jueves, 27 de agosto de 2009

Que Dios lo esconda

Cuando murió su marido, Ángela estaba en un mar de lágrimas ante el muro de los lamentos que era aquella pared despintada de su casa, justo la que quedaba a un lado del féretro. Hasta ese entonces, Faustino y ella habían compartido las tres comidas del día sin cruzar palabra, como dos extraños recién llegados a una casa de huéspedes- al menos ahí hay cordialidad-, habían educado a siete hijos provechosos, dormido en camas separadas hacía ya más de treinta y cinco años y más de cuarenta en haber pronunciado, aún enamorados, el “sí acepto” como promesa indeleble de amor ante el Dios casamentero de la Biblia.

Entre tanto, llorando se hallaba Ángela y su desconsuelo…

— ¡Ay, comadrita, ya no chille!— le dijo afligida Delia, su amiga y comadre de toda la vida— ¿Qué no ve que si le chilla al compadre, nomás no lo va a dejar ir de aquí por su tristeza?
—Ay, comadre, si yo no chillo de tristeza por él— le respondió secándose las lágrimas con un pañuelo
— ¿Pos luego entonces?
—Chillo porque el desgraciado vendió la tele antes de que se muriera… Además, por algo debía llorar. No debo ser mala viuda ¡Hasta pa’ viuda se debe ser güena!
— Ay comadrita…pos eso sí, eso sí— respondió Delia admirada.
— Y tiene razón comadre, ya no chillaré tanto, no vaiga a ser que su compadre quiera quedarse más rato por acá, y mire que yo, nomás ya no le entro al juego.
— ¡Qué Dios le aguarde comadre, qué Dios le aguarde!
— Ay no, comadre…ya mejor ¡Qué Dios lo esconda!

domingo, 23 de agosto de 2009

Las cerraduras

¿Mario? ¿Cómo estás querido? No sabes el gusto que me da escuchar tu voz. Hace tanto tiempo que no sé nada de ti, ni de tus aventuras que disipas por la vida, ni de tus risas desaforadas, ni de los sutiles comentarios que lanzas como fuego, siendo irónica ¡eh! Pero, cuéntame: ¿qué has hecho? Dime que ya no lo has visto por favor, ese come mierda nunca mereció tener ni siquiera la dicha de conocer a alguien como tú.

-Estoy bien. Qué mas da…apenas me habló el muy cabrón después de mil quinientos días y cuatrocientas cuarenta horas…

Y ¿qué hiciste? ¿qué te dijo?

-Qué más, tomé la llamada. Me dijo que me ama, que me extraña y que no fue su intención hacerme el daño que me hizo.

¿No fue su intención andar de caliente pirujo? ¡Pinche cabroncito! Dime que lo mandaste a la chingada, dime que sí…

-Le dije que olvidara todo, que olvide que me hizo daño, que ya no pienso en eso, que si quería me echara a mi la culpa de todo, quizás yo fui quién lo abandonó por tanto trabajo

No Mario ¿cómo pudiste decirle eso? Es un desgraciado. No tiene madre el cabrón. Dime entonces que ya lo olvidaste, ¡dímelo!…

-En parte se puede decir que sí…sólo en parte. Además uno realmente nunca olvida, se aprende a vivir con ello toda la vida, con los recuerdos fantasmagóricos, con la presencia de su aroma en la ausencia, con el eco de las risas y con los besos eternos que derrochan fugacidad.

¡Ay amigo de mi alma! ¡Cuántos no buscarían un hombre como tú! Tan tierno, tan noble, tan lindo por dentro y por fuera…

-No importa mucho Lore, nada importa ya…así es esto.

Lo amas aún ¿verdad?

-Con todo el alma

¿Qué has pensado entonces?

-He pensado más en estos meses, que los años que llevo de vida. Lo amo como nunca he amado y no tengo nada que perdonarle…todos cometemos errores.

¿Él sabe eso?

- Lo sabe, me conoce; bien lo sabe.

¿Y luego?

- Roberto brinda todas las noches con el que cree su amigo: el orgullo.

Lo esperas aún ¿verdad?

-Todas las noches

Y… ¿cómo es eso?

-Antes, cuando todo estaba bien, no ponía el seguro de la puerta, tomaba un libro, me servía café, daban las doce y entonces sabía que la hora de su llegada sería más allá de las tres de la mañana.

Qué lindo eres…pero ¿ahora haces lo mismo?

-Todos los días, cuando llegaba tarde, él no iba a la cama conmigo, se quedaba en el sillón; después de un rato que se quedaba dormido, quedamente le ponía una cobija sobre él. El sillón sigue ahí, y siempre he estado al pendiente y con la cobija lista.

¡Es un imbécil!

- No, goza de la vida…quiere vivir a manos llenas, no sabe bien lo que hace…es joven.

¿Crees que un día vuelva?

-Puede ser, la verdad aún no lo sé…

¡Cierra ya todas las noches esa pinche puerta!

-Hoy mismo inicio con ello.

¡Así me gusta Mayito de mi alma!

-Sabes…lo malo es que no sé cómo abrir la entrada de mi corazón.

Cuesta más…necesitas un cerrajero sentimental.

-¡Mierda! Ni me lo recuerdes... ya ves que Roberto es el cerrajero que cambió las cerraduras de todo el departamento… y resultó que de paso hizo buen trabajo en esta cosa que late y late dentro de mí.

¡Ay amigo! Está cabrón de verdad, está cabrón…

miércoles, 19 de agosto de 2009

Sol de nadie, sol de todos.

Conocí el amor propiamente a los dieciocho años como quien se enamora de un atardecer de agosto con la lluvia tenue de su tarde. Y verdaderamente puedo estar seguro que me enamoré, como nunca y como nadie. No creí vivir demasiada intensidad en la sagacidad propicia que embaucó del todo a esos meses. Y para ello lo constan las estrellas, el mar de Yucatán, el cielo de mis días y la luna apelotonada que cada veintiocho días trata de enamorarme y nadamás no puede hacerlo porque, por más que ha tratado, no hallo en ella ni su sonrisa ni sus locuras.

Quizás fui yo el culpable de caer al fondo del abismo que guareció la cumbre de mis pasiones, yo fui quién idealizó un futuro sin más que un presente que debí desvivirlo al máximo, fui yo quién confíó más en la casualidad que en la causalidad de un desenfreno, una pasión ahora extinta de su parte y más avivada que nunca dentro de mi cabeza y mi corazón. De rostro ameno y dilucidado en el remanso de sus gestos, dignos del desafuero más imprevisto y la locuacidad más desatada. Tiene el espíritu más inquieto de todos los que han venido cruzando mi camino. Le quise tanto que me di miedo, y fue entonces que mi miedo por pensar en el inicio de una relación comenzó a helar la amistad establecida.

Conoció la privacidad de mis días y mis noches, la cantidad de comida que podía comer en un minuto, la gente que quiero y las bromas más inesperadas que bien supo esperar de mi parte. Pudo ser también que nos conocimos tanto que de inmediato tomamos el expreso rumbo al tedio y el enfado. Pudieron ser tantas cosas y nada a la vez, pudo ser en la extensión propia del hubiera, en donde no caben los límites de un futuro idealizado, pero si la pretensión de un pasado sin concluir. Nada y todo, sol de nadie y sol de todos.

Pero ¿quién me quita a mi la sonoridad de su voz? ¿de su risa? ¿la ligereza de su cabello? Miles de veces he pedido a las estrellas que me permitan escabullirme en tan sólo uno de sus sueños, le he pedido al mar de Yucatán me consuma a mí y a mis lágrimas para perderme en su infinito limitado, al cielo que tanto ruego para que me convierta en nube y así pueda seguir su rumbo sin dirección.

Todo este tiempo me he preguntado por qué una tarde de agosto con todo y su lluvia es la forma precisa para describir la revolución que vine sintiendo. Podría ser que comencé a enamorarme justo cuando agosto renacía de nuevo, pero no… fue como una tarde de agosto porque sólo ellas se cubren de un regazo anaranjado y violeta esparcido en el aroma de su lluvia, esa lluvia imprevista e intensa como el amor que tuve y vengo sintiendo, lluvia que se apresura en caer y tarda en cesar, de esas lluvias que lo empapan a uno sin ni siquiera darse cuenta cuándo fue que empezó y cómo fue que vino terminando tal elocuencia.

Día de hoy: Dos amigas nadamás no caben dentro de la influencia de mi frase “Quien busca a la Casualidad, casualmente ese día dicha mujer no sale de casa” Ellas la han venido encontrando sin más que una sonrisa o una breve plática. No sé porqué no se acomodan en ella, si está muy clara pero, sólo por eso, espero que el fenómeno de su influencia siga creciendo y me aune a la rebeldía que se vienen cargando.

Frase de hoy: me gusta y se me ha pegado la canción que ronda de estación en estación de radio, seguro la conocen si escribo la frase. Sé que muchos odian el pop y otros lo viven, pero la frase me cautiva: “Mira, que mi amor te enciende y te enfría como una ilusión que te expía”. No dejo ni quién la canta ni cómo es semejante música.

Música: “Yo vendo unos ojos negros, ¿quién me los quiere comprar? Los vendo por traicioneros, porque me han pagado mal” No sé si sean negros, esmeralda o azules, eso lo dejo a la realidad que me sé y muchos de ustedes saben.

domingo, 16 de agosto de 2009

Ojalá y fuera...


Ojalá fuera una gota de agua que acariciara todo tu cuerpo con mi escurrir tangible, desde tu cabello suave hasta la punta última de los dedos de tus pies; ojalá fuera una chispa incandescente que devorara tus mejillas, cada que un halago te encienda y un viento frío te cobije; ojalá fuera la tierra de todas tus andanzas, para evitar siempre que cayeras a la oscuridad de un abismo y al mismo tiempo ser la luz que bautice cada uno de tus pensamientos. Ojalá fuera el aire que se pasea por tu garganta, y así estremecer el órgano de mil sonidos fluctuantes que entonan el himno de tu voz que tanto baila en mis oídos. Ojalá fuera cometa, como toda artimaña cósmica que cautiva tu atención; ojalá fuera el mar que cubre de pies a cabeza la imperfección de tu cuerpo, que mi mente recrea con la perfección de su errática geometría. Ojalá fuera un atardecer violeta que desmenuce el verde profundo de la ventana de tu alma. Ojalá dejara de sentir tanta pasión errante por el melódico perfume de tu paso, por tus cejas, por tus ojos, tus labios y el palpitar incasable de tu corazón. Ojalá fueras parte de un artificio mío que permitiera diagnosticarme como un loco, y no estar loco como estoy ahora por creer que eres un artificio, sin diagnóstico aparente. Ojalá fueras una nota musical, un dibujo plasmado en tinta, una palabra al aire, un cigarrillo, un ser intangible… ojalá y algún día, tan sólo me canse de dibujarte en mi mente…y así nunca más pueda recordarte.

Addendum: Ojalá mi nombre hubiera comenzado con I y significara risa, para así poder poseer una caricia tuya, un pensamiento… pero más que ello, hubiera conocido el sabor que imagino han de tener tus labios.
Amigos de hoy: gracias a David Rosas por tratar de darme una razón de ser feliz, por compartir su afán por la música y la inmortalidad que se ve plasmada en sus versos, a Diana por el interés incorrupto que le viene dando mi salida del viernes y a Thalia, quien tiene a alguien a quién empezar a querer y ese quién estoy seguro que también la quiere.
Amiga: Anabel, mi amiga de toda una vida que ha ido en busca de no sé qué cosa que le cautiva sus ansias. Te debo una entrada totalmente dedicada a tí, y espero acabarla pronto y hacerla como quiero que sea, porque la mereces. Te quiero amiga, ojalá y tu osadía realmente fuera de seis meses de delirio.
Música de hoy: Desde el fondo de mi corazón por Roberto Carlos.

jueves, 13 de agosto de 2009

Los maldecidos

Para mis amigas que tanto quiero: Anabel, Diana, Thalia,
Mariana, Violeta, Taate, Lilis, Mariela, Karen, Vale, Angélica...en fin, esas mujeres que me dan
de qué hablar y con qué entretenerme.

Cuando Georgina vio plasmada su firma en la hoja del divorcio, pudo suspirar tranquila y recordar, sin culpa, muchas de aquellas aventuras que meses atrás bajaban y subían de su cabeza al cenit de sus placeres, sin pedir permiso alguno.

Al salir del juzgado, en donde sobraban parejas con pasiones extinguidas y con el tedio de ceja en ceja; armoniosa e implacable, pronunció:

— Te deseo lo mejor con ella…
— ¿Por qué no me crees que es mi asistente?— rezongó Antonio, ahora su exmarido, sin gracia y con el pesar de un anticuario al ver perdidas sus reliquias.
— No es la primera, sé de muchas que te asisten bien.
— Al menos siempre te tuve satisfecha, nunca necesitaste de nadie más­— replicó con tono de donjuán para esconder su orgullo herido.
— Si así lo crees… lo cierto es que quedé insatisfecha tres meses después de haber comparado tus brazos lánguidos y tu abdomen sin chiste con aquel cuerpo perfecto del instructor de fitness que vive enfrente. A veces, he llegado a pensar que en su departamento esconde el Olimpo detrás de un mueble, sobre todo cuando se asoma a la ventana con la toalla enredada y sus hombros tensos, con majestuosidad en su perfil, después de ducharse todas las noches. Créeme, no mucho que ver contigo.
— ¿Por eso te asomas todas las noches? Siempre creí que lo hacías por esperarme…
— Uno no siempre conquista la verdad con sus creencias— respondió, después de reír irónica.
— Pero… ¿es por él?
— No sólo por él. Esa ventana me mostró un mundo lejos de ti y de tus mujeres, lejos de la desilusión que algún día me causaste. Me mostró mi mundo todo iluminado. Además, así conocí al futbolista aquel que también se asomaba por su ventana todas las noches.
— ¿Quién? ¿Gregorio Rojas? — preguntó intrigado
— No sé. Nunca me acuerdo de su nombre, creo que nunca me lo dijo. Sólo me gustaban sus piernas y aquel juego de sábanas suizas color marrón que cubrían su cama, la única cancha en donde no es una falta un fuera de lugar, sino un gol en tiempos extra. En fin, por eso digo que es bueno estar divorciados ¿no lo crees?— dijo Georgina, segura de sí y de sus decisiones precisas en la imprecisión de sus amores— Me despides de tu asistente en turno.

Con el tronar de un beso volado y el correr de sus piernas firmes al grito de su independencia, se despidió de aquel Antonio de quien se había mal enamorado a sus escasos veintidós y liberado a sus veinticuatro.

Desde ese entonces, con su futuro como horizonte y el presente entre sus manos, Georgina persigue en la ventana de su vida el deseo de encontrar a un hombre, más que con un cuerpo perfecto y divina potestad en la cama, con la bendición de tener inteligencia, cosa difícil entre los tantos y muchos maldecidos que andan y creen sentirse los dueños de este mundo, con todo y sus mujeres.

sábado, 8 de agosto de 2009

Nuestro siglo veintiuno

Roberto Ortúzar, tuvo la bien dada decisión de presentar, por fin, ante sus padres y sus hermanos, al amor de toda su vida, el que rige sus pasos y sustenta cada una de sus ocurrencias. Siempre supo que le impresionaron sus manos y aquel mar inmerso en la transparencia de sus ojos, mar bravío que calmaba el alboroto de su espíritu con su azul de mil destellos.

Tenía, Roberto, veintiocho años, la ambición de seguir retando a su destino y por profesión las Letras Clásicas, sin haber santiguado su frente con las Ciencias puras, como sus cuatro hermanos lo habían hecho.

Aquella tarde, aún cruzaba por su cara el temor que un niño tiene ante sus padres después de hacer mil travesuras, después de haber cometido cualquier irregularidad que irrumpiera el orden implacable de su domingo:

— Papá, mamá, atención todos…les presento a Ramiro, el hombre con quien salgo y por tanto, mi pareja— pronunció con un principio de indecisión y con un final de valeroso torero andaluz, quizás la única herencia ibérica de sus abuelos.

Sorprendidos, los Ortúzar cesaron el bullicio que acompaña la sobremesa de todos sus domingos, restaurándose poco a poco por el susurrante pensar de los hermanos y por la voz redentora del padre ante aquel momento silencioso:

— ¿Y mis nietos? — dijo preocupado
— Se pueden adoptar— respondió intrépido Ramiro, descubriendo al reír el brillo refulgente de sus dientes.
— ¿Y la boda? — preguntó la madre.
— Si habrá boda, aunque le llamen “Sociedades de convivencia” — prometió Roberto.

Pasó la brevedad de otro silencio, como el que traen consigo las noticias aturdidoras, y más la de aquella realidad agitada. Esta vez no fue la presencia de un ángel quién regaló el mutismo de aquella tarde.

Tan de pronto, y sin mañas, interrumpió el padre de nuevo con la elocuencia del sonar de sus palabras:

— ¡Vaya, vaya! Brindemos entonces por este par de pillos locos, y por el yerno que nunca imaginé tener

Los hermanos y sus mujeres, con el liberalismo colgando de su frente, hicieron alarde de su open mind, que por don les dieron sus dioses griegos y secundaron el brindis con todo un jolgorio por respuesta. La madre, dejó caer una lágrima al mismo tiempo de lanzar un abrazo al delirio de su hijo, convertido en el nuevo integrante de su familia. Sin duda, la familia Ortúzar ante esta modernidad que se escucha y se respira.

Fue así que, en un dos por tres, Roberto entró de lleno a los terrenos de su amor con todas las bendiciones de su familia. Hasta ahora siguen tocando el cielo con su relación más transparente que el agua bendita y la felicidad como danza propia de una nueva constelación. Vencieron sus miedos y el hastío de vivir a escondidas, a medias, como si hubieran conseguido romper juntos el litigio entre la noche y el día, con el simple y solo afán de amarse en los albores de este, nuestro siglo veintiuno.