Sí sí, Miguel, ese fular era la onda. Tan fino tú, tan chic. La seda tan ligera va con tu estilo, con el toque de hombre metrosexual que te cargas, de niño bien haciendo travesuras con el dinero de sus padres. Qué color tan rojo, más intenso que el del jitomate que tu nana te deba a comer cuando no sabías ni siquiera pronunciar mamá, no en español ni en inglés, mucho menos en francés. No cuando nada sabías de comida italiana o libanesa. Con él puesto, te conocí en ese café lleno de libros e intelectuales. Seguro ya ni me recuerdas, y qué bueno. Fumabas en las mesas de la terraza y hacías volutas de humo con el tabaco que se dejaba incendiar por un golpe suavecito que daba tu garganta. Sí, tu garganta cubierta por ese fular Hermès. Leías Las Metamorfosis de Ovidio, o eso parecía; acomodabas tus lentes redondos de hombre letrado y nada te distraía de tu lectura. Mostraste el brillo de tu ortodoncia cuando la mesera se acercó con el servicio. Un frappé, cuidando el estricto régimen de tu dieta: Sin crema batida; Sólo un sobrecito de edulcorante; Sin chispas de chocolate. ¿Cuántas calorías llevas? ¿Cuántas horas en el gimnasio a la semana?¿Cuánto tiempo de cardiovascular? Tú y tus ganas de lucir tan bien, de andarte en sacos Calvin Klein o Armani, de oler a Burberry o Lacoste, de combinar los suéteres con el color de tus camisas Yves Saint Laurent. Pero tu fular, ¡ay, tu fular tan colorado! Me miraste, Miguel, y te acercaste a mí. Lentamente se perdieron esos segundos en el abismo de mi nerviosismo. Yo, Catalina, la introvertida, la zonza, cerca de un tipo como tú. Tenías la madurez que desprendía un buqué de altura, mediterráneo como tus rasgos de muñeco. Tus manos grandes cortaban el viento cada que pronunciabas un vocablo, quién sabe qué ocupa tu boca, el ritmo de tu voz seducía con un tono tan afrancesado a los estratos sociales que nunca salían en sociales, que nunca habían ido a París dos veces al año ni habían ido de compras por la 5ta Avenida. ¡Ay, Miguel! ¡Qué bonito llamabas a la mesera con el tenedor! Qué bonito tu fular y tu sombrero de Peter Pan escarlata. ¿Dónde escondes a Campanita?¿Y Wendy?¿En qué página vas de tu libro? ¿Ya leíste cómo Nictimene cometió incesto con su padre? ¿Y cuando las hijas de Minias se rehusaron a las fiestas de Baco?¿Y cuando Ascálafo es convertido en búho por hablador? ¡Ay, Miguel! Qué decepción la mía. Mucho menos hubieras entendido los versos en que Sor Juana alude a tales seres dueños de la noche. ¡Ay, Miguelito! Parecías tan intelectual, tan culto. De nada sirve tu fular tan rojo y tu aroma a Chanel Sport, tan esnob tú, tan farolito. No sabías ni qué leías ni quién era Ovidio. ¿Tomaste el primer libro que el azar adueñó en tu mano? ¿Qué harás cuando tu padre te herede esa inmensa biblioteca? ¿Así también vas vestido a los antros? ¿Querías ligar con una intelectual a expensas de tu ignorancia? ¡Ay, Miguel! Parecías príncipe de cuento de hadas. Más culto que el príncipe Felipe; que Nicolás de Grecia; que Alberto de Mónaco, que Guillermo de Inglaterra o Federico de Dinamarca. ¡Ay, Miguelito! Tan güero tú y tan güey. Con tus aires de princesa europea. Mejor sigue sonriendo para Vanidades, antes de trastocar los clásicos. Sigue luciendo ese fular, lo único meramente rescatable de tu estilo.
Qué hay de nosotros en esta tierra de todos. De amores y desamores, de encuentros y desencuentros. ¿Qué nos espera al iniciar el día? Es la pregunta de siempre cada que muere la noche piramidal y funesta. El mundo iluminado, y yo despierto.
sábado, 22 de enero de 2011
domingo, 9 de enero de 2011
Dificultades
Hay veces que nada se le ocurre a uno por escribir y, evitando dar molestias innecesarias, mejor ni las pensamos. Es difícil esto de inventarse la vida con palabras, yo que creía que era tan fácil como beber café o leerse un libro. Pero, pensándolo bien, nada es fácil. Ni siquiera beber café resulta fácil cuando se tiene que lidiar con las cafeteras o con calentar el agua, mucho menos se diga cuando el bolsillo no alcanza para comprarse uno que dé placeres al gusto. ¿Leer? Quizá sea un atrevimiento decir que tampoco es fácil. No con Voltaire o Hesse, no con los del Siglo de Oro, con Sor Juana, Ovidio, Paz, Aristóteles, Mistral, Borges, Freud, Cortázar, Fuentes, Homero, Schopenhauer...
Un atrevimiento el mío éste de ir y venir entre autores y filósofos, entre andantes y eruditos, entre siglos, corrientes y quehaceres varios. Ahora comprendo que todo se me hace difícil por andar provocando desórdenes.
jueves, 6 de enero de 2011
Ya vienen los Reyes Magos
Ya recuerdo estas horas en cuenta regresiva, sumergido en la emoción, el miedo de quedarme paralizado si yo viera un elefante estacionado afuera de mi casa y la incertidumbre ocupando mi cabeza por aquello de si hice o no méritos de ser visitado por los Reyes. Al parecer siempre los hice. Llegaban a casa puntuales como las estrellas del Cinturón de Orión con quienes platicaba y pedía desde que comenzaban a verse a finales del año.
No había más dicha para entonces que ver resplandecientes los juguetes que los reyes de casa colocaban sin demora al poco rato de haber fallado en la espera de verles y caer rendido. Hacían magia desde quién sabe cuántos meses antes cargando en su tarjeta de crédito la bicicleta negra que hasta ahora luce como nueva, mis figuras de acción y tantas otras cosas que hoy las gobierna el abandono.
En México se vive de costumbres. Qué haríamos entonces sin unos reyes que aparte de vestir con capas y ser policromos, se dicen magos y los creemos como tales. A un tiempo nos querían quitar la dicha de verles en escenarios de fiesta, ahí en la Alameda Central; regresaron ahora hasta con feria. Vaya regreso el suyo, no sé si agradecer al centenario de la Revolución o al Jefe de Gobierno, pero sea a quien fuere, gracias entonces porque los Reyes Magos no se fueron.
De fiesta. En casa ya llegaron. A mi hermana le han traído una bicicleta para andarse y mi sobrino una pelota enorme de color verde limón, yo no sé qué tan bien me porté que me han traído la grabadora con la que pretendo adueñarme de las voces que merecen la pena oirles para inventarlas en papel.
Los otros Reyes. Benditos los padres de uno, que aparte de que son reyes son cuates de los que son magos.
No entendí. Fuera del contexto de feria y alboroto, no entendí por qué cobrarán el uso del segundo piso del periférico. Al que creía mi "carnal" ya no le siento creíble... a un año de las esperadas elecciones de 2012.
No había más dicha para entonces que ver resplandecientes los juguetes que los reyes de casa colocaban sin demora al poco rato de haber fallado en la espera de verles y caer rendido. Hacían magia desde quién sabe cuántos meses antes cargando en su tarjeta de crédito la bicicleta negra que hasta ahora luce como nueva, mis figuras de acción y tantas otras cosas que hoy las gobierna el abandono.
En México se vive de costumbres. Qué haríamos entonces sin unos reyes que aparte de vestir con capas y ser policromos, se dicen magos y los creemos como tales. A un tiempo nos querían quitar la dicha de verles en escenarios de fiesta, ahí en la Alameda Central; regresaron ahora hasta con feria. Vaya regreso el suyo, no sé si agradecer al centenario de la Revolución o al Jefe de Gobierno, pero sea a quien fuere, gracias entonces porque los Reyes Magos no se fueron.
De fiesta. En casa ya llegaron. A mi hermana le han traído una bicicleta para andarse y mi sobrino una pelota enorme de color verde limón, yo no sé qué tan bien me porté que me han traído la grabadora con la que pretendo adueñarme de las voces que merecen la pena oirles para inventarlas en papel.
Los otros Reyes. Benditos los padres de uno, que aparte de que son reyes son cuates de los que son magos.
No entendí. Fuera del contexto de feria y alboroto, no entendí por qué cobrarán el uso del segundo piso del periférico. Al que creía mi "carnal" ya no le siento creíble... a un año de las esperadas elecciones de 2012.
lunes, 3 de enero de 2011
Ellas y ellos.
Nada hay como una sonrisa, como volverles a mirar completos. Al paso por la Escuela Nacional de Medicina (Facultad ahora, en fin nomenclaturas varias, pero única y precisa por ser de la UNAM) me encontré con ellas y ellos. Ya el pronombre circunscribe el plural de varios y varias, aunque pocos sean quienes han llevado mi admiración por sus talentos. Entre las ellas hay tres mujeres de brevedades y aromas alborotados. Una de ojos claros que lleva consigo la dicha de caminar por la calle de Madero como transeúnte desmesurada, amante del jazz y, por si fuera poco, quien es capaz de sostener el cielo con su risa; otra que apresura su habla cuando charla conmigo, la impacientan las conferencias extenuantes y disfruta visitar a dos amigas suyas que se hicieron de amores hace ya un tiempo; una más que a últimas perdió una estrella pero no las constelaciones restantes, que busca brío en Iguala por ser su tierra mítica y a veces no sabe que el brío es el que lleva anudado a la sensualidad de su voz. De estas amigas me he sentido afortunado por verlas andar juntas, como si la vida fuera sólo mirarles desenvolverse entre sus pasos. Con ellas el tiempo pasa sin querer pasar a prisa, porque hasta el tiempo sabe que su estirpe es de otra dimensión.
Pero en los ellos también se esconden otros, en concreto sólo dos. Un hombre que comparte vicios y otras perversiones con mis preferencias, que guarda en su plática la tergiversada lengua que hace de oírle un código sólo descifrable para los muy cercanos a su voz y otros secretos; y uno más, inteligente y fiero como sus ideales, seguro de sí como quien sabe que no puede estar para darle fallas al mundo y quien se ha comprometido con entregar su corazón al propio estudio de semejante músculo que bombea sangre.
No cambiaría nada por mi breve paso en esta Facultad de Medicina. Ésta, que ahora la acentúo con ahínco y vehemencia por mucho que la recién instaurada ortodoxia del español me lo censure, para evitar anfibologías y otras confusiones con las otras escuelas de medicina. Mi segunda casa, donde he encontrado el universo al que pertenezco y a la gente que me ha hecho crecer, compartiéndome su mundo.
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