"A lo mejor morir es separarse de todo con facilidad, dejarse ir, dormir, flotar, fluir, abandonarse, a un curso desconocido hacia un destino también desconocido" Elena Poniatowska
Siempre me han gustado los días en que México se envuelve en el aroma suave del copal y la flor de cempasúchil, en el misticismo que engloba su prehispánica adoración por lo que vive en una eternidad desconocida y la forma sin remedio con la cual el catolicismo mexicano tuvo que acoger dicha costumbre infranqueable. La muerte que el mundo ve con asombro, simplemente la recibimos con la humildad que merece. Ofrendamos lo mejor y lo que más gustaba al difunto que se honra en cada altar de las familias mexicanas. Y en dicha forma hacemos de una pena irremediable una fiesta luminosa, solemne y llena de misticismo.
Soy un vivo que se ha venido cansando de morir cada minuto en que paseas por mi memoria y en efecto te has convertido en una enfermedad que si no sé controlar terminaré en un manicomio hasta morir revolcado en mis propios orines. Ese primer año de haberte conocido, de haberte tenido tan cerca de mis manos, no pasamos juntos este año nuevo de la cultura celta. Fui solo a visitar las ofrendas tradicionales de Ciudad universitaria, sin ti porque dijiste que ese día celebras el cumpleaños de tu mamá, y yo por no agobiarte con insistencias estúpidas simplemente no volví a invitarte. Fue un mal punto. No creí que te hubieras molestado tanto por el hecho de no insistir. Al día siguiente, mis amigos a los que ya también conocías vendrían a mi casa a ver películas de terror, te invité porque quería que entraras más a fondo a lo mío, a que conocieras de dónde vengo y quizás fuera la precisa forma para entrar a las puertas de mi alma desnuda. No viniste. Te hablé y me colgaste el teléfono como a un idiota, por haberte dicho “eres un pesado”, se esfumó en los agujeros de la bocina tu voz con la que muchas noches he soñado en mi oído. Fue nuestro primer pleito como amigos, y de ahí muchos otros fueron llegando a cada rato. El año pasado, ni se diga, anduvimos por ahí y no nos vimos más en todo el recorrido de los altares, para ese entonces había un abismo pronunciado entre tu presencia y la adoración errante que se volvió fanatismo. Al tiempo, ya no eras tú la persona que había conocido antes.
Estas ofrendas no fueron la excepción. No te vi por ningún lado, y me volví a sentir más solo de lo que sé que estoy. Volvió a rondar por mi cabeza el aroma de tu cuello y la sagacidad con la que iluminabas al mundo y que, después de una fracción de segundo, simplemente era inverosímil. Llegaste en un tiempo escaso para ordenar mi vida, y poco a poco la volviste a desordenar hasta ahora que no veo ni forma de ordenarla. Y ya no puedo más. Los que leen estas entradas de desamor aburridas y llenas de tedio, lo saben. Esta es la estúpida forma en la que vivo desde hace dos años sin tregua. Me doy pena y sé que he venido dando pena.
Ojalá que algún día pueda olvidar tu mirada y tu paso inseguro, la forma en que deshacías el universo cada vez que te enojabas conmigo, la luz con la que iluminabas los días cada mañana en que te veía llegar en compañía de la rubicundez de tus mejillas. Al menos sólo quiero que pase este día de muertos, para que entonces tenga fuerzas para soportar las posadas, tu cumpleaños y las navidades vacías, que por supuesto he vivido en la ausencia de tus ojos. Al menos, quiero terminar con esta muerte en la que vivo poniendo una ofrenda en honor al olvido que espero como el misterio mesiánico que muchos otros esperan.
