He abierto mis ojos y de nuevo está tu silueta interrumpiendo la paz del amanecer. Ya me había acostumbrado a no verte, no sentirte y no dibujarte en el pan tostado. La terapia fue no pensar más en ti, ni dejar paso a ninguno de los recuerdos bandidos que se atrevieran a asaltar los segundos propios de la serenidad del presente. Falló tal terapia. Volviste de nuevo, como siempre: inconstante e irresoluble. Vino de nuevo la frescura del mar que esconden tus ojos, tu aliento cálido, tu cabello confuso con el viento y tu sola presencia. No hay más sino tú otra vez, y para qué quiero más si tú, sigue siendo el todo preso en semejante pronombre.
Soy quien no debo ser cuando resucitas de la nada que fuiste y que sigues siendo. Eres quien debe ser, porque la naturaleza hizo que fueras la omnipresencia del orgullo vivo en tu cuerpo mortal que ostentas como si hubieras sido creado por Miguel Ángel, y sin embargo lo cierto es que hubieras sido su ruina.
No te quise, nunca te quise diría un bocado de negación que pretende ser la defensa perfecta ante la verdad caótica a la cual he sabido sobrevivir. Nunca me gustaron ni tus ojos, ni tu frente, ni tus labios, ni tu cuello. Nunca me gustó la F mayúscula con la que se escribe tu nombre, ni la forma en que tomabas el lápiz al escribir. Nunca fuiste lo que esperaba y en tal espera nunca llegaste a ser parte de una realidad esperanzada. Nada fuiste, nada eres.
Te quise: sí, con todo el alma. Desde la primera vez que se disipó en el aire tu figura creí haberle dado sentido a todos mis ayeres, luz al día propio en que te vi y una esencia enigmática a los mañanas que vendrían llegando cada vez que el sol decidiera claudicar ante el poder oscuro de la noche. Te quise y me gustaban tus labios, tus ojos que escondían el infinito, tus manos discretas y tus hombros tibios. La forma en cómo podías perderte en los misterios de las estrellas y la perdida forma en cómo podías arrebatarme una sonrisa. Siempre fuiste lo que esperaba, y en la espera… nunca llegaste a ser ni la esperanza de cualquier beso arrebatado, ni el sueño que se recargaba sobre mi almohada, ni la deriva del océano nombrado futuro. Reitero, nada fuiste y nada sigues siendo.
Ya no más de ti, ni de tus ojos vivos, no más de tu aliento, ni de tus labios, ni de tus manos, ni de tus atardeceres. No más de las estrellas que piensas pisar con tus pies de dios caído, nada de ti ni de tus promesas, ni tus delirios, ni tus congojas, ni tus noches en desvelo. Pretendo acabar ahora sí con todo lo que has venido ocupando en mi cabeza, en mis segundos y en mis desdichas. Nada quiero recordar de ti, ni volver a sumergirme en el infierno helado que en realidad son tus ojos. Te acabaste porque acabaste conmigo también. Porque creíste que no podría vivir sin ti y te valiste de ello para volver a sembrar ilusiones sin fruto. Nada fuiste, nada eres ni serás más. Hasta nunca. Hoy tú, nadie menos que tú, has apagado la vida de tus ojos, y no pienso seguir embaucado en semejante infierno verde.
Soy quien no debo ser cuando resucitas de la nada que fuiste y que sigues siendo. Eres quien debe ser, porque la naturaleza hizo que fueras la omnipresencia del orgullo vivo en tu cuerpo mortal que ostentas como si hubieras sido creado por Miguel Ángel, y sin embargo lo cierto es que hubieras sido su ruina.
No te quise, nunca te quise diría un bocado de negación que pretende ser la defensa perfecta ante la verdad caótica a la cual he sabido sobrevivir. Nunca me gustaron ni tus ojos, ni tu frente, ni tus labios, ni tu cuello. Nunca me gustó la F mayúscula con la que se escribe tu nombre, ni la forma en que tomabas el lápiz al escribir. Nunca fuiste lo que esperaba y en tal espera nunca llegaste a ser parte de una realidad esperanzada. Nada fuiste, nada eres.
Te quise: sí, con todo el alma. Desde la primera vez que se disipó en el aire tu figura creí haberle dado sentido a todos mis ayeres, luz al día propio en que te vi y una esencia enigmática a los mañanas que vendrían llegando cada vez que el sol decidiera claudicar ante el poder oscuro de la noche. Te quise y me gustaban tus labios, tus ojos que escondían el infinito, tus manos discretas y tus hombros tibios. La forma en cómo podías perderte en los misterios de las estrellas y la perdida forma en cómo podías arrebatarme una sonrisa. Siempre fuiste lo que esperaba, y en la espera… nunca llegaste a ser ni la esperanza de cualquier beso arrebatado, ni el sueño que se recargaba sobre mi almohada, ni la deriva del océano nombrado futuro. Reitero, nada fuiste y nada sigues siendo.
Ya no más de ti, ni de tus ojos vivos, no más de tu aliento, ni de tus labios, ni de tus manos, ni de tus atardeceres. No más de las estrellas que piensas pisar con tus pies de dios caído, nada de ti ni de tus promesas, ni tus delirios, ni tus congojas, ni tus noches en desvelo. Pretendo acabar ahora sí con todo lo que has venido ocupando en mi cabeza, en mis segundos y en mis desdichas. Nada quiero recordar de ti, ni volver a sumergirme en el infierno helado que en realidad son tus ojos. Te acabaste porque acabaste conmigo también. Porque creíste que no podría vivir sin ti y te valiste de ello para volver a sembrar ilusiones sin fruto. Nada fuiste, nada eres ni serás más. Hasta nunca. Hoy tú, nadie menos que tú, has apagado la vida de tus ojos, y no pienso seguir embaucado en semejante infierno verde.