jueves, 8 de julio de 2010

Contando historias. Para Anabel.

La conocí con dos coletas desalineadas que salían de ambos lados de su cabeza y con la carga de los nueve años encima. En sus ojos verdes se podía ver, desde entonces, el ir y venir de las olas que mojan el malecón de la Habana; con la sonrisa de sobra de su rostro y las calcetas de punto, blancas y hasta arriba, como suelen usar las niñas de tercero de primaria.

Arribada de una isla incorrupta, gobernada bajo el puño de un comandante astuto que se adueñó de aquel tesoro hace ya más de cincuenta años. De una isla calmosa que nada en el Caribe, como si nada pasara fuera de sus limitaciones y más allá de su litoral; llena de carencias, pero más aún de tesoros y noches febriles llenas de fiesta, ron y música hecha para bailarse. Llena de noches sin luz eléctrica sin más brillo que un plenilunio tibio y vaporoso. Creció entre su gente y portones abiertos al griterío y la cadencia de las charlas del medio día; entre el olor suelto de la tierra mojada, de los tostones, del congrí y la yuca al mojo, de una Cuba candorosa y diáfana.

Mi amiga Anabel, es inteligente y hábil, emprendedora, sensible y llena de un espíritu que nadie puede parar, cuando ha decidido cumplir lo que su voz interior le ordena. La posee una capacidad ardua por hablar, habla y no para cuando de charlas extensas se trata el asunto: como al contar el capítulo de algún libro que le cautiva todas las noches, evocar el pasado que ha corrido como el agua entre nuestros pies, al hablar de su extensa familia y de su infancia, de los arrebatos que suelen atenazarle la cordura, de los consejos de su padre, de los decires de su madre y las travesuras de su hermano adolescente. Nadie, nada y mucho menos yo, la paran, cuando se suelta a hablar. ¡Bendita voz que se carga! Es como un bálsamo para nosotros, sus escuchas.

Siempre me ha venido gustando escuchar su voz sumergida en tantas historias que se mezclan en el aire de aquellas tardes en que extravío mis horas tan sólo al oírle hablar. Tiene un fervor esencial por el paso de sus ayeres y desconfía ante las sorpresas de un futuro incierto. Ama la historia de México, como si amara cada mañana que vivió en Cuba hasta los seis años, cada atardecer y cada verbo que conjugó sobre aquella tierra hermana. Vive y siente el paso de los segundos, sabe que no regresan, que se esfuman, que se marchitan y sólo renacen cuando bien nacen en los recuerdos. Le gusta el arte y esta ciudad, con todo y sus barbaries.

Hablo de ella, porque hoy es su cumpleaños. Juntos compartimos nimiedades excéntricas, pasiones desbordadas por hacer historias; ella sabe contarlas, es su don y su próliga labor, las cuenta mejor que todo lo que escribo. Ella baila y tiene gusto por las costumbres y al mismo tiempo por un liberalismo esencial. Siente afición por las ideas que tuvo Maximiliano de Habsburgo y tristeza por haber regresado su rostro inerte a Europa con unos ojos de vidrio color oscuro. Sé también que si en la Revolución hubiera andado, Zapata la cautivaría con sólo ponérsele enfrente. Sé que le gusta el helado y también sale de compras, que le gustan las bolsas grandes y vestir bien, que ama El bosque de los pigmeos, de Isabel Allende; que a su familia fuera de Cuba la lleva en el alma, y a otros tantos los sabe lejos pero vecinos, justo en aquella península ganchosa que cuelga en los mapas de América del Norte, como queriendo atravesar la paz indescifrable del Golfo de México: Florida.

Quien la conoce, sabe que no miento. Es transparente y llena de ímpetus inquebrantables, de desafíos y logros, de metas y de mil variedades. Quien la conoce, sabe que Cuba se desenvuelve en la mitad de su aire...porque la otra mitad la ha sabido repartir entre sus gente, su México y otras tantas destrezas que se inventa cada que en su sueño se inicia otra retahila de hazañas.
Feliz cumpleaños. Para ti amiga, que me cuesta trabajo escribirte, porque uno no halla ni por dónde entre tanto.
Otro Feliz cumpleaños. Para Alan León, que aparte de ser un gran médico en potencia es un gran hombre, escucha, lector, escritor y consejero imprescindible.
La música. Abriendo puertas, de Gloria Estefan... por ser de las primeras canciones que me compartió mi amiga.
El libro. Paseo de la Reforma, de Elena Poniatowska.

1 comentario:

  1. Awww, gracias! Y feliz cumpleaños para Anabel también, no había ningún otro día mejor para celebrar un año más de experiencias.

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