
Regresé del escándalo que se vive bajo la insigne devoción guadalupana. México es un país que se fundó bajo las ideas posesas del Cristianismo con gran fiereza y que, a cambio de los ídolos mexicas que representaban de manera extraordinaria la cosmogonía poco enardecida por el dios trinitario, llegó la forma precisa de juntar lo indio con lo occidental, naciendo de ahí el mito más conocido por todos los que de México se dicen ser y ante ello no me meto en el agobio de repetir el santo misterio que de forma misteriosa sigue nublando de pólvora el 12 de diciembre.
Hice un viaje para olvidarme del silencio de esta ciudad y me encontré con otro silencio más escandaloso. Para empezar, la familia lejana que tengo en Santa Cruz de Juventino Rosas, Guanajuato, que se pierde en un enredado vericueto de mi genealogía materna, hizo todo goce y toda comida que pudiera existir por el sólo hecho de haber pisado su aposento. Y de ahí en adelante todo fue comida y fiesta llena de cohetes colocados en un armazón enorme de largo, llamado castillo. Común para todos los que habitan en poblados escondidos en la provincia del país, fue para mí inusual y poco concebible, pero a la vez cautivó el afán de mis ojos ver tanta chispa y tanto revuelo ardiente de luz. Escuchar azorado el inicio chispeante de su encendido y ver embelesado a medio pueblo no es cosa que se vea todos los días en este monstruo de ciudad mal planeada, pero que tanto quiero.
De interesante había poco en este lugar que de un dos por tres decidió convertirse en ciudad. Ahí nació, por ello su nombre, Juventino Rosas, hombre taciturno en la historia musical de México, con una vida trágica y un talento escandaloso como las olas de su vals. Pero aún así, con semejante hombre nacido en el seno del estado de Guanajuato, con su iglesia en cantera rosa que custodia el centro de la ciudad, con las charamuscas de colores remojadas en atole blanco en Cuaresma, con el aire del campo, con las montañas eternas que enmarcan el horizonte lejano, con el alba y el ocaso, poco pasaba en esa tierra de causas perdidas.
Ahora su población rebasa los 5, 000 habitantes y su actividad agrícola es menos del 25%. Trabajan en otras actividades impulsadas por los hermanos mojados. Andan como perdidos los uniformados de la policía con rifles a la vista y cascos que parecen fabricados por el creador de vestuario de la Guerra de las Galaxias. Ya no se ven las estrellas como en el ayer que apresaban los ojos de mi infancia. La gente de antes se va acabando y han llegado de todos lados del país a establecer ahí sus sueños. Las mujeres siguen siendo golpeadas y destinadas a tener hijos mocosos y llenos de mugre, ahora manejan camionetas Expedition, 4x4, Explorer, Van, GMC, Jeep… - Mi viejo mandó dinero del Norte- dicen orgullosas de sus hombres que calman su animalidad con otras mujeres del mismo pueblo, pero en diferente nación, redimidos por el envío constante de billetes verdes y cuando llegan cogen como benditos con sus esposas, porque lo son ante los ojos de Dios.
Llevar el nombre de ciudad se le debe a tanto migrante que ahora vive en ascuas en el Norte. – La crisis- dicen las mujeres de Santa Cruz, repitiendo las palabras que sus viejos les dicen muy agringados por el teléfono. Antes, la tía Juana pagaba por minuto cuando nos hablaba en uno de los dos teléfonos que había en todo el pueblo. Ahora, las mismas mujeres que manejan camionetas chocolate, hablan también por su Iusacell, Telcel o Nextel. Hablan más que yo y a todas horas.
- Dios dirá- dicen a cada rato. – ¡La santísima virgen!- dicen las madres de las mujeres de Santa Cruz. –Si Dios da licencia- responden a cada propuesta que hagan para el mañana. Y así como respeto la religión de mis padres, también me espanta. Todo un ruidazo y una bruma de cohetes de locos celebran a la mujer mestiza que se hizo llamar Guadalupe. –Agradecemos a todos los paisanos de Carolina del Norte, Indiana y Fort Worth por haber pagado el conjunto y el castillo de esta noche- dicen fervientes los mismos hombres que cantan en el escenario.
La iglesia repica, el ruido ensordece, las chispas ciegan a la gente. Son ya una ciudad donde se oyen andar como desaforadas las ambulancias, la policía antidrogas, se oyen violaciones y golpeados, empiezan los secuestros, abunda ya el narcomenudeo como si se cantara un narcocorrido. Se siguen comiendo frijoles en olla de barro, atole de masa, tortillas con salsa y queso. La gente se sigue sentando afuera de las casas a ver pasar la tarde comiendo cacahuates tostados y garbanzos asados con chile y limón. Siguen existiendo supercherías, brujas, hueseros, hechiceros y yerberos. Se le sigue llamando por ello “Brujentino Rosas, tierra de brujos”. Se siguen limpiando con huevo, limón y ramas de pirul. Siguen escuchándose los llantos inaudibles de la Llorona por todos aquellos que quieran preservar su existencia. Siguen naciendo niños sin control y siguen haciendo fiestas en gracia del Dios de Abraham, Isaac y de Jacob. Creen que Quetzalcoatl es un diablo que está alejado de Dios, y seguramente el cometa Halley sigue excomulgado de la Iglesia. Si supieran que rindo culto a Buda, a Tlaloc, Marduk, Obatalá y Zeus, seguramente me hubieran linchado. Si les hablara que en México (como llaman a la Ciudad) se va a los antros como se va a comer frijoles por las tardes al campo, entonces sería un descocado de los nuevos tiempos. Si hubiera dicho que apaguen su ruido para escuchar el silencio de tanto niño que confunde la Primera Guerra Mundial con la Guerra de Castas, seguramente me hubieran trepado al castillo y me hubieran quemado para bien de la Santa Iglesia. ¡Oh, poderoso Zeus, ruega por nosotros! ¡Oh Tlaloc, no nos quites el agua bendita! ¡Oh, Mictlantecuhtli, danos buena muerte! ¡Arca de la Alianza! ¡Puerta del Cielo! ¡Oh, Santa Inquisición!… ¿qué pendejadas hiciste? Amén.
Hice un viaje para olvidarme del silencio de esta ciudad y me encontré con otro silencio más escandaloso. Para empezar, la familia lejana que tengo en Santa Cruz de Juventino Rosas, Guanajuato, que se pierde en un enredado vericueto de mi genealogía materna, hizo todo goce y toda comida que pudiera existir por el sólo hecho de haber pisado su aposento. Y de ahí en adelante todo fue comida y fiesta llena de cohetes colocados en un armazón enorme de largo, llamado castillo. Común para todos los que habitan en poblados escondidos en la provincia del país, fue para mí inusual y poco concebible, pero a la vez cautivó el afán de mis ojos ver tanta chispa y tanto revuelo ardiente de luz. Escuchar azorado el inicio chispeante de su encendido y ver embelesado a medio pueblo no es cosa que se vea todos los días en este monstruo de ciudad mal planeada, pero que tanto quiero.
De interesante había poco en este lugar que de un dos por tres decidió convertirse en ciudad. Ahí nació, por ello su nombre, Juventino Rosas, hombre taciturno en la historia musical de México, con una vida trágica y un talento escandaloso como las olas de su vals. Pero aún así, con semejante hombre nacido en el seno del estado de Guanajuato, con su iglesia en cantera rosa que custodia el centro de la ciudad, con las charamuscas de colores remojadas en atole blanco en Cuaresma, con el aire del campo, con las montañas eternas que enmarcan el horizonte lejano, con el alba y el ocaso, poco pasaba en esa tierra de causas perdidas.
Ahora su población rebasa los 5, 000 habitantes y su actividad agrícola es menos del 25%. Trabajan en otras actividades impulsadas por los hermanos mojados. Andan como perdidos los uniformados de la policía con rifles a la vista y cascos que parecen fabricados por el creador de vestuario de la Guerra de las Galaxias. Ya no se ven las estrellas como en el ayer que apresaban los ojos de mi infancia. La gente de antes se va acabando y han llegado de todos lados del país a establecer ahí sus sueños. Las mujeres siguen siendo golpeadas y destinadas a tener hijos mocosos y llenos de mugre, ahora manejan camionetas Expedition, 4x4, Explorer, Van, GMC, Jeep… - Mi viejo mandó dinero del Norte- dicen orgullosas de sus hombres que calman su animalidad con otras mujeres del mismo pueblo, pero en diferente nación, redimidos por el envío constante de billetes verdes y cuando llegan cogen como benditos con sus esposas, porque lo son ante los ojos de Dios.
Llevar el nombre de ciudad se le debe a tanto migrante que ahora vive en ascuas en el Norte. – La crisis- dicen las mujeres de Santa Cruz, repitiendo las palabras que sus viejos les dicen muy agringados por el teléfono. Antes, la tía Juana pagaba por minuto cuando nos hablaba en uno de los dos teléfonos que había en todo el pueblo. Ahora, las mismas mujeres que manejan camionetas chocolate, hablan también por su Iusacell, Telcel o Nextel. Hablan más que yo y a todas horas.
- Dios dirá- dicen a cada rato. – ¡La santísima virgen!- dicen las madres de las mujeres de Santa Cruz. –Si Dios da licencia- responden a cada propuesta que hagan para el mañana. Y así como respeto la religión de mis padres, también me espanta. Todo un ruidazo y una bruma de cohetes de locos celebran a la mujer mestiza que se hizo llamar Guadalupe. –Agradecemos a todos los paisanos de Carolina del Norte, Indiana y Fort Worth por haber pagado el conjunto y el castillo de esta noche- dicen fervientes los mismos hombres que cantan en el escenario.
La iglesia repica, el ruido ensordece, las chispas ciegan a la gente. Son ya una ciudad donde se oyen andar como desaforadas las ambulancias, la policía antidrogas, se oyen violaciones y golpeados, empiezan los secuestros, abunda ya el narcomenudeo como si se cantara un narcocorrido. Se siguen comiendo frijoles en olla de barro, atole de masa, tortillas con salsa y queso. La gente se sigue sentando afuera de las casas a ver pasar la tarde comiendo cacahuates tostados y garbanzos asados con chile y limón. Siguen existiendo supercherías, brujas, hueseros, hechiceros y yerberos. Se le sigue llamando por ello “Brujentino Rosas, tierra de brujos”. Se siguen limpiando con huevo, limón y ramas de pirul. Siguen escuchándose los llantos inaudibles de la Llorona por todos aquellos que quieran preservar su existencia. Siguen naciendo niños sin control y siguen haciendo fiestas en gracia del Dios de Abraham, Isaac y de Jacob. Creen que Quetzalcoatl es un diablo que está alejado de Dios, y seguramente el cometa Halley sigue excomulgado de la Iglesia. Si supieran que rindo culto a Buda, a Tlaloc, Marduk, Obatalá y Zeus, seguramente me hubieran linchado. Si les hablara que en México (como llaman a la Ciudad) se va a los antros como se va a comer frijoles por las tardes al campo, entonces sería un descocado de los nuevos tiempos. Si hubiera dicho que apaguen su ruido para escuchar el silencio de tanto niño que confunde la Primera Guerra Mundial con la Guerra de Castas, seguramente me hubieran trepado al castillo y me hubieran quemado para bien de la Santa Iglesia. ¡Oh, poderoso Zeus, ruega por nosotros! ¡Oh Tlaloc, no nos quites el agua bendita! ¡Oh, Mictlantecuhtli, danos buena muerte! ¡Arca de la Alianza! ¡Puerta del Cielo! ¡Oh, Santa Inquisición!… ¿qué pendejadas hiciste? Amén.
¡Muy bueno y muy interesante, Antonio!
ResponderEliminarbuenisimo
ResponderEliminarOye oye, te falto punch al cierre...
ResponderEliminarSupongo que viajar a algún pueblo es como viajar a través del tiempo. Por lo menos ha de ser divertido.
Y sí, eres un hereje que tiene bien merecido el infierno. Claro, el Cristiano por que de los otros pues no sé.
Un saludo muchacho.
hola, jaja muy bueno, solo que yo pienso que no hay necesidad de agredir a lupita jajaja, cada religion tiene sus pros y sus contras no lo niego, solo hay q tener un poco de respeto.
ResponderEliminar