viernes, 30 de abril de 2010

Qué le pasa al mundo

Hay en la actualidad una abertura a la privacía de cada uno de nosotros que nos complica aún más la entrada de dicho vocablo a la Academia española. Hacemos ruido con todo y no dejamos, mas que muy pocos asuntos realmente personales, en secreto. La red y los medios nos han hecho caer en las aras del significado mediático envuelto en la tecnología que nos pervierte cada día más con elementos más sofisticados, confortables y ostentosos.

Empezamos con el correo electrónico, chat, MSN, llegamos a crear verdaderas redes sociales como Myspace, Hi5, Facebook y ahora Twitter. Muchos otros nos pretendemos asir de la dicha de compartir vivencias en blogs, para que otros al leernos nos hagan sentir más afortunados. Es un mecanismo en la actualidad para no sentirnos solos. Por un lado nos rodeamos de gente que no existe como tal ante nosotros, pero con el sólo hecho de saber de ella por medio de comentarios y brevedades de estilo silencioso, nos hacemos a la idea de estar más que acompañados.

Hay quienes ponen en riesgo a los suyos mediante esta abertura de su mundo al mundo de otros quienes buscan causar daño y hay quienes se cohiben en las relaciones interpersonales, que dejan fluir gran parte de sí por estas herramientas. Hay verdaderas historias de amor que empiezan entre verdaderos desconocidos y otras que son de horror que llegan a terminar en violaciones o muertes.

Nos alejamos cada vez más de interactuar entre nosotros de manera personal. ¿Qué diría Angelina Beloff hoy en día? ¿Hubiera escrito correos electrónicos a Diego Rivera con la misma intensidad con la que le escribió sobre papel? Las cartas son sin duda un medio antecesor de algunos de estos medios, pero en ellas existía la entrega y la presencia de la persona disuelta en la letra, el doblez y la forma de sellar el sobre. La gente antes se entregaba más y se conocía con mejor calidad que nosotros.

La actualidad es ardua y abrumante, nos aleja de sentirnos humanos por tantas razones. Aparecen en la tele, la radio y la Internet atrocidades que tocan fibras tan sensibles como apremiantes. Es escalofriante el mundo al que ahora, valientemente, queremos seguir perteneciendo. El tiempo se acorta y se vuelve menos accesible, tratamos de ahorrarlo y nos resulta una cuenta con grandes intereses y desfalcos, que terminamos por recurrir a la heroína de Momo en nuestros sueños. El trabajo, los estudios, los hijos nos envuelven en su prisa, les dejamos de querer y terminamos por hacerlos una carga bárbara. Es el pensar occidental: todo esfuerzo proviene del castigo qué cumplir por aquella deuda que tuvimos desde el Génesis. Nos encerramos en nosotros y vemos por nosotros, recordamos que el mundo está poblado de gente y cosas aún más maravillosas, ignoramos las noticias, prendemos la computadora, abrimos Facebook, tuiteamos y nos entrometemos en las vidas de quienes mal conocemos, para dar tema de qué hablar al otro día y así creernos poseedores de una capacidad elocuente de entablar relaciones interpersonales, aunque llegando a la oficina o abriendo un correo, nos enteremos que algún familiar se fue de este mundo o nuestros hijos llevan media currícula reprobada. ¿Qué nos pasa entonces? El mundo se va a acabar, porque nos estamos olvidando entre nosotros.

martes, 27 de abril de 2010

Acariciando los treinta

Hay allá abajo una trifulca en la cuenta de la edad. Mi hermana, que es una mujer tan valiente como yo cobarde, nació en el año de 1981. Su vástago lleva veintiún días de nacido y es el hecho de afrontar verdades que hace tan poco eran irrelevantes. Mis padres cumplirán treinta años de casados en julio de este año y es entonces la base para la cuenta de nuestras edades, que es siempre, por unos segundos, atrocidad envuelta en nostalgia; después uno olvida el lío de cuándo nació y qué había de popular en esos años hasta que aparecen fotos, recuerdos y aromas perversos que nos arrebatan de nueva cuenta la tranquilidad.


Escucho a mi hermana preguntar a sus padres, que ahora son abuelos de un niño escandaloso y temerario, ¿cuántos años tengo? Hace sumas y restas, pretende dividir y hacer raíces cuadradas dentro de su cabeza; por resultado le salen treinta, asume una irresponsabilidad saberse de veinticinco y no da con la cuenta correcta de los veintinueve recién cumplidos el 2 de abril, célebre día para los afanes de Porfirio Díaz al derrotar una plaza del imperio francés en busca de Leonardo Márquez, quien formaba parte del ejército de Maximiliano, en el año de 1867. Grité entonces a mi hermana, desde el escondite de mi cuarto, que había cumplido veintinueve. Y se acalló el embrollo que allá abajo se fraguaba.


Mi hermana ha sido siempre la segunda mujer que ve por mí y me alienta el ánimo. Nació en el último año del mandato de López Portillo, mucho después de creerse perro y soltar lágrimas tan falsas como lo siguen siendo las promesas políticas. La primera de los tres hijos que somos, supo crecer a lado de unos abuelos excepcionales que para mí son míticos y para ella una viva leyenda. Jugó con la consola del Sistema Nintendo de entretenimiento, bailó canciones de Flans, usó diademas y evitó peinarse diario, vistió con suéteres de colores estrambóticos, botines y faldas tableadas, se estremeció por Pablito Ruiz, tuvo una motoneta a los nueve años sin necesidad de algún permiso de la autoridad, la mordió un perro a los once, vio la telenovela de Agujetas de color de rosa, cantó la música de Cristian Castro, le tocó ver el día oscurecido con el eclipse de julio de 1991, vio nacer a la Onda Vaselina y le tocó verla despedirse, se hizo al ánimo de ser mujer con sus quince años cuando todavía eran ilusorios en la década de los noventa, se deshizo con la película de Ghost, se hizo de un novio que ahora es su marido con el cual lleva once años juntos y pretende crecer a mi sobrino Tadeo, con las ansias de unos padres no precoces, pero sí faltos de experiencia. Le tocó cuidar a mi madre cuando nació mi hermana menor que ahora tiene ocho años y hoy ya le ha tocado ver a su propio hijo, que ha sabido desear y querer como toda mujer que lleva hasta hoy el remanente evolutivo de procrear.


No sé si tener un hijo nos conlleve a perder la cuenta de la edad o a hacerse de un olvido conveniente para tal asunto que de una u otra forma nos lidia mientras el tiempo siga cursando como debe hacerlo. Lo cierto es que mi hermana Yelitza, madre ahora y poco entrenada en dicha proeza, ha sumado la cuenta de sus veintinueve años y anda feliz con Tadeo entre sus brazos. Bajé entonces y le dije que andaba acariciando los treinta. "No te compliques, del 80 para acá son treinta años, quítale uno, y te dan los veintinueve". Fácil. Volví a mi cuarto para escribir el enredo de esta noche, y ahora el enredado soy yo por sentirme viejo en el azar de mis veinte.


Frases. En una sala del MUAC, había un montón de papelitos coloridos con mensajes de quienes quisieron escribir algo para desahogarse o simplemente engendrar una sonrisa a quien hiciera el esfuerzo por tomar uno, desdoblarlo y leerle. Me tocó un papelito con letra redonda y entendible, de una mujer quien compartió su experiencia, fuerte y real, que me conmovió en silencio... "Mi novio tiene un hijo, mis padres no lo saben y cuando se enteren, lo van a odiar"


Suele pasar a menudo y cuando leemos historias de ese tipo, nos arrebatan la tranquilidad. Siempre he dicho que este museo de arte contemporáneo, sabe llegar hasta muy dentro de nuestras fibras más sensibles.


Música. Te conocí en un bazar, de Flans.


Versos. Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Rubén Darío.

sábado, 24 de abril de 2010

Así es la rosa

Ayer fue el día del libro, y estoy que no quepo en mí con semejante festejo. Sabrán todos, y los que no se enterarán en breve, que el santoral cristiano celebra el 23 de abril a San Jorge, un soldado que resplandece en la espesa niebla de su mítica existencia. Patrón inédito y audaz de la corona inglesa e islas británicas, además de la corona de Aragón, de Portugal y otros paises como Georgia y Lituania. A él se le atribuyen, como a otros tantos, las causas difíciles y la protección de los enamorados.


El nexo existente entre el libro, la rosa y San Jorge, proviene de una leyenda en la cual una rosa, tiene el deseo ardoroso de convertirse en libro. Que sus pétalos sean hojas, que su perfume sea la esencia misma de las mil historias que se puedan leer sobre su cuerpo frágil. Aquella sublime pieza de la naturaleza, imploró a San Jorge, y le dijo: "Si pudiste contra un dragón, no te sería imposible cumplir mi favor". Así fue que, en un abril con veintitrés días transcurridos, justo el día en que el santo fue martirizado se acordó de la petición que la rosa le había hecho, y ante tal asunto la convirtió en su deseo.


¿Qué son los libros? Papel, tinta y grafías enmarañadas. Son por su exterior simplezas materiales que van de lo común y comercial a verdaderos tesoros a destiempo y extravagante manufactura. No me detendré en el lío artístico que hacen los curadores y quienes saben de antigüedades, que es por demás arte sobre más arte; yo voy a la esencia misma que los libros guarecen en su universo acaparado de letras que nosotros los humanos nos dimos por entender, y de ahí haber cruzado la barrera de la prehistoria cuando algunos atinados les dio por bien atinar el uso del código cuneiforme. Los libros son historias vivas que nacen, mueren y renacen cada vez que uno tiene la audacia de abrirlos y hacerse cómplices de su universo.


Creo que los libros, son partícipes de las más asombrosas contrapartes; son de amores y desamores, ganancias y desfalcos, penas y alegrías; son la esencia misma de memorias revocables por las cuales somos arrastrados a un pasado que nos conmueve el ánimo y nos roba alguna gota de mar que en casos necesarios liberamos de los ojos; son además las catapultas más accesibles y seguras que nos lanzan a algún páramo austero o confortable, según abra camino el fantasioso andar del autor, de un futuro inaccesible para quienes vivimos el presente sin rebasar sus fronteras termodinámicas que nos limitan. Son aromas entremezclados con pieles que transpiran pasiones a cántaros, son ojos de colores vivos como vivos son los que al no existir pretenden quedarse en la eternidad de las historias. Hablan de valerosos apanicados que andan por la vida como quien es atrapado en el desafuero en el que nos hunde el desamor y de apanicados valientes que viven un amor con todo y sus pérdidas.


Los libros son el mejor de los descubrimientos que han cubierto de gloria mis días y mis años. Ando con ellos como un perdido y pretendo encontrarme en las frases que otros encontraron para perderse. Los libros viven, siempre y cuando uno los abra; mueren cuando se cierran y ocupan un lugar en el librero; renacen y nunca mueren cada tanto que la memoria pretende olvidar las penas y recurrir al aprendizaje que cada letra en armonía se entrelaza en la maraña de conexiones neuronales que componen nuestro cerebro. Por eso ante la sublime belleza de las rosas, San Jorge decidió hacer de ellas libros que pretendan quedarse en la eterna primavera de nuestras vidas.


Gozos. La explanada del MUAC llevó ayer el trajín y la fiesta del libro por sus cuatro lados. Editoriales, ediciones, libros, trueques, ofertas, subastas, danza, teatro, música, radio y audacias dieron de qué hablar por toda la UNAM. Conocí a Rosa Beltrán y me enamoré de sus ojos y la manera de llevar la Dirección de Literatura. Me firmó dos de sus libros: El paraíso que fuimos y Amores que matan, me regaló una pequeña libreta y me ha dejado más ardientes las ganas por publicar lo que mal hago y bien me hace hacer: escribir.


Verso. "No le toqueis ya más, que así es la rosa" Juan Ramón Jiménez. En la brevedad de dicho poema, enmarca la esencia de lo que hemos estado hablando.


Música Allegretto, de Schubert.


La película. Los olvidados, de Luis Buñuel

lunes, 19 de abril de 2010

Desatinos, luna y Armstrong.

Hay en el desatino de vida que he llevado, una gracia elemental que sin duda me ha conducido por un vaivén de situaciones que no me queda más que bendecirlas para ahorrarme la pena de maldecir lo ya bien vivido. Pasa cuando sucede. Agradecer el rumbo del destino, nos es muy a menudo complicado, y sin embargo, esencial.

No sé si he de quererme impuntual y desordenado, miedoso, demasiado alto y poco apto para deporte alguno. Lo que sí me sé, y me estremece, es saberme rodeado de las llamas ardientes que tengo por amigos y la fortuna de envolverme en una familia excepcional, como son para la mayoría las amistades y la gente que uno quiere.

Me sé inculto y poco entendido, me desentiendo siempre y desentiendo lo que me cuesta enteder, lo cual me hace inentendible y difícil. Sueño con amores perdidos y los que me propongo encontrar, los hallados y aquellos que nacen entre los párrafos de alguna novela arisca y embebida en desamores. Sueño de vez en cuando con la Floralba de Quevedo y con el queso de la Luna. Bendigo a la vida no haber sido Neil Armstrong y pisado los cráteres lunares, porque si ello hubiera sido todas las ansias que me cargo por esperarla salir todas las noches se hubieran disuelto.

Me gustan los besos largos, que cosquillean por toda la piel. Me gustan los labios precisos y los imprecisos, los que encuentran porque saben buscar, los que buscan porque pretenden encontrar lo que quieren. Los besos son realmente la unidad de lenguaje de quien se quiere y quien queriendo se hace quién en esta vida.

Sé que no soy un ser tan excepcional como debiera ser, que la vida es generosa conmigo, que mi cabeza se revuelve en las historias que no me dejan tranquilo por ser contadas, que soy impuntual, que me gusta el olor de los libros nuevos y de los viejos, que me gustan las barbas y que para muchos soy un revés de la naturaleza, que siento demasiado y en ocasiones quiero dejar de sentir. Que a la vez soy aventurero y segundos antes de aventurarme un miedoso estúpido, que soy yo porque así tuve que ser, y me tengo a mí, a mi gente, al cielo iluminado, a los manglares de Celestún, a la cochinita pibil, la herencia maya y la luna, la siempre novia mia que por las noches me saluda. Ante esto y mucho más, agradezco a la vida ser quien soy y no Neil Armstrong.

miércoles, 14 de abril de 2010

Sabor amargo a café

Para mi amiga Diana, que le ha gustado semejante desatino.

Me veías con menoscabo y movías tu cabello con notas de lirio y jazmín; precioso color claro, color de miel. Qué podías esperar de mí; con mi cabello terco y la mirada perdida en algún punto del cosmos. Llevaba conmigo unos versos de García Lorca, aquel andaluz gloria ahora de una patria que andaba en guerra y no le supo dar lugar. Caí en pleno amanecer de tu magia.


Todos los jueves a la misma hora visitabas el lugar, la mayoría de las veces sola y otras cuantas con compañía. Te veía a lo lejos y sabía que adorabas el moka espumoso y te despedías de la estancia con un café turco que apresurabas por tu garganta ya de pie. Vestías bien, como princesa nacida lejos de algún trono europeo. Dejabas el espacio vacío, lleno de tu perfume Dior.

Mujer de aventura breve,
labios de mi desventura,
rasga tu mirada mi armadura,
arde mi alma cuando llueve

Sonia te nombraba la mesera que atendía tus caprichos. Ya sabía tu nombre y tus gustos. Salías hacia Reforma y te perdías en la locura del bosque de Chapultepec. Te imaginé remando en el charco verdoso donde a los patos no les ha quedado más, que nadar a la fuerza y embellecerlo. Inquieta y tergiversa con lo sublime de tu porte, comprabas un algodón de azúcar azul como el cielo que tus ojos secuestraron y subías al cerro hasta el mirador del Castillo. Qué fiesta la tuya eran tus jueves, que gloria la mía y que infierno el resto de la semana sin verte. Comencé a obsesionarme con tu cuello blanquísimo.

Heme aquí diosa del viento,
fugaz estrella de mis jueves
dame pues vivo sustento,
con un beso o caricias breves.

Me corté el cabello. Ya no más revuelto en la terquedad con la que tramaba una telaraña de espanto. Corto quedó. Te esperaba ese jueves de marzo; hacía viento y regaba las jacarandas que comenzaban a pintar de lila las calles. Te gustaban las jacarandas, lo recuerdo. Te gusta el color lila, te gusta el café: su aroma y su fuerza.

Yo un profesor de teoría literaria, un escritor a tientas en una columna igual que inexistente en un diario de la ciudad. Nos conocimos en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, ya desde antes de buscar tu voz y tu mirada en este café. Me atreví a hablarte y a perseguirte de vez en vez; a pretenderte, a conquistarte. Aceptaste después de tantos esfuerzos. Para ese entonces mi cabello era corto como el de ahora. Salimos un par de veces.

Heme aquí, refugiado en el bullicioso parloteo de este café. Esperando regreses otra vez. Es jueves y has tardado en demasía. ¿Cuánto te he querido? ¿Por qué me aceptaste? Hubieras evitado tanto sufrimiento innecesario. Yo hubiera sido inteligente; siempre aspirabas a más, era de esperarse.

Amargo elixir de oscura hazaña,
juego de falso amor,
hazaña oscura de amargo olor,
perfume, silencio, falsa artimaña.

Dijiste que sí a mi propuesta. Me besaste urgida de otros labios, usaste el calor de mi cuerpo y la desnudez de mi euforia sobre la cama. Aprendí a tomar café y a distinguir una que otra de sus notas disueltas: si es alto o bajo, si está demasiado tostado, si se siente la presencia de moras o fresas en su turbidez mágica sobre la lengua. Oscuro como tu corazón desinteresado. Me usaste, y heme aquí con apariencia distinta para agradarte, para arrancarme de la piel y el cabello la depresión que creyó apoderarse de mi vida. Es mi terapia verte cada jueves a lo lejos, para que no seas más que otra mujer de mis ayeres.

Prisionero del cielo de tus ojos,
lloré por meses tu vano capricho,
fui menos aun que un terroso bicho,
fui más aun que un cúmulo de enojos.

Te permití el abandono. Después de medio año de besos y caricias disfrazadas, de rosas, de tertulias, de versos nerudianos que cobijaban las noches. Ahora entiendo el Nocturno a Rosario. ¿Qué nos hacen las mujeres? Ramillete de hierbas que embrujan, sortilegios que en el aire se desenvuelven, velos de novia, argollas y arras oníricas, pasiones que buscan otra víctima débil. Maldito corazón de músculo formado, prefiero entonces uno que con metal, compuertas y tornillos bien contraiga o bien quede dilatado.

Ya te veo menos que antes, pero aún espero que llegues al café y salgas delirante hacia Reforma. Que te bañes en Dior y vistas de Chanel, que uses tus gafas Fendi y reloj Hermès que combine con el color de tu día. Llegaste con el tal Max, aquél por el que tibiamente me dejaste descobijado. Max Scherer, el extranjero que vino a hacer suerte con la exportación de café, un explotador más de nuestra gente. Nunca te quiso como yo. Entraron discutiendo y terminaron en esa misma mesa de todos los jueves. Al fin concluía mi terapia, no más café de jueves ni espera, ni versos al aire. Error con error se paga, abandono con abandono bien se entienden. Me acerqué a ti y te ofrecí un pañuelo. Lo tomaste y te acercaste a mi mano. Tuve que retirarla, no sentí compasión por ti ni por tu llanto. Me senté a observar el caudal de sal disuelta que escurría por tus mejillas.

Llanto de mil mares, sal de playa,
restos de amor que ha concluido,
tenue mar, sol abatido,
mal de amor, cura no se halla.

Pedí café americano para los dos. Amargo sabor con amargo adiós se anula. Tuve que verte desnuda el alma, para olvidarme de tus besos y los meses de mi depresión. ¿Eres feliz? Me preguntaste. Nadie es feliz después de ser humillado. ¿Te hace sentir bien mi llanto? Sólo me hace estar curado. Te odio, dijiste apresurada. Yo a ti, respondí con la misma presura. Perdóname, pediste apretando mis manos. Estás perdonada, respondí. Bésame, suplicaste y te besé. Sabor amargo a café tenían tus labios, labios de café amargo volvieron a endulzar los míos. Nos perdonamos y tras dejar en el olvido los olvidados abandonos, decidimos comprar este café que guarda en sus paredes tantas historias como fiestas y trajines, donde han sabido crecer nuestros dos hijos, donde supimos olvidar y supimos curarnos.
Olvido y perdón uno confiere
el ayer se nubla en la memoria.
El amor gira como noria
cuanto alto o bajo el giro quiere.

Sonia y yo, aprendimos a endulzar el sabor amargo de alguno que otro café. Cuando se pasa de tueste, el mejor remedio y la mejor fortuna es caminar rumbo a Chapultepec, con nuestros niños, para endulzarnos el alma con un algodón de azúcar, para acabar entonces entrelazados viendo los patos del verdoso lago de Chapultepec. Sigo dando clases de teoría literaria, sigo escribiendo para el diario que menosprecia mi columna, sigo amando a Sonia y sigo teniendo ilusiones claras y sueños que pretenden realizarse como fieles aventureros. Una editorial me ha propuesto publicarme una novela, no la tengo ni existe delimitada entre letras, pero el título y la esencia, me dicen nombrarla: "Sabor amargo a café"


¿Por dónde entro?

Entre una de mis varias obsesiones que tengo, es acariciar el mar. Sentirlo cerca, ya es un alivio; escucharlo, una promesa desatada; verlo, la propia dilución de mi ser. Así es. El mar fue quizá el primer desafío de los conquistadores y valientes. Me gusta su serenidad previa al medio día y su andar inclemente del final de la tarde. Me gusta mojarme con su agua dadora de vida, refugiar el silencio de mís oídos en los caracoles que estornuda, sentir la sal y mil placeres más disueltos en su esencia sobre mi piel. Es un deleite sentarse a pleno atardecer para ver el sol esconderse tras de este inmenso espejo que refleja el mundo.

A mi abuela le fascinaba el mar. Quizá de ahi tomé el vicio de irme a sus adentros hasta donde su nivel ondulante llegue a la mitad de mi pecho. A mi madre y las hermanas de mi abuela, les da espanto. Tía Dayse lleva una cobija a la playa de Celestún, porque siente frío en pleno verano. Un frío que la hace tiritar y estremecerse. Es el miedo que se le ha quedado atenazado en los huesos, desde que hace muchos años su embarcación topó con una tormenta que casi les hunde. El mar también le recuerda la audacia de su hermana Nelly, mi abuela, y se entristece de saberla lejos de los vivos.

Cuando lo conocí a conciencia, tenía nueve años. Primero lo vi desde lo alto del avión, junto con el litoral de la península que sólo delineaba en los mapas de la escuela. Después lo sentí sobre la cara y por todo el cuerpo. Nueve veces entré y salí de sus entrañas, para cumplir con la compulsión obsesiva de hacerlo mío nueve veces como mis años. Le vi inmenso y en paz, la cobija que esconde la Atlántida que los griegos pretendían y los mayas poseyeron. Azul oceánico o verde esmeralda, mar al fin, temor de muchos y pasión de otros.

Entré a él por cuanta puerta se abría ante tanto espacio y posibilidad que la mecánica cuántica no se cansa de calcular. Entré a sus aguas sin pedir permiso. No pregunté por dónde y cúando entrar. Simplemente me pasé hasta el fondo, sin más remedio que mojarme. Bendigo la genialidad de Dalí, que tuvo que arrastrar una puerta vieja hasta la playa para entrar a sus dominios como se manda: por la entrada correcta. Yo le tomé a la fuerza, pero no importó; porque él y yo tenemos un pacto: llevamos la puerta en el alma, para abrirla y cerrarla, cuando nos sea necesario y a quien nos sea conveniente.


La música. El mar, por Ray Conniff.


Para mi abuela, que no he acabado de transcribir su historia.

lunes, 12 de abril de 2010

Vivos eternos

Resurgen de la nada, cuando menos uno los espera están otra vez. Tiemblo cada que le veo de nuevo y mi corazón trata de escapar para no hundirse en sus ojos oceánicos. Mi razón anda en vilo con tal lío. Vuelvo a temblar cuando veo de nueva cuenta cada paso que da, como si el mundo fuera a derrumbarse a sus pies de falsa deidad. Entonces tomo aire y cubro mi cara, abro el telón que pretende encubrir el acto y reinicia la escena tal como la había dejado. Vuelvo a hacer lo mismo cada tanto que mi mente pretende engañarse, y en el último acto ya no está... respiro profundamente, la aparición ha desaparecido. El maleficio persiste. Ya no están sus ojos frente a los míos, pero en mi ánimo y mi cordura, parecen luciérnagas verdes que no se cansan de esclarecer mi desgracia.

jueves, 8 de abril de 2010

El futuro entre las manos

El 6 de abril nació mi sobrino, es varón y promete llamarse Tadeo. Hasta ahora no existe su reflejo en mis ojos pero hay un trajín y una fiesta en casa, que es por demás que la fiesta no la lleve yo también. Mi cuñado me ha mostrado unas fotos donde duerme y mueve sus manos como si con ellas pretendiera adueñarse del mundo y moldearlo a su deseo. Tiene dedos largos y delgados y una fuerza en su esencia, brutal.
He rondado en la internet descubriendo que Tadeo significa "valiente" o "magnánimo". Y es cierto. Se impuso a nacer a como de lugar a pesar de que alguna fuerza externa no quería que lo hiciera. Algo de dolor, sangrados y miedo disuelto, rondaba sus primeros meses de formación cuando quizá el Dador de vida decidió darle la fuerza necesaria o la indometacina y la nitrofurantoína decidieron representar el efecto que los científicos nos hemos dado a la idea de creer que tienen, cuando la amenaza de aborto es inminente.
Mañana llega Tadeo a casa y me envuelve en un destello de encanto. Tener entre las manos a un recién nacido me despierta el instinto paternal que seguro estaba escondido en algún rincón de mi cerebro. Tengo la edad en que mis padres tuvieron a su primer hijo, y tiemblo de saber esa verdad. ¿Cómo es que la unión de dos células especializadas hacen una jugarreta de expresión de genes? ¿Cómo es que le conforman dedos, ojos, huesos y uñas? ¿Cómo será semejante lío? Lo entiendo a medias con la memorización de genes, células y factores que tuve en el curso de Embriología, pero me haré el desentendido cuando vea el producto final que lleva un chisguete de mi sangre entre las venas. Entonces caigo a la idea que tendré el futuro entre las manos.

lunes, 5 de abril de 2010

Necesidades

¿Qué necesito ahora? Tiempo y cordura. He actuado con el querer y el impulso y no analicé siquiera lo que realmente necesito, lo que soy, lo que no soy y lo que debo ser. Soy impuntual y libre, me reniego a organizar mis salidas y mis horas, sigo soñando, escribiendo, perdiendo el tiempo en internet, leyendo el periódico y estudiando una carrera que ha tratado de alejarse de mí o quizá yo de ella. Me doy miedo.

Me dice una de las mujeres que más he admirado, que busque lo que necesito. Tiene razón. Confundí el querer con la necesidad, soy un azotado. ¿Por qué no? Me dije. Dejaré de hacerme preguntas a mi solo; es necesario tener amigos cerca de uno cuando el nudo de la cordura se nos desata, aunque en otras no y sería pecado tratarlos de anudar. Pero cuando un reproche y una idea que rebota dentro del cráneo, nos da sueño y no queremos más que dormir para tejer otra realidad onírica, es necesario tener en claro lo que realmente uno necesita.

Necesidades. Comer, beber, leer, los helados, la cordura, y co...¡vaya! Tener sexo.

Trauma musical. Witch doctor.

La película. Little ashes.

No nos verá París

Si en tu nombre escondiera el mío,
dos letras saldrían sobrando.
Historia inconclusa:
en tus ojos soleados

Ágil como las fieras nocturnas,
abanderado,
viva muerte,
agravio del ayer

¿Qué será de ti?
Erupción de mis poros,
fragua de mis yerros,
malévolo maleable

Todo fuelle
aviva tus instintos
Te somete, te doblega.

Mortal atracción
tienen tus labios.
Onírico símbolo,
pesadilla inmersa,
meta inalcanzable

¿Cuánto llegué a necesitarte?
Luz de mi abismo,
viento vivo,
agua de mar,
muerte insurrecta

No nos verá París,
ni Roma ni Florencia.
No tomaré tu mano
ni besarás mi cuello

Géiser iracundo
que vomita silencio
¿Qué hice yo sino quererte?

Mi pecado,
mi verdugo.
Yeso de mi idolatría,
altar consagrado

No me arrepiento,
sólo reclamo.
Serás pasado,
ayer que hiere.
Llama inquieta,
pasión inmortal

No nos verá Florencia,
ni Barcelona.

Nos vieron las estrellas,
nos vieron los dioses.
Nos negaron los labios...
pero el recuerdo
¿Quién nos lo niega?

viernes, 2 de abril de 2010

Fenómeno poético. Federico García Lorca.

Supe que nació en una provincia de Granada, dos años antes de iniciar el siglo veinte. Poeta, dramaturgo, prosista y todo un dotado en el mundo de las artes. Se desarrolló en una España catastrófica, debilitada, conservadora, sumida en el abismo del catolicismo errático y en una falsa moral. Influenciado por la corriente que dejó la Generación del 98, con Unamuno y Pérez Galdós, fue haciendo de sí mismo la luz que dio rienda a otro gran movimiento intelectual como la Generación del 27; jóvenes esperanzados en la vida y en el ser humano, en lo tradicional y la vanguardia. Federico García Lorca, comenzaba a ser el hijo pródigo de las letras españolas del siglo XX.

Entre 1916 y 1917, Federico viajó por varios lugares de España con un profesor y varios amigos, siendo la esencia misma de su libro, Impresiones y paisajes. Estudió Leyes en la Universidad de Granada e hizo de su agobio todo afán por refugiarse en la literatura. Se instaló en la Residencia de Estudiantes de Madrid, donde conoció a Luis Buñuel, Salvador Dalí, José Moreno Villa, Emilio Prados, Pedro Salinas, Pepín Bello, entre un sinfín de grandes de aquellos tiempos. Para ese entonces, se afilió a la Facultad de Filosofía y Letras y se dedicó a plasmar cómo entendía el mundo en su literatura.

García Lorca, fue dotado de una sensibilidad y genio sin igual. Todavía recuerdo el azoro con que escuchaba la clase de Lengua española, en aquellos mis años de preparatoria, y me convencía que él, como pocos seres humanos, estaba revuelto en una suerte de excepción.

Vivió sumido en el abismo de la incomprensión, y miren ustedes que se sigue viviendo en dicho barranco asqueroso aún en este siglo. Ya lo imagino entrar en "El Rinconcillo", aquel centro de reuniones de homosexuales de Granada, con su frente amplia y lúcida, su mirada firme y sus cejas arqueadas, con su cabello negro espeso y desafiante. ¿Qué tanto se decían en aquel lugar? ¿Qué otros tantos inteletuales se refugiabana ahí? Al calor fiero de las verdades que dejó escritas Oscar Wilde. A Federico siempre le picaba la cresta la idea de asociar la angustia con el sexo y la pasión amorosa, suele pasarnos. Pepín Bello, decía que Lorca parecía no ser homosexual, que su pudor lo encubría, pero ciertamente todos sabían que lo era. Sufrió el rechazo de compañeros y maestros; pero no del joven seis años menor que él, drástico y genio como él mismo, Salvador Dalí, quien pintó en su asombro lo siguiente: "La personalidad de Federico García Lorca produjo en mí una tremenda impresión. El fenómeno poético en su totalidad y en 'carne viva' surgió súbitamente ante mí hecho carne y hueso, confuso, inyectado de sangre, viscoso y sublime, vibrando con un millar de fuegos de artificio y de biología subterránea, como toda materia dotada de la originalidad de su propia forma".

Federico García Lorca, se hizo de la fama que su intelecto merecía. Auspiciado en sus versos y la fuerza de sus personajes, vivía con arrebato imaginado lo que la España de aquellos años oscuros no pudo verterle de luz. Entre cartas y poemas sublimes, entre reuniones clandestinas, entre el silencio y el desaforado sentir de su corazón y su cuerpo, se supo homosexual; atrapado, mal visto y señalado, pero aun así no supo negar sus deseos. Murió asesinado, entre una sarta de rencillas y supuestas discrepancias políticas. Aniquilarlo era el objetivo. La situación de España advertía a la comunidad intelectual, la muerte y extinción de muchos grandes. México invitó a García Lorca a refugiarse entre su gente. Él se negó, siempre quiso ser un español muy acorde a lo que la palabra refiere. Lo capturaron después del levantamiento contra la Segunda República, en agosto de 1936. Entre las acusaciones por las cuales se le perseguía como enemigo del gobierno, era ser homosexual. Juan Luis Trescanto, uno de los que asesinó a Federico, gritaba en días siguientes haber acabado con su vida, y además "haberle metido dos tiros en el culo, por maricón"

¿Quién acaba así con la vida de un ser humano? Cualquier ser humano y con el nombre que fuere. Así acabó la vida de Federico, el gran poeta y dramaturgo español de principios del siglo veinte, y hoy, a principios del siglo veintiuno, sigue habiendo Federicos que son asesinados a diario, física y moralmente, en esta sociedad que hoy se dice más abierta.


Recomendaciones. La casa de Bernarda Alba, Yerma o Bodas de sangre.

Verdades. En el retrato de Dorian Gray, Wilde refleja un sentido uranista que para su tiempo, fue un arrebato.

Los versos. Romance de la Luna. Federico García Lorca


Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos