domingo, 19 de diciembre de 2010

Los lunamieleros

Ellos se quisieron, aunque también aprendieron a odiarse y no darse la razón de nada. La mayor parte, ni se entendieron. Sabían que uno usaba el cepillo azul y otro el verde para lavar sus dientes; que uno fumaba a media madrugada con el ventanal del balcón de par en par, habitando su pensamiento más remoto que olvidaba a mitad del día, y el otro se escondía del relente briznoso bajo las sábanas recién llevadas a lavar por las mucamas. Olían a detergente, a burbujas, a litros de agua evaporados, a besos, a pesadillas, a otros amores y a sueños tan propios como ajenos. Juan se abandonaba a ese instante agazapado en la cama, esperando el regreso de Dominique, al cerrar el balcón.

A Juan le gustaba remojar las galletas en el café con leche y hacía un sonido delatador a pleno amanecer. En la cama, Dominique, a quien miraba con disimulo fingiendo leer el periódico en la sección de economía entre aquellos números revueltos con rectas curvas y rebanadas de pastel, estaba cubierto por las olas verdes que simulaban las cobijas. La barba nueva que poblaba su mentón era policroma. A veces rojiza y otras negra como la oscuridad de una cueva, aromática, perfumada de mirra. Por las mañanas nubladas podrían ser de color azul como un cielo sin pena y en otoño, verdes como la fruta madurando bajo el sol del verano. Olía a embarcación reciente, a velero hundido. Haber nacido a nivel del mar lo hacía de carácter potente, mitad hombre mitad pez: un tritón.

La miel de la luna les había cubierto completos, embarrados como se embarra el pan tostado con miel, sin dejar ni un huequito; como se unta la mantequilla y la mermelada en las tartines. Oui oui. Oh là là. Untuosidades bárbaras de pastelero francés, de francesito naufragado en las Indias equívocas. Recién llegado, entre ríos caudalosos, miseria y pieles oscuras restregadas con piedra pómez y jabón de pasta, caústico e hiriente. ¿Qué hubiera hecho Dominique sólo en esta tierra? Con su acentito gutural y prodigioso, suavecito y excitante; con su "gr" detenido entre la garganta y la lengua, con sus manos tiernitas como la masa de su repostería francesa. "¡Saque ese gargajo, güerito! ¡Sáquelo, escúpalo, dilúyalo en el aire, en la tierra!" Oui oui, Monsieur! Je ne parle pas espagnol. Excusez-moi. "¡Francesito pendejo! No te vaigas a tragantar. ¡Muévete como machito, carajo!"

Su pecho lleno de vello rojizo como tapete turco, tupidito, tupidito. Caluroso y susurrante, decía secretos y hacía onomatopeyas de mar, mandaba acallar la bulla: shh...shh...shh... ¿De dónde vienes Dominique? ¿Qué hay en Marseille? ¿hablan así de bonito? ¿hay pájaros y peces? ¿hay barcos también? ¿te gustan las barbas? ¿las faldas? ¿bordas? Juan no paraba de hablar, como si entendiera el francés y sus reticencias. Excusez-moi, mademoiselle. Échame de tu pefumito pa que huela retebonito. Doy masajes también, te llevo a pasear por el malecón.

Lo vio solo, como niño abandonado por la cigüeña. ¿Quién limpia el excremento de las cigüeñas en París? ¿Por qué unos nacen entre sangre y menudencias y otros aparecen en canastos afuerita de las ventanas? Tienes rasgos de visigordo, franquiano o de ostrodogo, perdón, ostrogolo. ¿Me entiendes? "Tú vu moi entedregs?" Juan cambió su nombre que por siglos había trastocado las pilas bautizmales de sus antepasados más parecidos al Hombre de Tepexpan que al Cro-Magnon, por el de Jean. Lo pronunciaba con aliento amanerado y sin prisa.

"¡Qué va a entenderle Juan al barbaroja! Sólo va a menearle el sarape. Si luego luego se le ve lo salta pa tras, lo joto. Pura mariconería, qué guía de turistas, ni qué madres"

Pero se quisieron al mismo tiempo que se usaron. Usaban cada parte de su cuerpo. Ambos entendían su lenguaje, el aroma almizclado y la canícula revuelta entre sus deseos. Desentendían el castigo babélico, sus lenguas habladas y desiertas. Veracruz y sus aguas turbias, recibían siempre a toda embarcación mal avenida por los malos aires. A todo expedicionario. Por una semana se quisieron y se usaron, por una semana fueron "los lunamieleros". Siguen enviándose correspondencia, escribiendo cada cual en su idioma, así es, idioma: acordaron no decir "lengua", porque con ella aprendieron el último día de su estancia a comunicarse.

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