martes, 19 de octubre de 2010

Amaneciendo

No puedo dejar de escribir en este blog que he dejado a la deriva. A horas antes de un examen, aquí me tienen. Hace tiempo que no llegaba tan temprano a Ciudad Universitaria y sigo creyendo que no existe mejor vista que verla amaneciendo. Desde la Biblioteca Central se siente su espíritu.

Toda esta tierra huele a pirul y pasto recién cortado, su ruido tiene aroma a exámenes y ecuaciones; se escuchan repetir constantes las leyes que los abogados repiten en su cabeza, las fórmulas que lo químicos pretenden mezclar en su futuro. Se tocan los sueños y se encuentra uno con las peores realidades, pero ante ello no existe mejor audacia que la nuestra, la misma que hace viva esta mi Unversidad.

Bienvenido. Tessitore di sogno, que ha llegado a este lugar de un Puerto bienaventurado. ¿Cómo llegaste aquí sin naufragar? Gracias por arribar a él. Ya tengo el tuyo para seguirte.

Para un músico. No les he contado que hace ya un tiempo volví a encontrarme con un amigo que lo conocí niño y a la fecha un hombre. Ahora él anda metido y bien metido en la música y sus desafueros. Es noble y pretende hacer de su pasión la profesión más azarosa y menos abandonable, la que sin duda alimentará su espíritu y el de otros que esperamos escuchar sus promesas. Ya habrá tiempo para hablar más y mejor de él. ¡Saludos, Chavita!

lunes, 18 de octubre de 2010

Dichos y dichosos

Ayer acabó la Feria del Libro del Zócalo de la Ciudad de México, y tuve la dicha de verla ardiente junto con su gente alborotada. Ahí se anduvieron todos aquellos que creen en los libros como yo y otros más. Ahí también tocó un grupo musical a la usanza y forma del medievo. Tan azarosa es la vida que los ha devuelto al siglo xxi, después de medio milenio en que anduvieron perdidos.

Descuentos y gangas; gente y ruidos de pólvora, charlas y autógrafos. Benditos libros que traen a rastras nuestra razón por entenderlos y adueñarnos de sus mundos. Parecen flores abiertas a las abejas obreras. Esconden néctares y memorias, olores y desafíos.

Estuve ahí. Entre libros y gente. Escuché a Ángeles Mastretta hablando de mujeres, entre mujeres y hombres. A un lado de Carmen Boullosa y Gioconda Belli, siguieron hablando de ensueños, desfalcos y desafíos. Leyeron relatos, preguntaron, se contestaron y nos contestaron. Sus voces eran volátiles. Apasionantes. Hermosas ellas. Gioconda leyó un poema: Amor en dos tiempos, dijo que era una suma de palabras, y así es. Palabras enardecidas por una mujer.

La foto. Ángeles me había prometido firmar mis libros que son suyos. Lo hizo. Después vino la foto en donde los dos sonreímos dichos y dichosos, sin más juego que el de entender lo que las letras esconden.

viernes, 1 de octubre de 2010

Concierto para violín



Cristina se supo entonces abandonada. No volvió a creer en las palabras de ningún hombre ni en los hombres de palabra. Se dejó llevar por las enjundias de un duelo que consistía en tomar licor de anís con las amigas e ir a bailar los fines de semana. Quemó las fotos y los recuerdos; no derramó ni un gramo de sal diluida en sus propias aguas. Nada, y si algún pasado atestaba el control de su cordura, acudía a Mozart a Beethoven o a Liszt para acabar con dicho asedio. Se supo entonces en busca de otro destino, otros afanes y otras maneras.

La conoció en una tienda de discos, cuando cruzaron sus bríos para alcanzar el último ejemplar de Mozart con el Concierto para violín No. 5. Lo ganó ella, Paula. Y desde entonces fue sumando aciertos. Sentía también debilidad por el licor de anís y por desayunar jotquéis o huevos rancheros. Amaba el frío del invierno que acuchillaba milimétricamente su piel blanca, al cielo sobre su cabeza y al suelo que pisaba. Cristina se dejó arrastrar por sus ocurrencias y dislates, por aquel vendaval que le hacía leer en desorden y bajo el riguroso orden de sus caprichos. Cristina sintió cómo sus ojos oscuros llegaron a invadir el terreno inestable de sus más recientes dudas, estableciendo el régimen de sus respuestas. La supo cierta y entera; de palabra y acciones que no se doblegaban al paso del tiempo.

Gustan de ver las montañas, al caer la tarde. En especial la vista del Ajusco, que da a la ventana de su recámara. Cristina y Paula, además de ansias y aficiones, comparten máximas y verdades; sobre todo aquella en no creer en la palabra de ningún hombre, mas sí en la música, en el cine, en el mar o en los libros, y más aún en las certezas que traen los instantes póstumos al arrebato de sus besos antes de acostarse, soñar y volver a ver, juntas, el mundo iluminado.