Qué podría negarle a su presencia, a sus ojos neptunianos, a su sonrisa de Belcebú. Su cabeza de jabalí jadea de furia cada que su ropa no se plancha, cada que una arruga accidenta el terreno llano de sus pantalones de vestir. La camisa talla cuarentaiséis, de rayas, entalla en un desajuste perverso su cuerpo abotargado. Del tocador saca las mejores esencias de maderas finas que se mezclan con sus humores abominables de tocino refrito y grasas saturadas. Las moscas lo persiguen semejando una turbamulta de obispos ortodoxos en procesión al presbiterio.
Ella, Diocelina, reza a cada momento. Hace rosarios a toda hora, en el alba y al ocaso; al mediodía, a las seis de la tarde; a las nueve y a las nueve cuarentaitrés. Hace rosarios al espulgar los frijoles y con las piedras; forma abalorios de habas y lentejas. Hace letanías y canta salmos. Pide por ella y por el Señor Jabalí...Que llegue a destiempo, cuidanos en cada momento. Ampárame, Señor, no me abandones. Ruega por mí y por don Rómulo a quien le hago la limpieza, por su hermano muerto Remo; por don Caballo, el de enfrente, a quien le riego sus plantas y le cepillo las crines. Ruega por Macario el aguador y el señor gasero, por don Casasgrandes, el casero; por el señor de los tomates e Inodoro el plomero. Ruega por don Luis el abacero, el ejecutivo que ayer me atendió en el banco. ¡Oh, Señor! Pido en nombre del Señor Jabalí su destierro, pido por sus posesiones y sus mujeres extramaritales. Amén.
El Señor Jabalí llega a casa. Antes de abrir la puerta, echa un vistazo por la ventana. Diocelina siente su mirada traspasarle el pecho, siente las caricias de sus pupilas alineadas como si fueran sus manos toscas y rasposas trastocando su espalda blanca, sus maneras finas de niña inocente hecha una vieja, con piel color leche de vaca, de burra, de chocolate blanco, de luna, de perlas y conchas nacaradas. Presiente sus jadeos y sus pasos paquidérmicos, sus flemas asfixiarlo en cada movimiento. Allí está el Señor Jabalí, el obtuso voyer que vive en casa. Cómo desmentir su visión mal desarrollada tras de sus lentes de mica gruesa.
Se oye la cerroja. El Señor Jabalí, abre y cierra la puerta. Diocelina escucha el radio sin encenderlo; pone atención a los cantos gregorianos. Finge no escuchar el advenimiento del Señor de la Casa. Come las cáscaras de las pepitas de calabaza. Masca un pedacito de bolsa del súper porque ahora son biodegradables. Sólo un pedacito diario, para evitar la inflación, los gases. Aquél da el primer jadeo, resopla, gruñe por vez primera en esa tarde.
Diocelina tira las pepitas de calabaza en el cesto de inorgánicos. No las come. Acaricia la cabeza del Señor Jabalí. Él, pretende morderla, tiene hambre. Le entrega la correspondecia. Para el Señor Scrofa, Jabalí. Estimado, Sr. Scrofa; Excelentísimo Sr. Scrofa: permítame informarle que debe el abono del refri y el agua, el predial, la luz, el teléfono, las abarcas de yute a la medida de sus pezuñas. Le rogamos su pago. El Señor Jabalí rompe las cartas, las tira en el cesto de renovables. Dicoelina trae la cena. Lleva un gran plato con trufas y vegetales, una bolsa entera de súper, un oso de peluche bañado en salsa de óxido de zinc e hidróxido de calcio. Pide más, no se ha saciado. Le sirve un rollo de papel higiénico en rebanadas, tres discos de acetato y de postre un kilo de algodón. Eructa y bosteza. Prende su puro hecho de papel de estraza. La bañera está lista. Diocelina templa el fango con el codo, porque la piel gruesa del Señor Jabalí es delicada.
La mujer prende la tele. Oye las noticias mientras está sentada dando la espalda al monitor. Teje como su madre le enseñó, después lo echa al cesto de orgánicos. Aumenta la violencia en el país, escucha del noticiero. Sube la gasolina. Hace cuentas en su cabeza, no alcanzará a comprar los dieciocho litros que toma su marido. Piensa en comprar sólo dieciséis. El Señor Jabalí sale del baño, se oyen sus pezuñas arañar la duela. Diocelina le pone la piyama. Le cepilla las crines. Las moscas no tardan en aparecer, de cantar a coro, de mover obsesivamente sus alitas brillosas y repugnantes y hacer escándalo. Sale del cuarto, lo deja leyendo el libro vaquero.
Diocelina se mira en el espejo del pasillo. Observa sus ojos color de miel, sus labios delgados. Su cabello claro, su piel blanca fastidiada por el sol y las arrugas que han arañado su presente con su ayer lejano. Se siente harta. Cómo pudo casarse con el Señor Jabalí. Quién le hubiera advertido de su metamorfosis, de su futuro. Prende veladoras. Comienza otro rosario. Reza. Enciende su cabeza, desea pecar, desea no preparar los duelos y quebrantos del Señor Jabalí en el desayuno. No besarlo, no dormir con él. Piensa en don Rómulo y sus brazos de atleta, en los ojos verdes que tenía su hermano Remo, en las crines sedosas de don Caballo, en los bigotes del señor aguador, en la voz del señor gasero, en las patillas del abacero, las herramientas de Inodoro, el más guapo de todos. ¡Cómo mira!, ¡cómo besa!, ¡cómo huele!, ¡cómo hace el amor!
Mientras rememora, come galletitas de nuez y arcilla remojadas en té de rábano. Se siente encendida y deseosa de aquel plomero advenedizo de tierra de dioses. Mañana arreglará las tuberías, mañana traerá las herrmamientas más prodigiosas. El Señor Jabalí ronca, duerme profundamente. Diocelina saca el recetario catalán de su abuela. Recibirá a Inodoro con un manjar. Página cuarentaisiete. Civet de jabalí (con cebollitas y setas). Sonríe. Está segura que le encantará. Los ingredientes están listos.
Dan las nueve cuarentaitrés. Reza. Dicoelina pide perdón por sus encuentros extramaritales, por sus pecados. Invoca a Inodoro y a su omnipotencia... ha descubierto que entre todos aquellos dioses terrenales, Él, es el único.
Alma de Géiser, despedázame.
Cuerpo de Estrella, incéndiame.
Agua del Cenote Sagrado, ensúciame.
Pasión de Bruto, revuélcame.
¡Oh, mi Amor! Sométeme
Dentro de tu boca, devórame.
No permitas que me alejen de ti.
De otros amores, apártame.
En las llamas de tu fuego, extíngueme.
Y a la hora de mi muerte, llámame…hazme el amor.
Para adorarte y creer en ti, como hasta ahora, por los siglos de mis siglos y tus siglos. Que así sea.
Diocelina renueva su oración. Comienza a picar los ingredientes del marinado.
Ella, Diocelina, reza a cada momento. Hace rosarios a toda hora, en el alba y al ocaso; al mediodía, a las seis de la tarde; a las nueve y a las nueve cuarentaitrés. Hace rosarios al espulgar los frijoles y con las piedras; forma abalorios de habas y lentejas. Hace letanías y canta salmos. Pide por ella y por el Señor Jabalí...Que llegue a destiempo, cuidanos en cada momento. Ampárame, Señor, no me abandones. Ruega por mí y por don Rómulo a quien le hago la limpieza, por su hermano muerto Remo; por don Caballo, el de enfrente, a quien le riego sus plantas y le cepillo las crines. Ruega por Macario el aguador y el señor gasero, por don Casasgrandes, el casero; por el señor de los tomates e Inodoro el plomero. Ruega por don Luis el abacero, el ejecutivo que ayer me atendió en el banco. ¡Oh, Señor! Pido en nombre del Señor Jabalí su destierro, pido por sus posesiones y sus mujeres extramaritales. Amén.
El Señor Jabalí llega a casa. Antes de abrir la puerta, echa un vistazo por la ventana. Diocelina siente su mirada traspasarle el pecho, siente las caricias de sus pupilas alineadas como si fueran sus manos toscas y rasposas trastocando su espalda blanca, sus maneras finas de niña inocente hecha una vieja, con piel color leche de vaca, de burra, de chocolate blanco, de luna, de perlas y conchas nacaradas. Presiente sus jadeos y sus pasos paquidérmicos, sus flemas asfixiarlo en cada movimiento. Allí está el Señor Jabalí, el obtuso voyer que vive en casa. Cómo desmentir su visión mal desarrollada tras de sus lentes de mica gruesa.
Se oye la cerroja. El Señor Jabalí, abre y cierra la puerta. Diocelina escucha el radio sin encenderlo; pone atención a los cantos gregorianos. Finge no escuchar el advenimiento del Señor de la Casa. Come las cáscaras de las pepitas de calabaza. Masca un pedacito de bolsa del súper porque ahora son biodegradables. Sólo un pedacito diario, para evitar la inflación, los gases. Aquél da el primer jadeo, resopla, gruñe por vez primera en esa tarde.
Diocelina tira las pepitas de calabaza en el cesto de inorgánicos. No las come. Acaricia la cabeza del Señor Jabalí. Él, pretende morderla, tiene hambre. Le entrega la correspondecia. Para el Señor Scrofa, Jabalí. Estimado, Sr. Scrofa; Excelentísimo Sr. Scrofa: permítame informarle que debe el abono del refri y el agua, el predial, la luz, el teléfono, las abarcas de yute a la medida de sus pezuñas. Le rogamos su pago. El Señor Jabalí rompe las cartas, las tira en el cesto de renovables. Dicoelina trae la cena. Lleva un gran plato con trufas y vegetales, una bolsa entera de súper, un oso de peluche bañado en salsa de óxido de zinc e hidróxido de calcio. Pide más, no se ha saciado. Le sirve un rollo de papel higiénico en rebanadas, tres discos de acetato y de postre un kilo de algodón. Eructa y bosteza. Prende su puro hecho de papel de estraza. La bañera está lista. Diocelina templa el fango con el codo, porque la piel gruesa del Señor Jabalí es delicada.
La mujer prende la tele. Oye las noticias mientras está sentada dando la espalda al monitor. Teje como su madre le enseñó, después lo echa al cesto de orgánicos. Aumenta la violencia en el país, escucha del noticiero. Sube la gasolina. Hace cuentas en su cabeza, no alcanzará a comprar los dieciocho litros que toma su marido. Piensa en comprar sólo dieciséis. El Señor Jabalí sale del baño, se oyen sus pezuñas arañar la duela. Diocelina le pone la piyama. Le cepilla las crines. Las moscas no tardan en aparecer, de cantar a coro, de mover obsesivamente sus alitas brillosas y repugnantes y hacer escándalo. Sale del cuarto, lo deja leyendo el libro vaquero.
Diocelina se mira en el espejo del pasillo. Observa sus ojos color de miel, sus labios delgados. Su cabello claro, su piel blanca fastidiada por el sol y las arrugas que han arañado su presente con su ayer lejano. Se siente harta. Cómo pudo casarse con el Señor Jabalí. Quién le hubiera advertido de su metamorfosis, de su futuro. Prende veladoras. Comienza otro rosario. Reza. Enciende su cabeza, desea pecar, desea no preparar los duelos y quebrantos del Señor Jabalí en el desayuno. No besarlo, no dormir con él. Piensa en don Rómulo y sus brazos de atleta, en los ojos verdes que tenía su hermano Remo, en las crines sedosas de don Caballo, en los bigotes del señor aguador, en la voz del señor gasero, en las patillas del abacero, las herramientas de Inodoro, el más guapo de todos. ¡Cómo mira!, ¡cómo besa!, ¡cómo huele!, ¡cómo hace el amor!
Mientras rememora, come galletitas de nuez y arcilla remojadas en té de rábano. Se siente encendida y deseosa de aquel plomero advenedizo de tierra de dioses. Mañana arreglará las tuberías, mañana traerá las herrmamientas más prodigiosas. El Señor Jabalí ronca, duerme profundamente. Diocelina saca el recetario catalán de su abuela. Recibirá a Inodoro con un manjar. Página cuarentaisiete. Civet de jabalí (con cebollitas y setas). Sonríe. Está segura que le encantará. Los ingredientes están listos.
Dan las nueve cuarentaitrés. Reza. Dicoelina pide perdón por sus encuentros extramaritales, por sus pecados. Invoca a Inodoro y a su omnipotencia... ha descubierto que entre todos aquellos dioses terrenales, Él, es el único.
Alma de Géiser, despedázame.
Cuerpo de Estrella, incéndiame.
Agua del Cenote Sagrado, ensúciame.
Pasión de Bruto, revuélcame.
¡Oh, mi Amor! Sométeme
Dentro de tu boca, devórame.
No permitas que me alejen de ti.
De otros amores, apártame.
En las llamas de tu fuego, extíngueme.
Y a la hora de mi muerte, llámame…hazme el amor.
Para adorarte y creer en ti, como hasta ahora, por los siglos de mis siglos y tus siglos. Que así sea.
Diocelina renueva su oración. Comienza a picar los ingredientes del marinado.
Hola Tony, Toño, Antonio...
ResponderEliminarTe hago caso y vuelvo por aqui...Lo hice hace ya tiempo...ese mismo tiempo que nos anula, o nos da alas...depende.
Oye, me gustó mucho la foto con Ángeles. Estáis muy bien los dos,y eso a veces es difícil: que si un ojo cerrado, que si no sonrió a tiempo.
¿Qué tal la Uni.? Porque sigues, supongo.
¿Para cuando el primer libro de relatos?
Un abrazote.
Je. Ahora podría comparar tu escrito con los restos de café sumergidos, el aire claro está, de una gran taza de café blanca.
ResponderEliminarooo Toño me emcanto!!! me atrapo inmediatamente, me encanta que el plomero se llame Inodoro, y los hermanos Rómulo y Remo. Aunque me confunde un poco pensé que el Sr. Jabalí solo parecía, no era un jabalí, pero eso lo hace mágico y por lo tanto excelente. Y le remilgada Diocelina que al final no fue nada remilgada me encanta, me encanta que piense en Inodoro mientras piensa como echarse a su marido al plato literalmente. Lamentablemente no sé la diferencia de un relato y cuento. Sólo sé que esto que escribes es mágico, sublime y me encanta el realismo mágico. Soy tu fan toño!!!!
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