miércoles, 12 de mayo de 2010

Ni un cero menos

Supo entonces que tenía dos hijos y una esposa con ojos tristes y a la vez hermosos. Se enteró por casualidad cuando encontró entre sus pertenencias una carta que en vez de firma tenía al final el sello de unos labios color carmín y una foto postal de estudio, dedicada.

— ¿Por qué los dejaste así, sin más ni más? ¿Pretendes que así me case contigo, para que me dejes después con todo e hijos? — le dijo Rosa, al que pretendía llevarla a firmar su matrimonio civil.

—Creí que nunca lo sabrías, me quedaré contigo hasta el final de mis días. Rosa, a un hombre con mi dinero y mi edad, lo que le sobran son esposas e hijos espontáneos cada día— contestó Manuel, despreocupado de su irresponsabilidad. Se hizo un silencio incómodo y, después de haber acomodado en su cabeza no sé cuántas cifras, signos de pesos, dólares, euros y yenes; Rosa, contó hasta diez y dijo:

— Está bien mi amor, sólo dime cuántas esposas e hijos demás crees que aparezcan por ahí, para ir reservando mi parte de la herencia; te perdono las esposas y los hijos, pero un cero de menos, ¡nunca! Te quiero viejito, bien sabes que te quiero.

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