Hace tiempo me encontré con una chica suave y de confianzas breves. La conocí al son de la casualidad que involucró un trabajo casual de fin de semana: donde debíamos preguntar a la gente, con toda la pena en nuestros labios, qué opinaban del gobierno local y qué calificación le pondrían del uno al diez a cuanta barbaridad han venido haciendo. (He de decir que en cuanto se cruza el ámbito de la política, gente refiere a ciudadano con derechos y obligaciones)
No supimos desperdiciar el tiempo. Entre cada víctima que tenía la calamidad de contestar a nuestro cuestionario, nos prendamos de una charla que dio a conocer desde nuestras aficiones hasta nuestros más recientes llantos y nos hicimos saber las necesidades varias que nos llevaron a tal afán por preguntar necedades completas como: Si hoy fueran las elecciones para Jefe de Gobierno ¿por qué partido votaría?
Se habló de mucho y mucho nos faltó de qué seguir hablando. Avanzada la plática, llegó el tiempo para hablar de los amores. Yo por mi parte, mi poco agraciado triunfo en dichos desatinos y ella, con la fortuna en los ojos, llevando el triunfo palpitando en su pecho.
- A mi novio, lo conocí por Internet- dijo rememorando aquella suerte de pocos- Me dijo que estudiaba contaduría y le creí desde la primera vez que se asinceró en el chat.
-A mí, me hubiera dado miedo- le dije cortando su aire. Después la escuché contar completa su historia, como si me urgiera tener algo similar en el libro de mis memorias cuando la necesidad de contarlas me fuera imprescindible.
Del amigo aquél, se fue haciendo adicta a su plática virtual y a su presencia opacada por la pantalla de su computadora.
-Un día, mi madre, me pidió que fuera a buscarla después de terminada su clase - dijo continuando su relato. Su clase se conjuga con largas cuentas y números enredados, que sólo entienden los del área de contaduría.
Siendo hija única y fiel amiga, accedió más que por órdenes, por la solemnidad que había sabido darle a su amistad invadida por la relación madre-hija que pregona su sangre.
Dentro del salón de clase, recordó que su amigo virtual se movía por cualquiera de aquellas aulas de la Universidad. Sacó su celular y le escribió un mensaje para darle por avisada la posibilidad que había para que ese mismo día pudieran conocerse. Recibió su respuesta y leyó en la brevedad de telegrama moderno, el gusto que había provocado en el chico. De pronto, sonó su celular y, al contestarlo y escucharle la voz, dio la vuelta hacia los escuchas de la clase. Presenció el movimiento de los labios de un hombre guapo que le atrajo en un segundo y sintió cómo un torbellino le atravesaba su pecho para refugiarse en el hueco de su estómago en ayunas. Salió al pasillo, invitándolo con señas. Al verse tan cerca, se creyeron reales el uno al otro. No se hicieron a la idea de tanta cercanía que habían tenido, sin saber siquiera los vínculos que el destino había tejido para jugar con ellos. Se tocaron los labios para comprobar una vez más semejante locura y, con todos sus cabales, comenzaron a quererse en carne y hueso, porque leyéndose e imaginándose tras de la patalla, ya se querían.
Sorprendido con su historia, seguí andado a su lado y oyéndola decir cuanta cosa más quería decirme. Le veía sus movimientos y la forma de mirar, su caminar, su forma de reír y de creer en el futuro. La veía completa y la seguía escuchando. El día acabó y nos despedimos entre todos exhaustos, pero yo más que dichoso. Comprendí que la vida esconde historias maravillosas y maravillosa es la historia que nos vamos haciendo con ella, unos creyendo en la fortuna y otros en la intervención sin permiso de las divinidades. Al final caemos a la cuenta de que cada quien nos vamos creando un pedacito de porvenir cada que actuamos en el presente. Lo cierto es que pocos tienen la bendita forma de saber contarlos y con ello, darnos entrada para creer que para hacer suerte y fortuna, es importante saber inventarlas a partir de los sucesos regidos por un orden distinto al común y corriente. A buenos términos, aunque a ratos niegue catalogarme de cursi y soñador sin remedio, sigo creyendo en la suerte con grados excesivos de fortuna.
Para Bere. Que me compartió su vida e hizo reafirmarme en el desorden de la suerte.
Libro. Muchacha en azul, de Silvia Molina.
Deseo sin saciar. Conseguir la película de Jules et Jim.
Buenos deseos. Para Alan, quien me lee a ratos aunque no sea su estilo ni comparta tanta afinidad por la cursilería, que empezará la verdadera carrera de medicina.
Agradecimientos de la semana. A Diana, Viole, Tha, Sergio y EmManu, que se dan a querer porque son como el pan dulce de la merienda.
No supimos desperdiciar el tiempo. Entre cada víctima que tenía la calamidad de contestar a nuestro cuestionario, nos prendamos de una charla que dio a conocer desde nuestras aficiones hasta nuestros más recientes llantos y nos hicimos saber las necesidades varias que nos llevaron a tal afán por preguntar necedades completas como: Si hoy fueran las elecciones para Jefe de Gobierno ¿por qué partido votaría?
Se habló de mucho y mucho nos faltó de qué seguir hablando. Avanzada la plática, llegó el tiempo para hablar de los amores. Yo por mi parte, mi poco agraciado triunfo en dichos desatinos y ella, con la fortuna en los ojos, llevando el triunfo palpitando en su pecho.
- A mi novio, lo conocí por Internet- dijo rememorando aquella suerte de pocos- Me dijo que estudiaba contaduría y le creí desde la primera vez que se asinceró en el chat.
-A mí, me hubiera dado miedo- le dije cortando su aire. Después la escuché contar completa su historia, como si me urgiera tener algo similar en el libro de mis memorias cuando la necesidad de contarlas me fuera imprescindible.
Del amigo aquél, se fue haciendo adicta a su plática virtual y a su presencia opacada por la pantalla de su computadora.
-Un día, mi madre, me pidió que fuera a buscarla después de terminada su clase - dijo continuando su relato. Su clase se conjuga con largas cuentas y números enredados, que sólo entienden los del área de contaduría.
Siendo hija única y fiel amiga, accedió más que por órdenes, por la solemnidad que había sabido darle a su amistad invadida por la relación madre-hija que pregona su sangre.
Dentro del salón de clase, recordó que su amigo virtual se movía por cualquiera de aquellas aulas de la Universidad. Sacó su celular y le escribió un mensaje para darle por avisada la posibilidad que había para que ese mismo día pudieran conocerse. Recibió su respuesta y leyó en la brevedad de telegrama moderno, el gusto que había provocado en el chico. De pronto, sonó su celular y, al contestarlo y escucharle la voz, dio la vuelta hacia los escuchas de la clase. Presenció el movimiento de los labios de un hombre guapo que le atrajo en un segundo y sintió cómo un torbellino le atravesaba su pecho para refugiarse en el hueco de su estómago en ayunas. Salió al pasillo, invitándolo con señas. Al verse tan cerca, se creyeron reales el uno al otro. No se hicieron a la idea de tanta cercanía que habían tenido, sin saber siquiera los vínculos que el destino había tejido para jugar con ellos. Se tocaron los labios para comprobar una vez más semejante locura y, con todos sus cabales, comenzaron a quererse en carne y hueso, porque leyéndose e imaginándose tras de la patalla, ya se querían.
Sorprendido con su historia, seguí andado a su lado y oyéndola decir cuanta cosa más quería decirme. Le veía sus movimientos y la forma de mirar, su caminar, su forma de reír y de creer en el futuro. La veía completa y la seguía escuchando. El día acabó y nos despedimos entre todos exhaustos, pero yo más que dichoso. Comprendí que la vida esconde historias maravillosas y maravillosa es la historia que nos vamos haciendo con ella, unos creyendo en la fortuna y otros en la intervención sin permiso de las divinidades. Al final caemos a la cuenta de que cada quien nos vamos creando un pedacito de porvenir cada que actuamos en el presente. Lo cierto es que pocos tienen la bendita forma de saber contarlos y con ello, darnos entrada para creer que para hacer suerte y fortuna, es importante saber inventarlas a partir de los sucesos regidos por un orden distinto al común y corriente. A buenos términos, aunque a ratos niegue catalogarme de cursi y soñador sin remedio, sigo creyendo en la suerte con grados excesivos de fortuna.
Para Bere. Que me compartió su vida e hizo reafirmarme en el desorden de la suerte.
Libro. Muchacha en azul, de Silvia Molina.
Deseo sin saciar. Conseguir la película de Jules et Jim.
Buenos deseos. Para Alan, quien me lee a ratos aunque no sea su estilo ni comparta tanta afinidad por la cursilería, que empezará la verdadera carrera de medicina.
Agradecimientos de la semana. A Diana, Viole, Tha, Sergio y EmManu, que se dan a querer porque son como el pan dulce de la merienda.
Lo sé D: ya merito amigo (:
ResponderEliminarY ahmn, creeme que cuando sea editado y publicado tu primer libro, estaré en primera fila cuando des autógrafos.
Me parece bien. Cuando llegue ese momento ahí nos vemos, eeh!
ResponderEliminarEsas historias de amooor!! de eso debería estar hecha la vida.... tu tmb eres un cuernito de chocolate (esos de la APEC XD) THO
ResponderEliminar