La muerte nos sorprende a todos como inesperada y por esperada temible. Vive al unísono de nuestro andar por la vida, porque no es sino la cosa más segura a la que podemos asirnos de una vez por todas. Hoy falleció Tío Jaime, hermanito de la madre de mi madre, quien lleva dieciocho años sin caminar por este rumbo. Nos tomó tan violentamente la noticia, que hubo de esperarse nuestra reacción de asombro e impotencia. Mi madre lloró porque tenía que llorar a su sangre, lloramos todos aquí porque es inevitable ir perdiendo la magia que depositamos en las personas míticas que han formado nuestro destino.
Tío Jaime, tenía los ojos claros como su hermana Nelly Rodríguez, mi abuela. Sentía afición por esta ciudad de locos y esperó un suspiro para quedarse aquí. Llegó a la casa de una sobrina suya a la que quería como si fuera su hija, pero creo que las circunstancias y el malagradecimiento no le devolvieron el mismo afecto de su parte. Como a mi abuela y como a su padre, le dio un infarto. Murió en paz, cuenta esa gente huraña a donde fue a quedar su cuerpo sin la chispa de sus ojos ni su acento entonado de yucateco pícaro. De los siete hermanos Rodríguez Solís, se les avisó a Dayse e Irma. ¿Qué hacer con su cuerpo? ¿Por qué tan lejos de su tierra? ¿Por qué vino solo a sus setenta y tantos años? ¡Bendito Dios, que llegó a esa casa! ¡Bendito Dios, que no quedó entre las calles de esta ciudad a la que tanto quería!
Su piel estaba tersa y se le veía en paz. Lloré porque sería la última vez que reflejaría su rostro la genética de mi abuela y toda esa raza dorada a la que yo tanto llevo en el alma y en mi historia. De mi cuenta corre, que toda la gente de esta familia sabrá los nombres de sus antepasados y sus historias. El color de sus ojos y la dicha de su voz. Su cuerpo estaba todavía fresco y olía a él. Mi madre fue la encargada de dar opinión y decidir ante estos rituales que nos enchinan la piel y hacen brincar el corazón de su sitio. Pobre de mi madre, que le sentí su pena en mi pena. Hasta mi padre lloró, que lejos está de tener su herencia.
Entregarán las cenizas de un hombre cabal y generoso; que vivió en humildad y pobreza en sus últimos días, que quiso morir lejos de su tierra y antes de que el infarto lo tomara por sorpresa pidió llamar a su sobrina Lulú, mi madre, porque quería visitarla. Ya no pudo llegar. Partió a otro rumbo. Bendito sea Tío Jaime, que murió dichoso y sin culpa. En esta ciudad de locos, donde se anduvo de joven y vivió su hermana Nelly la mitad de su vida. Ya están en otro tiempo y otro espacio, nos ven o nos ignoran, palpitan mis venas con su sangre que dejó de circular. El ánimo se corrompe y la pena nos embarga, pero ellos están felices. Nelly, Orlando, Dalia y Roger le esperan. ¡Ande, Tío Jaime! Sus hermanitos ya le hicieron camino para su nueva morada. Gracias por regalarme historia y recuerdos. Descanse en paz, Jaime Rodríguez Solís.
Tío Jaime, tenía los ojos claros como su hermana Nelly Rodríguez, mi abuela. Sentía afición por esta ciudad de locos y esperó un suspiro para quedarse aquí. Llegó a la casa de una sobrina suya a la que quería como si fuera su hija, pero creo que las circunstancias y el malagradecimiento no le devolvieron el mismo afecto de su parte. Como a mi abuela y como a su padre, le dio un infarto. Murió en paz, cuenta esa gente huraña a donde fue a quedar su cuerpo sin la chispa de sus ojos ni su acento entonado de yucateco pícaro. De los siete hermanos Rodríguez Solís, se les avisó a Dayse e Irma. ¿Qué hacer con su cuerpo? ¿Por qué tan lejos de su tierra? ¿Por qué vino solo a sus setenta y tantos años? ¡Bendito Dios, que llegó a esa casa! ¡Bendito Dios, que no quedó entre las calles de esta ciudad a la que tanto quería!
Su piel estaba tersa y se le veía en paz. Lloré porque sería la última vez que reflejaría su rostro la genética de mi abuela y toda esa raza dorada a la que yo tanto llevo en el alma y en mi historia. De mi cuenta corre, que toda la gente de esta familia sabrá los nombres de sus antepasados y sus historias. El color de sus ojos y la dicha de su voz. Su cuerpo estaba todavía fresco y olía a él. Mi madre fue la encargada de dar opinión y decidir ante estos rituales que nos enchinan la piel y hacen brincar el corazón de su sitio. Pobre de mi madre, que le sentí su pena en mi pena. Hasta mi padre lloró, que lejos está de tener su herencia.
Entregarán las cenizas de un hombre cabal y generoso; que vivió en humildad y pobreza en sus últimos días, que quiso morir lejos de su tierra y antes de que el infarto lo tomara por sorpresa pidió llamar a su sobrina Lulú, mi madre, porque quería visitarla. Ya no pudo llegar. Partió a otro rumbo. Bendito sea Tío Jaime, que murió dichoso y sin culpa. En esta ciudad de locos, donde se anduvo de joven y vivió su hermana Nelly la mitad de su vida. Ya están en otro tiempo y otro espacio, nos ven o nos ignoran, palpitan mis venas con su sangre que dejó de circular. El ánimo se corrompe y la pena nos embarga, pero ellos están felices. Nelly, Orlando, Dalia y Roger le esperan. ¡Ande, Tío Jaime! Sus hermanitos ya le hicieron camino para su nueva morada. Gracias por regalarme historia y recuerdos. Descanse en paz, Jaime Rodríguez Solís.
Descanse en paz, amigo.
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