Cristina se supo entonces abandonada. No volvió a creer en las palabras de ningún hombre ni en los hombres de palabra. Se dejó llevar por las enjundias de un duelo que consistía en tomar licor de anís con las amigas e ir a bailar los fines de semana. Quemó las fotos y los recuerdos; no derramó ni un gramo de sal diluida en sus propias aguas. Nada, y si algún pasado atestaba el control de su cordura, acudía a Mozart a Beethoven o a Liszt para acabar con dicho asedio. Se supo entonces en busca de otro destino, otros afanes y otras maneras.
La conoció en una tienda de discos, cuando cruzaron sus bríos para alcanzar el último ejemplar de Mozart con el Concierto para violín No. 5. Lo ganó ella, Paula. Y desde entonces fue sumando aciertos. Sentía también debilidad por el licor de anís y por desayunar jotquéis o huevos rancheros. Amaba el frío del invierno que acuchillaba milimétricamente su piel blanca, al cielo sobre su cabeza y al suelo que pisaba. Cristina se dejó arrastrar por sus ocurrencias y dislates, por aquel vendaval que le hacía leer en desorden y bajo el riguroso orden de sus caprichos. Cristina sintió cómo sus ojos oscuros llegaron a invadir el terreno inestable de sus más recientes dudas, estableciendo el régimen de sus respuestas. La supo cierta y entera; de palabra y acciones que no se doblegaban al paso del tiempo.
Gustan de ver las montañas, al caer la tarde. En especial la vista del Ajusco, que da a la ventana de su recámara. Cristina y Paula, además de ansias y aficiones, comparten máximas y verdades; sobre todo aquella en no creer en la palabra de ningún hombre, mas sí en la música, en el cine, en el mar o en los libros, y más aún en las certezas que traen los instantes póstumos al arrebato de sus besos antes de acostarse, soñar y volver a ver, juntas, el mundo iluminado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario