jueves, 15 de julio de 2010

Desengaños

Llegó con aliento alcohólico y oliendo a perfume barato de mujer; diciendo incoherencias y balbuceando como un niño. Su inteligencia fue asaltada por un sopor tóxico. Seguía siendo imponente, un macho alebrestado y tendencioso. Lo llevó al sofá de la sala, así condescendía Renata: ofreciendo sus labios suaves y breves a la carnosidad devoradora de los de Rogelio. Exigía su lugar, su trono, sus reverencias: el señor de la casa. Venga a nuestro reino. Renata sintió repugnancia y se revolvió su estómago al imaginar disueltas otras salivas y otras bocas pestilentes, amargas y cáusticas: ponzoñosas. Se quedó dormido, mostrando la blanquísima muralla que erguían sus dientes inferiores; sus ojos entre cerrados, a medio lucir el verde aguamarina que tintoreaba el perfecto círculo de sus iris. Sus ojeras le daban un toque apuesto, seductor, deseable. Jugaban con su rostro joven: conjugaban a otro tiempo los verbos pronunciados a sus treinta. Un mechón de cabello claro le cubría la cicatriz de su frente, aquella insigne perpetua de sus años sin freno. Renata sentía erizar su piel al sentirlo cerca. Lo miró derrotado y vulnerable, como un león exhausto después de haber saciado sus instintos, sus rasgos primitivos más elementales. La prueba se iluminaba en su pantalón, de Armani, al corte: una humedad delatora a medio secar. Le tentó bajo los calzoncillos, de ahí provenía la fuente de tal rastro. Le quitó sus zapatos de piel vacuna que había comprado en Italia la navidad pasada. Enrolló sus calcetines y descubrió sus pies blanquísimos y largos, sus uñas recién cortadas. Unos vellos gruesos y rojizos coronaban sus diez dedos, hermosos y perfectos. Sintió ganas de besarlos y rendirse a ellos. De comérselos, de arrancarlos y poner cada uno en diez altares, de rezarles un novenario y hacerles misa. Después volvió a odiarlo y a execrar para sus adentros, a repudiarle y blasfemar ante su propia idolatría. La esfinge trató de articular frases sin éxito. Un silencio religioso inundó aquella habitación: su santuario, el centro del mundo, su meca. Volvió a recorrerle de la cabeza a los pies con la mirada. Desabrochó su corbata y encontró en el cuello de su camisa Calvin Klein el brillo de un corriente carmín que contrastaba con aquella finísima tela. Metió su mano en su pecho selvático, lleno de rizos dorados que se entretejían en sus dedos. Se detuvo en sus tetillas, esos dos conos volcánicos que reaccionaban sin decoro, firmes y duros respondían a sus caricias, escupían fuego, reaccionaban a su querencia, a su afán; a aquellas ganas que no se saciaban cuando la poseía, cuando en minutos la hacía suya y después un despojo, un trozo de carne, un retazo. Una luz iluminaba su frente, como si fuera un sol, una deidad hecha carne, digno de oblaciones y condecorados. "Qué tal Licenciado", "Cómo le va Licenciado", "Es muy amable Licenciado". Le imaginó con pectorales y brazaletes de oro, adornando su bien torneado cuerpo. Su tórax amplio, sus hombros angulosos y erguidos en plena posesión etílica. Sobre su cabeza un penacho de plumas de quetzal, un tocado, un kepres. Estaba indefenso, no se imponía. No gritaba, no hablaba fuerte. "Vas a cenar, amor", "Te sirvo la comida", "Te hago un té" No había trivialidades ni sumisión. El patán, el esposo, el abusador: su trinidad. La providencia, su penitencia, su marido, su sostén, su desatino. Era suyo, abusaría de él, aprovecharía su duermevela, su letargo, su estupor. ¡Dios les salve, alcohol y fermentados! Podía ahorcarlo, tomarle del cuello asediado por mujeres nocturnas. Se enamoró de él desde el principio, de sus ojos y su silencio prometedor, aunque su matrimonio haya sido un acuerdo vil entre las familias, entre sus legados y sus honores; los apellidos, la sección de sociales, la élite. Le moralité, les bonnes manières. Lo descubrió a flor de piel después de casada. Usaba máscaras, era un abismo, un sádico, un fantoche, un títere de su estatus. Guapo monstruo. Con el apellido a cuestas, su pedigrí; alcoholizado o iracundo, era un Santibáñez. Con los pañuelos de seda bordados por una esquina con sus iniciales, con la cigarrera Hermès en el bolsillo interior de su saco, las plumas Montblanc con las que siempre hacía su garabateada R en mayúscula y la firmeza curveada y elemental de la S de su apellido. Era Rogelio Santibáñez. Aquellos edictos con su grafía al final se promulgaban por sí solos como ley y orden. Usaba lentes oscuros de Versace y el Allure Sport de Chanel endulzaba su paso. Ponía su anillo de matrimonio desde que el sacerdote lo bendijo en la iglesia de Santa Úrsula. Comía a sus horas y con el provecho de su apetito. Iba al club a jugar golf y a nadar; desayunaba jugo de apio con limón y huevos divorciados, pan tostado con mermelada de naranja y café sin azúcar. Siempre tan chic, tan trendy, en boga. Ése mismo parecía ahora un animal, un despojo de carne tirado en el sofá donde antes sabía hacer el amor y después se dedicó sólo al sexo. A cenar salían juntos y sonreían para el Ovaciones. "Son divinos". Él, en realidad, un desenfrenado, un crápula. Lo cargaba en sus genes desde tiempos sin memoria y memoria desenvuelta lejos del tiempo. Renata sabía cuánto lo odiaba, cuánto aborrecía el color de su corbata Oscar de la Renta; hacerle los nudos, doblarle el cuello. ¿Por qué antes lo amaba tanto? Maldito zafio disfrazado de correcto. Falaz. Qué más daba si de una vez por todas acababa con él, con su presencia. Omnipotente, el Señor de la casa. Seguía balbuceando y dejaba ver a ratos el mar de sus ojos. Renata volvió en sí. Se escuchaba la regadera, el caer del agua, el olor a flores de los jabones que trajo su suegra de Turquía. "Son relajantes, exquisitos, paradisiacos". La mujer se la pasaba entre fiestas y juegos de canasta, entre caridad, velorios y novenas. Bajaba a los santos. Era una dama. Dios mediante, Santa María, Cielo Santo, la Providencia. Engañaba a su esposo cada mañana de sábado hasta la tarde, cuando iba a los brazos de un hombre lozano que le enseñó a usar la caminadora en el gimnasio. Renata odiaba a su sangre, a su gente. El vapor del cuarto de baño le encendía un reflejo instintivo, olvidaba que alguien rondaba la habitación con su cuerpo tibio. Se dirigió entonces al armario y sacó una cobija cálida para Rogelio. Se la echó encima. Peinó su cabello claro y besó su frente. Estaba indefenso, no lo ahorcó, no lo golpeó, no lo insultó. Se dirigió a la ducha. La puerta a medio cerrar le procuró su alivio. Se despojó de su bata y su ropa de dormir. Se duchaba su amante. Le hizo callar, entró a aquella lluvia de agua artificial que encendía sus poros. Cerró el cancel, dos siluetas firmes se abrazaban tras de él, se tocaban, se entretenían abajo de su abdomen buscando resquicios infinitos y placenteros que hicieran gritar, que hicieran salir gritos profundos desde el centro de su cuerpo: un big bang, el origen del universo. Dos siluetas de mujeres, gritos de mujeres. Bajas pasiones. Su amante, su verdadera poesía. Dos mujeres, mil orgasmos, mil desvaríos. Bajo la regadera, hacían el amor. Desnudas de cuerpo y alma. Tres años llevaban jugando adivinanzas sobre su piel, acertijos descifrables. Tres años tras otro suspiro y siete de casada. Odiaba a Rogelio y amaba a Cristina. Seguían bajo la ducha. Dichosas ellas, flagrantes. Se olvidaban del mundo. Mientras, Rogelio, invadido por moléculas de alcohol etílico en su torrente, dormitaba y formaba frases. Pedía perdón por ser quien es, pedía perdón por haber visitado de nuevo ese lugar, haber dejado que otros labios intoxicaran su piel. Pedía perdón por no amar a Renata, como merecía. Bajo el sopor de su intoxicado viernes, seguía pidiendo perdón. Otro travesti más, en la casa de citas. Otros placeres más, fuera de casa. Balbuceaba. Rogelio, cada semana destinaba un cheque a la prensa, para salvaguardar la honra de su apellido.

2 comentarios:

  1. ¡Wooo! Tremendo relato amigo. Es feo sentirse como Renata... Pero a veces es necesario por un bien mayor.

    Ojalá tu cumpleaños hayas estado muy feliz.

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