miércoles, 23 de diciembre de 2009

Arde la sangre

Para ustedes: Papá Julio y Mamá Goyita, que procrearon a sus siete hijos; para tí, Mamá Nelly, que decidiste cuidarme desde otra distancia; para tiá More, tío Orlando, y tío Roger, que decidieron partir al infinito; y para tía Dayse, tía Irma y tío Jaime, que viven lejos pero siempre andan tan cerca de mí.



Fíjense ustedes que hoy decidí aventurarme en la profundidad del armario, y encontré una cartera de piel vino, polvosa y vieja. Creí encontrar en ella unas cuantas monedas, quizá unos billetes antiguos, de esos donde dos pesos eran dos mil y que además los custodiaba Sor Juana. Abrí aquel envoltorio vacuno y nada; de pronto, en uno de sus tantos compartimentos, ardían como las brasas varias fotos en blanco y negro con rostros que nunca recuerdo haber presenciado tan jóvenes, pero que algo en mi cabeza y en cada impulso de mi sangre dio por bien conocidos.


Por un lado, mis padres; que bien sé de sus rostros la fortuna de su sonrisa y la pasión de su mirada. Creo no tener en la cara siquiera una parte de tanta gloria como ellos expresan, pero creo sí reconocer en mis párpados caídos la esencia de mi familia materna y en la nariz ancha el afán de los Jiménez, como mi padre.


Ordené las otras fotos como una voz interna me iba mandando. Dicen que la fuerza de la sangre es profunda y llama, envuelve, abrasa con un fuego que llega hasta los huesos. Conjunté a todos los hermanos de la madre de mi madre, una mujer que cuidó de mí los primeros tres años de mi vida y creo yo que alguna fuerza superior permitió que habitara en cada respiración que doy, desde que decidió partir a un infinito que sólo pocos llegan a conocer. Así fue, que en ceremonia solemne, llamé a mi madre y le hice ver aquella jugada de recuerdos sobre la cama. Intactos, serenos, hermosos. Unidos por sus genes expresados en sus ojos grandes y párpados bajos, cara redonda, la mitad blancos como mi bisabuela y la otra mitad de piel oscura como mi bisabuelo, también presentes en esas fotos reunidas de la familia Rodriguez Solís.


Dueños de la tienda más variada de Kinchil, Yucatán, un pequeño poblado calmo del occidente del estado; Don Julio Rodríguez y Doña Refugio Solís, crecieron a siete hijos en la prosperidad de su dicha. Toda una esquina ocupaba la tienda en donde bien se encontraba petróleo, pan de caja y chile habanero. Un mostrador antiguo de madera, repisas en las paredes y cinco entradas conformaban a la afamada miscelénea. Así recuerda mi madre sus primeros años en aquel lugar, mientras yo sólo imagino y siento ese gozo de vida.


Siete hijos, y entre ellos mi abuela; siento raro escribir esa palabra porque siempre le he dicho mamá. Nelly fue, es y seguirá siendo su nombre mientras las ganas no me falten de mencionarla y hacer de su ausencia la presencia más aferrada a mi recuerdo. He de decir que siempre he conmemorado más a mi familia materna que a la de mi padre, y el triunfo que he ganado es que mi padre la conmemora también junto con todos aquí en la casa. Por eso, sigo viendo como arden sus rostros sobre mi cama: ordenados y fervorosos. De los siete, sólo me quedan tres, tres de esos siete que forman parte de mi genealogía. Viven todos, los celebro, los sigo mirando. Tengo a un lado a Julio Rodríguez y Refugio Solís, mis bisabuelos; a Mamá Nelly, mi abuela; Dayse, Irma y Dalia, las mujeres Rodriguez Solís; Jaime, Orlando y Roger, los hombres. Quedan vivos tía Dayse, tía Irma y tío Jaime. Todos viven, como benditos, en las fotos que aún tengo esta noche sobre la cama.


Feliz Navidad. Su ausencia, en estas fechas, es ahuyentada por la fuerza de sus nombres cada que se comparte el pan en esta casa. Donde quiera que estén, ¡Felices fiestas!


La música. Caminante del Mayab, de Guty Cárdenas.

2 comentarios:

  1. Las fotografias llenan de recuerdos!!!
    Que tino el encontrar aquello en estas epocas que se prestan para recordar con amor no???? jejejeje
    Feliz navidad!!!

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