Entre una de mis varias obsesiones que tengo, es acariciar el mar. Sentirlo cerca, ya es un alivio; escucharlo, una promesa desatada; verlo, la propia dilución de mi ser. Así es. El mar fue quizá el primer desafío de los conquistadores y valientes. Me gusta su serenidad previa al medio día y su andar inclemente del final de la tarde. Me gusta mojarme con su agua dadora de vida, refugiar el silencio de mís oídos en los caracoles que estornuda, sentir la sal y mil placeres más disueltos en su esencia sobre mi piel. Es un deleite sentarse a pleno atardecer para ver el sol esconderse tras de este inmenso espejo que refleja el mundo.
A mi abuela le fascinaba el mar. Quizá de ahi tomé el vicio de irme a sus adentros hasta donde su nivel ondulante llegue a la mitad de mi pecho. A mi madre y las hermanas de mi abuela, les da espanto. Tía Dayse lleva una cobija a la playa de Celestún, porque siente frío en pleno verano. Un frío que la hace tiritar y estremecerse. Es el miedo que se le ha quedado atenazado en los huesos, desde que hace muchos años su embarcación topó con una tormenta que casi les hunde. El mar también le recuerda la audacia de su hermana Nelly, mi abuela, y se entristece de saberla lejos de los vivos.
Cuando lo conocí a conciencia, tenía nueve años. Primero lo vi desde lo alto del avión, junto con el litoral de la península que sólo delineaba en los mapas de la escuela. Después lo sentí sobre la cara y por todo el cuerpo. Nueve veces entré y salí de sus entrañas, para cumplir con la compulsión obsesiva de hacerlo mío nueve veces como mis años. Le vi inmenso y en paz, la cobija que esconde la Atlántida que los griegos pretendían y los mayas poseyeron. Azul oceánico o verde esmeralda, mar al fin, temor de muchos y pasión de otros.
A mi abuela le fascinaba el mar. Quizá de ahi tomé el vicio de irme a sus adentros hasta donde su nivel ondulante llegue a la mitad de mi pecho. A mi madre y las hermanas de mi abuela, les da espanto. Tía Dayse lleva una cobija a la playa de Celestún, porque siente frío en pleno verano. Un frío que la hace tiritar y estremecerse. Es el miedo que se le ha quedado atenazado en los huesos, desde que hace muchos años su embarcación topó con una tormenta que casi les hunde. El mar también le recuerda la audacia de su hermana Nelly, mi abuela, y se entristece de saberla lejos de los vivos.
Cuando lo conocí a conciencia, tenía nueve años. Primero lo vi desde lo alto del avión, junto con el litoral de la península que sólo delineaba en los mapas de la escuela. Después lo sentí sobre la cara y por todo el cuerpo. Nueve veces entré y salí de sus entrañas, para cumplir con la compulsión obsesiva de hacerlo mío nueve veces como mis años. Le vi inmenso y en paz, la cobija que esconde la Atlántida que los griegos pretendían y los mayas poseyeron. Azul oceánico o verde esmeralda, mar al fin, temor de muchos y pasión de otros.
Entré a él por cuanta puerta se abría ante tanto espacio y posibilidad que la mecánica cuántica no se cansa de calcular. Entré a sus aguas sin pedir permiso. No pregunté por dónde y cúando entrar. Simplemente me pasé hasta el fondo, sin más remedio que mojarme. Bendigo la genialidad de Dalí, que tuvo que arrastrar una puerta vieja hasta la playa para entrar a sus dominios como se manda: por la entrada correcta. Yo le tomé a la fuerza, pero no importó; porque él y yo tenemos un pacto: llevamos la puerta en el alma, para abrirla y cerrarla, cuando nos sea necesario y a quien nos sea conveniente.
La música. El mar, por Ray Conniff.
Para mi abuela, que no he acabado de transcribir su historia.
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