Para mi amiga Diana, que le ha gustado semejante desatino.
Me veías con menoscabo y movías tu cabello con notas de lirio y jazmín; precioso color claro, color de miel. Qué podías esperar de mí; con mi cabello terco y la mirada perdida en algún punto del cosmos. Llevaba conmigo unos versos de García Lorca, aquel andaluz gloria ahora de una patria que andaba en guerra y no le supo dar lugar. Caí en pleno amanecer de tu magia.
Todos los jueves a la misma hora visitabas el lugar, la mayoría de las veces sola y otras cuantas con compañía. Te veía a lo lejos y sabía que adorabas el moka espumoso y te despedías de la estancia con un café turco que apresurabas por tu garganta ya de pie. Vestías bien, como princesa nacida lejos de algún trono europeo. Dejabas el espacio vacío, lleno de tu perfume Dior.
Mujer de aventura breve,
labios de mi desventura,
rasga tu mirada mi armadura,
arde mi alma cuando llueve
Sonia te nombraba la mesera que atendía tus caprichos. Ya sabía tu nombre y tus gustos. Salías hacia Reforma y te perdías en la locura del bosque de Chapultepec. Te imaginé remando en el charco verdoso donde a los patos no les ha quedado más, que nadar a la fuerza y embellecerlo. Inquieta y tergiversa con lo sublime de tu porte, comprabas un algodón de azúcar azul como el cielo que tus ojos secuestraron y subías al cerro hasta el mirador del Castillo. Qué fiesta la tuya eran tus jueves, que gloria la mía y que infierno el resto de la semana sin verte. Comencé a obsesionarme con tu cuello blanquísimo.
Heme aquí diosa del viento,
fugaz estrella de mis jueves
dame pues vivo sustento,
con un beso o caricias breves.
Me corté el cabello. Ya no más revuelto en la terquedad con la que tramaba una telaraña de espanto. Corto quedó. Te esperaba ese jueves de marzo; hacía viento y regaba las jacarandas que comenzaban a pintar de lila las calles. Te gustaban las jacarandas, lo recuerdo. Te gusta el color lila, te gusta el café: su aroma y su fuerza.
Yo un profesor de teoría literaria, un escritor a tientas en una columna igual que inexistente en un diario de la ciudad. Nos conocimos en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, ya desde antes de buscar tu voz y tu mirada en este café. Me atreví a hablarte y a perseguirte de vez en vez; a pretenderte, a conquistarte. Aceptaste después de tantos esfuerzos. Para ese entonces mi cabello era corto como el de ahora. Salimos un par de veces.
Heme aquí, refugiado en el bullicioso parloteo de este café. Esperando regreses otra vez. Es jueves y has tardado en demasía. ¿Cuánto te he querido? ¿Por qué me aceptaste? Hubieras evitado tanto sufrimiento innecesario. Yo hubiera sido inteligente; siempre aspirabas a más, era de esperarse.
Amargo elixir de oscura hazaña,
juego de falso amor,
hazaña oscura de amargo olor,
perfume, silencio, falsa artimaña.
Dijiste que sí a mi propuesta. Me besaste urgida de otros labios, usaste el calor de mi cuerpo y la desnudez de mi euforia sobre la cama. Aprendí a tomar café y a distinguir una que otra de sus notas disueltas: si es alto o bajo, si está demasiado tostado, si se siente la presencia de moras o fresas en su turbidez mágica sobre la lengua. Oscuro como tu corazón desinteresado. Me usaste, y heme aquí con apariencia distinta para agradarte, para arrancarme de la piel y el cabello la depresión que creyó apoderarse de mi vida. Es mi terapia verte cada jueves a lo lejos, para que no seas más que otra mujer de mis ayeres.
Prisionero del cielo de tus ojos,
lloré por meses tu vano capricho,
fui menos aun que un terroso bicho,
fui más aun que un cúmulo de enojos.
Te permití el abandono. Después de medio año de besos y caricias disfrazadas, de rosas, de tertulias, de versos nerudianos que cobijaban las noches. Ahora entiendo el Nocturno a Rosario. ¿Qué nos hacen las mujeres? Ramillete de hierbas que embrujan, sortilegios que en el aire se desenvuelven, velos de novia, argollas y arras oníricas, pasiones que buscan otra víctima débil. Maldito corazón de músculo formado, prefiero entonces uno que con metal, compuertas y tornillos bien contraiga o bien quede dilatado.
Ya te veo menos que antes, pero aún espero que llegues al café y salgas delirante hacia Reforma. Que te bañes en Dior y vistas de Chanel, que uses tus gafas Fendi y reloj Hermès que combine con el color de tu día. Llegaste con el tal Max, aquél por el que tibiamente me dejaste descobijado. Max Scherer, el extranjero que vino a hacer suerte con la exportación de café, un explotador más de nuestra gente. Nunca te quiso como yo. Entraron discutiendo y terminaron en esa misma mesa de todos los jueves. Al fin concluía mi terapia, no más café de jueves ni espera, ni versos al aire. Error con error se paga, abandono con abandono bien se entienden. Me acerqué a ti y te ofrecí un pañuelo. Lo tomaste y te acercaste a mi mano. Tuve que retirarla, no sentí compasión por ti ni por tu llanto. Me senté a observar el caudal de sal disuelta que escurría por tus mejillas.
Llanto de mil mares, sal de playa,
restos de amor que ha concluido,
tenue mar, sol abatido,
mal de amor, cura no se halla.
Pedí café americano para los dos. Amargo sabor con amargo adiós se anula. Tuve que verte desnuda el alma, para olvidarme de tus besos y los meses de mi depresión. ¿Eres feliz? Me preguntaste. Nadie es feliz después de ser humillado. ¿Te hace sentir bien mi llanto? Sólo me hace estar curado. Te odio, dijiste apresurada. Yo a ti, respondí con la misma presura. Perdóname, pediste apretando mis manos. Estás perdonada, respondí. Bésame, suplicaste y te besé. Sabor amargo a café tenían tus labios, labios de café amargo volvieron a endulzar los míos. Nos perdonamos y tras dejar en el olvido los olvidados abandonos, decidimos comprar este café que guarda en sus paredes tantas historias como fiestas y trajines, donde han sabido crecer nuestros dos hijos, donde supimos olvidar y supimos curarnos.
Olvido y perdón uno confiere
el ayer se nubla en la memoria.
El amor gira como noria
cuanto alto o bajo el giro quiere.
Sonia y yo, aprendimos a endulzar el sabor amargo de alguno que otro café. Cuando se pasa de tueste, el mejor remedio y la mejor fortuna es caminar rumbo a Chapultepec, con nuestros niños, para endulzarnos el alma con un algodón de azúcar, para acabar entonces entrelazados viendo los patos del verdoso lago de Chapultepec. Sigo dando clases de teoría literaria, sigo escribiendo para el diario que menosprecia mi columna, sigo amando a Sonia y sigo teniendo ilusiones claras y sueños que pretenden realizarse como fieles aventureros. Una editorial me ha propuesto publicarme una novela, no la tengo ni existe delimitada entre letras, pero el título y la esencia, me dicen nombrarla: "Sabor amargo a café"