tu fuego, extíngueme.
Y a la hora de mi muerte, llámame…hazme el amor.
Para adorarte y creer en ti, como hasta ahora, por los siglos de mis siglos y tus siglos. Que así sea.

Diocelina renueva su oración. Comienza a picar los ingredientes del marinado.