"Si vivir sólo es soñar, hagamos el bien soñado" Amado Nervo
He tenido unos días en los que hago cumplir el gerundio que viví repitiendo en la primaria con sus terminaciones sencillas: -ando, -iendo. Fácil. Yo imaginaba a un borracho que poco se sostenía a pie y andaba yendo de un lado a otro, y para acabar el asunto su madre optó por ponerle Gerundio. Pero digo que ahora lo vivo, como vivo el sol y el frío de este diciembre, y lo vivo porque ahora en estos días de vacaciones no me hallan más que durmiendo, comiendo, bebiendo, durmiendo, escribiendo y gozando la nada. Pero así que ven, la nada es ardua y a veces más cansada que tener ocupadas las horas. Lo es porque a uno se le ocurre hacer todo, de todo y estar en todo.
Me he dispuesto a arreglar el escritorio donde me encuentro frente a la computadora, y lo dejo a la deriva de un mañana prolongado por la infinidad de cosas que roban mi atención, como ver videos de filarmónicas por internet hasta grabarme los altos y bajos de la voz que apresa en su garganta Susan Boyle. He escuchado una y otra vez los nocturnos de Chopin, la Danza húngara de Liszt y Veracruz de Agustín Lara, aunque digan que sea un dislocado de estos tiempos, que me gusten los suéteres de abuelito y que cuente historias como quien tiene setenta años. Y esto y más he hecho cuando nada por hacer invade el territorio de mi tiempo.
Uno en estas circunstancias suele pensar en muchas cosas y estar retraído consigo mismo, a solas, armonizándose, rehaciendo capítulos que han cambiado de página, recordando… Soy nostálgico, y eso lo saben quienes me conocen, vivo del ayer como si mi actualidad fuera prescindible. Y reconozco que tal tontería es hacer uno de los círculos viciosos en los que más permanezco, porque al hacer prescindible mi presente en un parpadeo hago imprescindible mi pasado. Y este vicio lo comparto con mi amiga Anabel, que ahora es asidua lectora de este espacio.
Desconocemos muchas cosas que existen. Alan León, un hombre cabal como impulsivo, certero y elocuente, me contó que uno de los impulsos que tiene en la vida es precisamente ello. Y lo es para todos, para el conocimiento, para la ciencia, para el humanismo. Así surgen las preguntas que a menudo conmueven nuestro raciocinio interrogante. Yo también soy movido por ello, no me abstengo de preguntarme y conseguir verdades que calmen la impaciencia de mis dudas, pero hay otras cosas que es mejor no entenderlas como el amor, porque de ahí surgen teorías e hipótesis que las hacen más inalcanzables que tangibles y más comunes que asombrosas. Yo creo que no pensó eso Schopenhauer en su ensayo El amor, donde asegura que la especie y no más que ese fantasma de hacer individuos fuertes, impera en algo que a través de tantos siglos no se le da respuesta. Por eso considero que hay cosas que mejor las dejo como creo que son y como mejor las pueda vivir: sin respuesta.
Me dispuse también a leer varios libros sin un orden ni de estilo ni de corriente literaria, y es mejor así, porque es mejor adentrarse a distintos tiempos y a distintas tintas. Pasé por el Siglo de Oro español con Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, encontrándome con la fiereza y entereza que tiene un pueblo cuando le llegan a lo suyo, a su gente; cómo es que desde siempre han existido hombres listos que se aprovechan de sus gobernados y, peor aún, de las mujeres. No cabe duda que en esas malas mañas, la sociedad poco ha cambiado en cuatro siglos. Por ahora me encuentro detenido en una novela entrañable de Elena Poniatowska, La piel del cielo, donde el afán por sobrevivir a una vida con infinidad de escollos y tropiezos se impone ante todos y toda la sociedad posrevolucionaria de este México tan mío como de los demás. Un México que nacía a los albores de institucionalizarse con más de medio país sin saber leer ni escribir. Lorenzo de Tena es el valiente que va escudriñando esos caminos que la vida le va descubriendo, con su inteligencia indomable y su espíritu aventurero, con la única seguridad de que arriba, más allá del cielo oscurecido, existe un universo en expansión con un juego de luces que recorre los colores del espectro.
Así es que, como Lorenzo de Tena, sé que existe una realidad más allá de mis posibilidades humanas de comprender, inmensa, superior e infinita. Una expansión de materia y energía, luces que se han emitido desde hace millones de años a la distancia y llegan apenas hace tres segundos. Tiempo, relatividad, nada, desorden y orden: subsistencia. Vivir para trascender, dejar huella y funcionalidad. "Ser o no ser" diría Shakespeare… "Y es bueno tener conciencia de que en nosotros hay algo que lo sabe todo" diría Hesse a través de la voz de Demian. Tengo la fortuna de conocer a muchos Lorenzos, muchos Demian, infinidad de mujeres valientes que se imponen a la sociedad. Tengo la fortuna de tener libres estos días para saberme rodeado de hombres que andan en busca de su talismán en esta vida, otros más que descubren ser sentimentales cuando negaban con seguridad ser indoblegables. Tengo la fortuna de haber compartido una comida en paz y calma, con Taateni, Thalia y Mariana, tres mujeres que andan en esta vida como si la vida fuera andando entre las mujeres. Son valientes y razonables, únicas como sus vidas y sus amores. Únicas como ese café anclado en las calles de Coyoacán que quién sabe cuántas historias de vida no habrá escuchado en todo el trajineo que ha visto pasar, en este México de todos los tiempos, en este México que subsiste a pesar de la incertidumbre de un mañana. En este México borracho como el gerundio de mi historia infantil, este México que anda yendo…y no se llama Gerundio.
Saludos. A Taateni, Thalia y Mariana...a EmManu que llegó tarde como siempre, pero a tiempo para charlar y reir como si el tiempo no pasara por nosotros.
A una jipi con american exprés (todo en español; la Real Academia ha dado el visto bueno de cambiar el vocablo inglés por la sencillez de "jipi") ChaTri!! Ya estamos del otro lado! Un gran logro en nuestra vida. Te quiero y no es por tu dinero plástico (jaja)
Los versos. De Fuente Ovejuna, al discernir entre la existencia o no del amor.
Es rigor y es necedad.
Sin amor, no se pudiera
ni aun el mundo conservar.
Los que faltan. Amores que matan, de Rosa Beltrán; El Esclavo, de Isaac Bashevis Singer.
La música. Urge, con Javier Solís.
Me he dispuesto a arreglar el escritorio donde me encuentro frente a la computadora, y lo dejo a la deriva de un mañana prolongado por la infinidad de cosas que roban mi atención, como ver videos de filarmónicas por internet hasta grabarme los altos y bajos de la voz que apresa en su garganta Susan Boyle. He escuchado una y otra vez los nocturnos de Chopin, la Danza húngara de Liszt y Veracruz de Agustín Lara, aunque digan que sea un dislocado de estos tiempos, que me gusten los suéteres de abuelito y que cuente historias como quien tiene setenta años. Y esto y más he hecho cuando nada por hacer invade el territorio de mi tiempo.
Uno en estas circunstancias suele pensar en muchas cosas y estar retraído consigo mismo, a solas, armonizándose, rehaciendo capítulos que han cambiado de página, recordando… Soy nostálgico, y eso lo saben quienes me conocen, vivo del ayer como si mi actualidad fuera prescindible. Y reconozco que tal tontería es hacer uno de los círculos viciosos en los que más permanezco, porque al hacer prescindible mi presente en un parpadeo hago imprescindible mi pasado. Y este vicio lo comparto con mi amiga Anabel, que ahora es asidua lectora de este espacio.
Desconocemos muchas cosas que existen. Alan León, un hombre cabal como impulsivo, certero y elocuente, me contó que uno de los impulsos que tiene en la vida es precisamente ello. Y lo es para todos, para el conocimiento, para la ciencia, para el humanismo. Así surgen las preguntas que a menudo conmueven nuestro raciocinio interrogante. Yo también soy movido por ello, no me abstengo de preguntarme y conseguir verdades que calmen la impaciencia de mis dudas, pero hay otras cosas que es mejor no entenderlas como el amor, porque de ahí surgen teorías e hipótesis que las hacen más inalcanzables que tangibles y más comunes que asombrosas. Yo creo que no pensó eso Schopenhauer en su ensayo El amor, donde asegura que la especie y no más que ese fantasma de hacer individuos fuertes, impera en algo que a través de tantos siglos no se le da respuesta. Por eso considero que hay cosas que mejor las dejo como creo que son y como mejor las pueda vivir: sin respuesta.
Me dispuse también a leer varios libros sin un orden ni de estilo ni de corriente literaria, y es mejor así, porque es mejor adentrarse a distintos tiempos y a distintas tintas. Pasé por el Siglo de Oro español con Fuente Ovejuna, de Lope de Vega, encontrándome con la fiereza y entereza que tiene un pueblo cuando le llegan a lo suyo, a su gente; cómo es que desde siempre han existido hombres listos que se aprovechan de sus gobernados y, peor aún, de las mujeres. No cabe duda que en esas malas mañas, la sociedad poco ha cambiado en cuatro siglos. Por ahora me encuentro detenido en una novela entrañable de Elena Poniatowska, La piel del cielo, donde el afán por sobrevivir a una vida con infinidad de escollos y tropiezos se impone ante todos y toda la sociedad posrevolucionaria de este México tan mío como de los demás. Un México que nacía a los albores de institucionalizarse con más de medio país sin saber leer ni escribir. Lorenzo de Tena es el valiente que va escudriñando esos caminos que la vida le va descubriendo, con su inteligencia indomable y su espíritu aventurero, con la única seguridad de que arriba, más allá del cielo oscurecido, existe un universo en expansión con un juego de luces que recorre los colores del espectro.
Así es que, como Lorenzo de Tena, sé que existe una realidad más allá de mis posibilidades humanas de comprender, inmensa, superior e infinita. Una expansión de materia y energía, luces que se han emitido desde hace millones de años a la distancia y llegan apenas hace tres segundos. Tiempo, relatividad, nada, desorden y orden: subsistencia. Vivir para trascender, dejar huella y funcionalidad. "Ser o no ser" diría Shakespeare… "Y es bueno tener conciencia de que en nosotros hay algo que lo sabe todo" diría Hesse a través de la voz de Demian. Tengo la fortuna de conocer a muchos Lorenzos, muchos Demian, infinidad de mujeres valientes que se imponen a la sociedad. Tengo la fortuna de tener libres estos días para saberme rodeado de hombres que andan en busca de su talismán en esta vida, otros más que descubren ser sentimentales cuando negaban con seguridad ser indoblegables. Tengo la fortuna de haber compartido una comida en paz y calma, con Taateni, Thalia y Mariana, tres mujeres que andan en esta vida como si la vida fuera andando entre las mujeres. Son valientes y razonables, únicas como sus vidas y sus amores. Únicas como ese café anclado en las calles de Coyoacán que quién sabe cuántas historias de vida no habrá escuchado en todo el trajineo que ha visto pasar, en este México de todos los tiempos, en este México que subsiste a pesar de la incertidumbre de un mañana. En este México borracho como el gerundio de mi historia infantil, este México que anda yendo…y no se llama Gerundio.
Saludos. A Taateni, Thalia y Mariana...a EmManu que llegó tarde como siempre, pero a tiempo para charlar y reir como si el tiempo no pasara por nosotros.
A una jipi con american exprés (todo en español; la Real Academia ha dado el visto bueno de cambiar el vocablo inglés por la sencillez de "jipi") ChaTri!! Ya estamos del otro lado! Un gran logro en nuestra vida. Te quiero y no es por tu dinero plástico (jaja)
Los versos. De Fuente Ovejuna, al discernir entre la existencia o no del amor.
Es rigor y es necedad.
Sin amor, no se pudiera
ni aun el mundo conservar.
Los que faltan. Amores que matan, de Rosa Beltrán; El Esclavo, de Isaac Bashevis Singer.
La música. Urge, con Javier Solís.
No hay comentarios:
Publicar un comentario