domingo, 27 de junio de 2010

Ande en paz

La muerte nos sorprende a todos como inesperada y por esperada temible. Vive al unísono de nuestro andar por la vida, porque no es sino la cosa más segura a la que podemos asirnos de una vez por todas. Hoy falleció Tío Jaime, hermanito de la madre de mi madre, quien lleva dieciocho años sin caminar por este rumbo. Nos tomó tan violentamente la noticia, que hubo de esperarse nuestra reacción de asombro e impotencia. Mi madre lloró porque tenía que llorar a su sangre, lloramos todos aquí porque es inevitable ir perdiendo la magia que depositamos en las personas míticas que han formado nuestro destino.

Tío Jaime, tenía los ojos claros como su hermana Nelly Rodríguez, mi abuela. Sentía afición por esta ciudad de locos y esperó un suspiro para quedarse aquí. Llegó a la casa de una sobrina suya a la que quería como si fuera su hija, pero creo que las circunstancias y el malagradecimiento no le devolvieron el mismo afecto de su parte. Como a mi abuela y como a su padre, le dio un infarto. Murió en paz, cuenta esa gente huraña a donde fue a quedar su cuerpo sin la chispa de sus ojos ni su acento entonado de yucateco pícaro. De los siete hermanos Rodríguez Solís, se les avisó a Dayse e Irma. ¿Qué hacer con su cuerpo? ¿Por qué tan lejos de su tierra? ¿Por qué vino solo a sus setenta y tantos años? ¡Bendito Dios, que llegó a esa casa! ¡Bendito Dios, que no quedó entre las calles de esta ciudad a la que tanto quería!

Su piel estaba tersa y se le veía en paz. Lloré porque sería la última vez que reflejaría su rostro la genética de mi abuela y toda esa raza dorada a la que yo tanto llevo en el alma y en mi historia. De mi cuenta corre, que toda la gente de esta familia sabrá los nombres de sus antepasados y sus historias. El color de sus ojos y la dicha de su voz. Su cuerpo estaba todavía fresco y olía a él. Mi madre fue la encargada de dar opinión y decidir ante estos rituales que nos enchinan la piel y hacen brincar el corazón de su sitio. Pobre de mi madre, que le sentí su pena en mi pena. Hasta mi padre lloró, que lejos está de tener su herencia.

Entregarán las cenizas de un hombre cabal y generoso; que vivió en humildad y pobreza en sus últimos días, que quiso morir lejos de su tierra y antes de que el infarto lo tomara por sorpresa pidió llamar a su sobrina Lulú, mi madre, porque quería visitarla. Ya no pudo llegar. Partió a otro rumbo. Bendito sea Tío Jaime, que murió dichoso y sin culpa. En esta ciudad de locos, donde se anduvo de joven y vivió su hermana Nelly la mitad de su vida. Ya están en otro tiempo y otro espacio, nos ven o nos ignoran, palpitan mis venas con su sangre que dejó de circular. El ánimo se corrompe y la pena nos embarga, pero ellos están felices. Nelly, Orlando, Dalia y Roger le esperan. ¡Ande, Tío Jaime! Sus hermanitos ya le hicieron camino para su nueva morada. Gracias por regalarme historia y recuerdos. Descanse en paz, Jaime Rodríguez Solís.

Impersonal

Tiene toda la razón. Saludo de forma impersonal cada que lo encuentro merodeando mi camino. Dice que parece un saludo obligado, donde pocas veces escucha un hola y siempre le tiendo una mano distante y fría. Puede ser, me disocio cada que veo el desatino que tuve en todos sus movimientos. Es la primera persona a la que veo, a la que invoco y la que recuerdo cuando llueve recio. Hace unos días disitnguí su caminar pausado bajo una sombrilla que le cubría el rostro, pero no todo su cuerpo, cuando el cielo se caía a cántaros. Si hace sol, está ahí; si hace frío, tiemblo como cuando volteo y siento su mirada; si abro el chat está no disponible y si no está lo espero para saber que está vivo. Dice que soy impersonal y frívolo. Puede ser, es mi barrera ante tantos años que me han costado trabajo. Estoy bien, y cuando menos lo espero siento su reclamo; estoy mal y ni una palabra escrita me dirige. Llueve y le siento cerca. Ahora escribo mientras lloro, pero nada me devuelve el ánimo. No seré el mismo, porque se pegó a mi piel desde hace ya tres años.

miércoles, 23 de junio de 2010

El desorden de la suerte

Hace tiempo me encontré con una chica suave y de confianzas breves. La conocí al son de la casualidad que involucró un trabajo casual de fin de semana: donde debíamos preguntar a la gente, con toda la pena en nuestros labios, qué opinaban del gobierno local y qué calificación le pondrían del uno al diez a cuanta barbaridad han venido haciendo. (He de decir que en cuanto se cruza el ámbito de la política, gente refiere a ciudadano con derechos y obligaciones)

No supimos desperdiciar el tiempo. Entre cada víctima que tenía la calamidad de contestar a nuestro cuestionario, nos prendamos de una charla que dio a conocer desde nuestras aficiones hasta nuestros más recientes llantos y nos hicimos saber las necesidades varias que nos llevaron a tal afán por preguntar necedades completas como: Si hoy fueran las elecciones para Jefe de Gobierno ¿por qué partido votaría?

Se habló de mucho y mucho nos faltó de qué seguir hablando. Avanzada la plática, llegó el tiempo para hablar de los amores. Yo por mi parte, mi poco agraciado triunfo en dichos desatinos y ella, con la fortuna en los ojos, llevando el triunfo palpitando en su pecho.

- A mi novio, lo conocí por Internet- dijo rememorando aquella suerte de pocos- Me dijo que estudiaba contaduría y le creí desde la primera vez que se asinceró en el chat.
-A mí, me hubiera dado miedo- le dije cortando su aire. Después la escuché contar completa su historia, como si me urgiera tener algo similar en el libro de mis memorias cuando la necesidad de contarlas me fuera imprescindible.

Del amigo aquél, se fue haciendo adicta a su plática virtual y a su presencia opacada por la pantalla de su computadora.

-Un día, mi madre, me pidió que fuera a buscarla después de terminada su clase - dijo continuando su relato. Su clase se conjuga con largas cuentas y números enredados, que sólo entienden los del área de contaduría.

Siendo hija única y fiel amiga, accedió más que por órdenes, por la solemnidad que había sabido darle a su amistad invadida por la relación madre-hija que pregona su sangre.

Dentro del salón de clase, recordó que su amigo virtual se movía por cualquiera de aquellas aulas de la Universidad. Sacó su celular y le escribió un mensaje para darle por avisada la posibilidad que había para que ese mismo día pudieran conocerse. Recibió su respuesta y leyó en la brevedad de telegrama moderno, el gusto que había provocado en el chico. De pronto, sonó su celular y, al contestarlo y escucharle la voz, dio la vuelta hacia los escuchas de la clase. Presenció el movimiento de los labios de un hombre guapo que le atrajo en un segundo y sintió cómo un torbellino le atravesaba su pecho para refugiarse en el hueco de su estómago en ayunas. Salió al pasillo, invitándolo con señas. Al verse tan cerca, se creyeron reales el uno al otro. No se hicieron a la idea de tanta cercanía que habían tenido, sin saber siquiera los vínculos que el destino había tejido para jugar con ellos. Se tocaron los labios para comprobar una vez más semejante locura y, con todos sus cabales, comenzaron a quererse en carne y hueso, porque leyéndose e imaginándose tras de la patalla, ya se querían.

Sorprendido con su historia, seguí andado a su lado y oyéndola decir cuanta cosa más quería decirme. Le veía sus movimientos y la forma de mirar, su caminar, su forma de reír y de creer en el futuro. La veía completa y la seguía escuchando. El día acabó y nos despedimos entre todos exhaustos, pero yo más que dichoso. Comprendí que la vida esconde historias maravillosas y maravillosa es la historia que nos vamos haciendo con ella, unos creyendo en la fortuna y otros en la intervención sin permiso de las divinidades. Al final caemos a la cuenta de que cada quien nos vamos creando un pedacito de porvenir cada que actuamos en el presente. Lo cierto es que pocos tienen la bendita forma de saber contarlos y con ello, darnos entrada para creer que para hacer suerte y fortuna, es importante saber inventarlas a partir de los sucesos regidos por un orden distinto al común y corriente. A buenos términos, aunque a ratos niegue catalogarme de cursi y soñador sin remedio, sigo creyendo en la suerte con grados excesivos de fortuna.

Para Bere. Que me compartió su vida e hizo reafirmarme en el desorden de la suerte.

Libro. Muchacha en azul, de Silvia Molina.

Deseo sin saciar. Conseguir la película de Jules et Jim.

Buenos deseos. Para Alan, quien me lee a ratos aunque no sea su estilo ni comparta tanta afinidad por la cursilería, que empezará la verdadera carrera de medicina.

Agradecimientos de la semana. A Diana, Viole, Tha, Sergio y EmManu, que se dan a querer porque son como el pan dulce de la merienda.

domingo, 20 de junio de 2010

Pérdidas

Se nos van dos grandes de las letras. Es una pena que su gracia y su andar por la vida como quien juega a conquistarla, se conviertan en el silencio de sus labios. ¿Qué hay de sus letras? ¿De sus decires? ¿De sus sueños?
Siguen entre nosotros, como los eternos que se promulgaron al esconderse en cada uno de sus escritos; al diluirse en cada letra y reafirmarse en cada oración. Sus libros nos permiten tenerlos por siempre, refugiarnos en el tibio placer de releer sus hazañas, sus tristezas, sus verdades y sus mentiras. Todo lo que ellos fueron, nos lo dejan. No más de su abrazo ni de sus voces de amantes del cielo y de la vida: la realidad. Han de encontrarse en otro ámbito, en otra dimensión, en una estrella. Han de ser eternos porque hicieron mucho para que el tiempo les regalara tal título.
A los maestros: Saramago y Monsiváis, que para este tiempo escriben sobre las nubes.

martes, 15 de junio de 2010

Angustias y quebrantos.

Hace mucho tiempo que se me quedó como concepción y concepto, que la angustia es el miedo a lo desconocido y a lo que está por venir. Lo tomé a beneplácito de todo aquello que al darle vueltas a mi cabeza surtiera un efecto demoledor en mi ánimo, que ni el té de tila sosiega con todas sus propiedades bondadosas que muchos le han atribuido.

Debería estar preocupado por la prueba que mañana nos harán en el curso de cardiología. Me estremece pensar que podré sacar la nota más baja de toda la clase, y aún así aquí me hallan compartiendo tal irresponsabilidad. No he de decir que no sé nada de semejante área imprescindible en la medicina como lo es el área familiar, la psicología y la dermatología. Lo cierto es que cuando más profundizaban a cerca de la bomba que la evolución decidió poner dentro del tórax de los vertebrados, siento que es un desaire a la poesía y a sus grandes representantes como a la vez, eso mismo, no es más que poesía y arte que ha tomado forma de músculo y además late por automatismo.

Las tardes de esta semana han sido nubladas con el abrigo de un bochorno que promete el nacimiento de un verano intenso. He llegado a recordar y soñar entes del pasado que no han venido haciendo más que quebrantarme y esparcir una que otra lágrima. Vuelvo a caer en la oscuridad del recuerdo y vuelvo a soñar con ello, como si no tuviera suficientes heridas en el corazón del alma, porque el otro, el que es bomba y tengo que estudiarle toda la noche, sigue latiendo.

Libro. La mujer infinita, de José Ignacio Valenzuela.

Música. Danzón No. 2, de Márquez.

Angustia. El examen de cardiología

Quebranto. Sus ojos verdes.