miércoles, 11 de marzo de 2009

Agradezco...

Hoy sólo agradezco a la vida por ser tan generosa conmigo, por ser tal como es. Tengo que agradecerle de alguna forma, y es por eso que hoy le agradezco al sol, al arcoiris, a la lluvia y a las tormentas, al frío de diciembre, al calor primaveral, a los bosques, al pantano, a Celestún y su mar tranquilo, a mi queridísima tierra yucateca, al viento, a las nubes, a la pasión con que he dado un beso, al desefreno de mi amor sin control; a mi familia, a Mamá que siempre me cuenta a quién vio de compras en el mercado, a Papá y sus maravillosas formas de resolver los problemas con su genealidad fabulosa, a mi hermana Yeliz por confiarme sus secretos más protegidos, a mi hermana Monse por la inocencia y luz que ha dado a toda la casa; a mis amigos, a mis amigas. Al sabor cremoso de los helados de fresa, al café por la mañana, a las galletas Marías con cajeta. A los pajaros que cantan, a los peces que sueñan con volar, a las aves que se sueñan en la profundiad de las aguas, al sol que persigue a la luna incansablemente, a la ciudad y sus monumentos, al corazón que late y late cada segundo, a los sueños, al amor...a ese amor que nos hace sentir tan vivos, que al mismo tiempo nos hace llorar lamentos, a ese amor que nos llena de pasionales pensamientos, de placeres sensacionales, de gozos, de vivos ojos color café, color de noche, color de mar o color de estrella, no importa...amar es agradecer a la vida, y amo aunque quieran apagar mi amor...mi excusa ahora es que amo a la vida, es que amo y amo si ningun restricción.

sábado, 7 de marzo de 2009

Come chocolates

Hoy tuve el arrebato apasionante y sin tregua de comer chocolates. No sé por qué me dio una de esas necesidades que a gritos salen de un interior propio que a veces, sino es que la mayor parte del tiempo, desconocemos su naturaleza, desconocemos su origen.

Pasaba por un Sanborns, que se me cruzó más por casualidad que por visita planeada, y entonces recordé su deliciosa especialidad de hace décadas en hacer chocolates. Me vino a la memoria por una parte la entretenida película de “Charlie y la fábrica de chocolate”; con la pena de no tener aún la placentera oportunidad de saborear los renglones del libro.

Entré con presura y con la esperanza de salir saboreando los pequeños cubitos, esferas, enjambres y lenguas de gato de puro chocolate. De esa exquisita mezcla de azúcar, pasta de cacao y manteca de la misma semilla, con el toque lácteo del viejo mundo y con la esencia misma de la prehispanidad. Pude saborearlos desde que los vi en el mostrador tan bien acomodados, como si estuvieran esperando mi llegada.

Salí delirante, feliz, radiante, con las cejas más arqueadas de lo normal y el ceño más discreto; como si el chocolate fuera la mejor medicina para olvidar el tráfico, el poco sano aire de la ciudad, las prisas de las que nos hace presos y alguno que otro desamor. Nada mejor que sentir el primer encuentro del chocolate con nuestro paladar, degustarlo y derretirlo ya desde nuestros dedos camino a su destino final.

Vivir la deliciosa experiencia de comer chocolate nos brinda una mezcla infinita de placeres y bellos recuerdos como: la temerosa curiosidad por saber a qué sabe un beso en la primaria, la presurosa espontaneidad del primer beso en secundaria, el primer regalo que se le hace a una novia en San Valentín –chocolates claro-, un chocolate cuando se está triste, otro para no dormirse en clase después de una corta madrugada de estudio, el placer de un beso robado, la casual visita de un amigo a casa y ofrecerle un chocolate, ver a los primos pequeños batidos de chocolate alrededor de sus bocas, soñar con visitar a Charlie, sentirnos millonarios por tener chocolates en casa tal cual fuéramos comerciantes mesoamericanos, sentirnos, más de lo normal, elegidos por los Dioses al comer chocolate, recordar cualesquiera de esos orgasmos casuales que se tienen con algún amor, revivir la ventura de sentirnos enamorados aún en brazos del desamor.

Yo comí y comí hoy por la mañana mis chocolates. Pedí cien gramos de trufas de moka, cien de las lenguas de gato, otros cien gramos de enjambre de almendras y otros cien de mentas con chocolate. Comí y saboreé cada uno de esos chocolates. Hoy San Pedro se puso a anotar en su lista otros pecados más en mi apartado, categoría: gula y exceso de placeres desbordados. Hoy comí y comí chocolates para olvidar un amor, para olvidar mi atareada semana y para darme fuerzas por las que no tardan en venir.

Dediqué chocolates por los allegados míos: dos por la salud de mi familia y su bienestar, uno por el amor que se tienen Anabel y Francisco, uno para que el amor toque a la puerta del corazón de mi amiga Tha, otro por las emociones de un amor en proceso de mi amiga Taate, una menta para refrescar la acalorada y llena de despiste llegada del amor a mi amiga Diana, un enjambre para acabar con el mal de amores que hizo presa a Marianita y otro más para Mariela, otro enjambre por la magia de mi amiga Angélica, una trufa por la pasión y entrega con la que da sus clases de anatomía mi amigo Eduardo, una lengua de gato por tantas conversaciones nocturnas con mi amiga Laura, otra menta por la frescura que le llegó a mi amigo Tavo para que mejoraran otra vez las cosas, una trufa para Valeria y su amistad con Isaac, otra lengua de gato por Karen y nuestros entramados chismes, un enjambre de almendra por la renovada amistad con mi ya amigo Juan Pablo y por último, una trufa por Ek Chuah, dios maya del cacao, y una menta para México por ser cuna del chocolate.

El chocolate es sin duda un producto lleno de divinidad y al mismo tiempo propiedad de los mortales, bendita la hora en que Kukulkán les entregó a los hombres el cacao después de la creación. Bendito el chocolate que nos provoca placeres tan fantásticos como llenos de realidad; tan exquisitos y dulces como llenos de amargura en su sabor; tan fugitivos y evanescentes como memoriosos y eternos, tan refrescantes en bebidas espumosas como llenas de cobijo en una noche fría de invierno acompañada de churros.

Me sentí fuera del mundo cuando salí de la tienda comiendo mis chocolates, regresé a él para escuchar el tráfico, las prisas, el metro, la gente y llegar hasta el frente de mi computadora, revisar la saturada agenda, suspiré, vi mi reflejo en el monitor y me dije: “No importa, nada importa…porque hoy comí chocolates”

Nota: en tiempos de desventura, atareados días, cuando la pena desbanca a la alegría, para el mal de amores, para observar la puesta del sol por las ventanas, para acompañar una película: come chocolates, te lo recomiendo yo.

viernes, 6 de marzo de 2009

En suavidad sin plumas

Siempre me la he pasado mirando a la ventana, al horizonte, al mañana, al reloj, a las horas cíclicas y continuas, escucho el tictac de esas manecillas viejas sin aceitar, de esos picoteos de los canarios sobre su alimento y sobre las rejillas que los aprisiona, que los enclaustra y los posee en conjunto, al menos no están solos: se dan su compañía, al menos se acompañan en sus cantos siempre alegres, en sus riquísimas misceláneas de semillas y en esos buches refrescantes de agua que toman para calmar su sed.

Al menos tienen alas y las tienen bien adiestradas para echar el vuelo cuando esa reja se abra de par en par, para sentir el viento libre y el sol que ilumina ese sendero vertiginoso y lleno de probables e improbables cosas venideras. Al menos sienten suavidad en sus plumas y seguro no les incomoda el tictac del reloj; es su arrullo o su vals nupcial, su beso y sus buenas noches.

Las cuatro paredes de mi habitación son mas fuertes que las rejas de mis canarios, veo la ventana y el horizonte, no hay ningún porvenir cercano, ni una estrella ni una nube que anuncie lluvia y por ende el retoñar de las campiñas; mucho menos un cometa que anuncie paz o regocijo al viento. Veo el reloj y tú ya no llamas como antes, veo de nuevo la ventana y ya no veo esa estrella de la suerte que algún día fuiste para mí. El tictac del reloj se ha sincronizado con el tun-tan de mi alma, de mi corazón. Veo las cuatro paredes, veo rejas de metal. No he comido en cinco días, ni aún antojándoseme la miscelánea de semillas, todo por aferrarme a ti.

Recordar esas comidas y tus miradas seductoras, esos helados y tantos pasos al mismo pie, recordar tus manos, tu cabello delgado, tus ojos vivos y tu mirada llena de verde fogosidad. Recordar a tus amigos que son mis amigos, recordar tus risas y tus bromas. Recordar que sólo estoy yo con el tictac del reloj y la bocina del teléfono con la ausencia de tu voz apasionante, apaciguante, refrescante y conocedora.

No siento suavidad ni en el suelo ni en la cama, ni sentado ni a mi propio pie ¿Por qué no tuve plumas? ¿Por qué no tuve alas para volar? ¿Por qué no tuve esa suerte de ser canario y elevarme por los vientos fuertes sin miedo a caer a tierra? Soy humano, fui humano, me hiciste humano y me deshiciste también.

Ahora sobrevuelo la casa, oigo el tictac del reloj pero no más el de ese corazón palpitante que alguna vez lo llenaron de ilusiones; sobrevuelo sin alas, falto de plumas y lleno de suavidad esa casa vieja y austera. Veo la jaula de donde escapé y la puerta de par en par, la gente se arremolina en el zaguán de casa, los gritos me impacientan y las plegarias me calman Los vecinos y el ¡Ruega por él!, la melódica tonada que me adormilaba en rezos comunitarios. Veo el camino y la luz que esperaba ver, es una luz de paz armoniosa, no recuerdo nada dentro de ella. Camino por ese sendero sin principio y sin fin, veo atrás y veo mi muerte; el disparo en mi cabeza, la ventana de par en par. Quise olvidar tus ojos y no pude, quise olvidar tu voz y conseguí entonar una canción con ella. Quedé derrotado en el marco de mi ventana, salí de la jaula y del claustro de mi desamor, recordé tus manos y también la última vez que te vi: ¡eras feliz con él! Me dio valor y disparé, quedé postrado en el marco de mi ventana viendo el horizonte, buscando la luz de tus ojos, olvidando el tictac de aquél reloj de mi habitación, apagando el tun-tan de mi corazón y, en aquellas mis últimas fuerzas, seguí recordando el milagro de tus ojos, encomendándome a lo único que pude recordar, ni si quiera un Padre nuestro y mucho menos un Salve. Sólo recordé mi letanía, sólo murmuré: ¡Ojos de hierbabuena, rueguen por mí! ¡Plumas de canario, envuélvanme en suavidad!

jueves, 5 de marzo de 2009

Me enamoró en un instante y me enamoré en unos meses.

Me enamoré como ya pocos se enamoran, y como nunca creí haberme enamorado en vidas pasadas e incluso como nunca he de enamorarme en las vidas venideras. Fue un largo proceso, quizá fue muy largo además de todo; pero eso sí, puedo asegurar que desde que vi sus ojos color fantasía me anticiparon una vida color esmeralda.

Recuerdo, y todavía sigo estremeciéndome, ese primer encuentro. Conectar su mirada con la mía fue la cosa más rara que alguna vez haya sentido. Que quede claro que antes de esto no creía en el amor a primera vista, que quede claro que antes de esto no se había escrito mi presente.

Me enamoró en tan sólo tres segundos, me enamoré en algunos meses más. Aprendí a volar y sentirme libre, aprendí a jugar entre pastos verdes y terrenales austeros, aprendí a sentir cada uno de mis sentimientos más sinceros, aprendí a soñar sin estar dormido. Conocí cada punta de su cabello claro, observé los atardeceres en la rubicundez de sus mejillas; escalé el Everest en su nariz delgada, larga y de empinada bajada; saboreé sus labios rosas; vi marchar soldados blancos, derechitos todos al provocar su sonrisa; creí vivir un mundo color esmeralda, de sueños verdes y ensueños de esperanza al sumergirme en sus ojos profundos, tan vivos como yo mismo, tan lejos como las estrellas del firmamento.

No tenía ya noción del tiempo, no vivía ya los bellos ratos de la vida si no estaba presente. No tenía pasado, ni creía en el futuro, no tenía presente si estaba ausente. Jugué con el tiempo y comprobé su relatividad sin comprender siquiera ecuaciones estremecedoras; dudé de la vida al no figurarla en la falta de su presencia, reté a la muerte al sentirme más vivo de lo que la vida pudo hacerme sentir; y todo porque amé, solamente amé, amé más que antes y cada día amé y más amé.

Me enamoró de repente y me enamoré en unos meses. Conocí el amor pero no la correspondencia. Conocí sus ojos, conocí su cabello suave, conocí el aroma de sus días y las aventuras de sus noches, conocí el fervor de sus estudios y el rosal de su juventud, conocí su afán por el deporte, conocí su desprecio a beber el agua fría, conocí su gusto por la comida de cada esquina, conocí sus sueños y quise adentrarme en ellos, conocí sus amores y cada una de sus pasiones, conocí su alma, conocí su vida.

Me enamoré y no fue de repente, realmente pasaron algunos meses. Jamás se enamoró de mí, jamás le hice sentir caricias con mi cabello desordenado color de noche, jamás le hice soñar con mi frente amplia y cejas superpobladas, jamás fueron parte de sus sueños mis labios delgados y mis dientes amplios, jamás pudo asomarse y conocer mi alma a través de mis ojos color café. No se enamoró de mí, ni de repente ni en tres segundos, ni con las horas ni con los días, ni en diez semanas ni en doce meses; ni con regalos ni con mi vida, ni con escritos ni compañía. No entendió la relatividad del tiempo como yo, no entendió que a su lado un ser humano se sentía ave al mismo tiempo que viento, se sentía árbol al mismo tiempo que tierra, se sentía pez al mismo tiempo que agua, se sintió fuego al mismo tiempo que sol.

El día que supo todo esto, cambió de repente y en un instante. Quizá trató de comprender la relatividad del tiempo, quizá trató de comprender el amor y su filosofía, quizá vino a su mente mi cabello, mi frente amplia y mis ojos color café. Sólo dijo: “seamos amigos” Sólo dijo: “todo quedó atrás”. Y así trató de cerrar el capítulo del amor más sincero que llegué a sentir, y así ha tratado de irlo cerrando. Me enamoró en un instante y me enamoré en unos meses, quiso apagar mi amor en tres segundos y no ha podido lograrlo en varios meses. Sigue quizá sin comprenderme y a veces hasta llega a alucinarme.

Yo, desde aquél día que sus ojos cruzaron con los míos y mis sueños se hicieron verdes…tampoco me comprendo, y sigo si comprenderme. Sólo comprendo su cabello escaso, el fuego de sus mejillas, y el marchar derechito de sus dientes…nunca he comprendido la suavidad de sus labios, ni la cercanía de sus caricias…pero una cosa puedo decir: sigo enamorado y seguiré por mil segundos, mil días, mil meses, mil semanas y mil años; nunca como en vidas pasadas, nunca como en vidas venideras; porque tan sólo fue así: me enamoró en un instante y me enamoré en unos meses.