Dueña de la mitad de su vida, Verónica, dispuso disfrutar de su soltería. Cincuenta años le pesaban mucho menos que la pena de cargar con una carga génica materna a medio expresar: las várices y la tendencia a luchar contra el artefacto malévolo de la báscula. Decidió que debía viajar por el mundo. Sacó, sin pensarlo más, los ahorros de toda su vida y resolvió de ellos para elegir un destino que mereciera celebrar la inefable contundencia de poseer medio siglo sin tanto embrollo.
Sucedió entonces que fue a la casa materna para dar por avisado su viaje. El Cono sur del continente la recibiría con los brazos abiertos. Mientras su madre tejía las interminables colchas que se inventaba para dar por bien tejido lo que el matrimonio tanto le había hecho destejer de sus hazañas; su padre, a medio escuchar y a medio leer su periódico, dormitaba a medias y descifraba la mitad de lo que Verónica llegó diciendo. Ahí jugaban sus sobrinos, agudos y drásticos como sólo los niños saben serlo a la edad en que no avizoran un céntimo de lo que otras edades suelen ir develando: la cruda realidad de ir descreyendo la mitad de la fantasía de los cuentos de hadas, cada que uno se descalabra con los villanos de su propia historia.
— ¿Cómo vas con ese rompecabezas? — preguntó Verónica a Sofía, su sobrina, que no por sólo poseer el nombre arrastraba consigo una sapiencia audaz.
— Dos dos, Tía. — respondió sin perder una hebra de concentración. — ¿Te vas al Cono sur, a festejar tus cincuenta? — preguntó la chiquilla de escasos diez años.
— Me voy a celebrar la vida, dando de gritos y alaridos por ahí — le dijo Verónica, con una sonrisa que exponía dos de sus dientes falsos de porcelana.
— Yo que tú, me casaba— arremetió Sofía mientras le tomaba la mano y la veía a los ojos.
— Así, ¿sin medias tintas?
— Tía, esta casa y esta familia ha sabido vivir a medias. Así que de tal forma, debes apresurar la boda.
— ¿Para vivir a medias?
— Eso ya depende de un volado, tienes de dos: o te toca un buen marido que te haga gritar por las noches o te toca uno que no le importe el horario para hacerte gritar cada que te de una sarta de golpes.
— ¡Niña! ¿Quién te dijo tales barbaridades? — le dijo sorprendida Verónica a Sofía, mientras la sentaba sobre sus piernas.
— Este manual de “Cómo no creerle a los cuentos de hadas”— respondió Sofía segura de sí misma, como quien posee entonces la verdad absoluta. Verónica, lo tomó y lo metió a la bolsa de su pantalón.
— ¿Me caso entonces? — le preguntó a la pequeña doctora corazón que había engendrado su hermana menor, con la ayuda de un hombre liberal y pertinente como su retoño.
— Creo que lo conveniente es ver a un buen endocrinólogo primero, estás en la edad en la que un calor atroz y cualquier serie de comedia te suelta a llorar, yo diría entonces que no gastes tu dinero en ese viaje.
— ¿De veras?
— De veras, de veritas. Yo te invito al Cono sur, cuando me consiga un novio uruguayo con el mismo bigote que Mario Benedetti. Pero bueno, Tía, voy a jugar con mi muñeca, este rompecabezas me ha estresado tanto, que puedo caer en depresión.
Vio después Verónica escabullir a su sobrina y ante tales certezas le vino un temblor frío que la hizo estremecer. — ¡Qué niña! — se dijo para sus adentros. Se sentó a lado de sus padres y los escuchó discutir sobre quién de los dos tuvo la culpa de que el televisor de la cocina se quemase, por ahí de 1975. Dejó la taza de té de azahar para salir del ahogo e ir entonces a ver jugar a Sofía con sus muñecas plásticas. Ahí la escuchó hablar del príncipe azul y los dragones que rodeaban la torre de su castillo, haciéndola volver a su cuerpo y creyendo en la mitad de la cruda charla que minutos antes habían entablado. Tomó el manual, que a ambas había perturbado, de su bolsillo y lo echó a la basura.
— ¿Te vas? — volvió a preguntar Sofía a su tía Verónica, después de recibir un beso en la mejilla.
— Voy a buscarte un bigote similar al de Mario Benedetti. ¿Le has leído?
— No, pero dice la maestra que amantes como él, muy pocos.
— Está bien. Regreso pronto, iré al médico antes de salir de viaje. ¿Estamos?
— ¡Ya estás, Tía! Lo menos que quiero es verte llorar como cocodrilo; pero… no te cases. Creo que fui muy drástica. Ya no hay hombres que valgan media vida. Ni Ken, que abandonó sin más a Barbie. Ve con bien, que te quiero de regreso más feliz que de costumbre.
Con semejantes máximas de Sofía, Verónica partió al Cono sur para disfrutar de sus cincuenta. Al pasar por Montevideo, trató de hallar varios bigotes similares a los del escritor, y ninguno halló con tal encanto. Sólo una postal donde él sonreía, noble y deliberado, los mostraba como siempre: sin alardes. Al reverso le escribió a su sobrina; “Para ti: que tanto afán tienes por los bigotes de este hombre”. Lo metió en el sobre donde también enviaba un breve manual titulado: “Para volver a creer en los cuentos de hadas”. Verónica, satisfecha con su empresa, decidió seguir disfrutando de América del Sur, creyendo en el tratamiento hormonal que el médico le había prescrito, en las bondades del té de azahar, en la gravedad, las várices y la fidelidad de Ken.
Sentada en una banca del Parque Rivera, contemplando el lago, vio cómo un hombre dueño de un bigote noble y maduro, le pedía permiso para acompañar su tarde. Verónica, aun con su media vida revuelta, se sintió con una decena de años afianzada a los cuentos de hadas. Supo entonces que sí había hombres guapos todavía y ante ello preparó las nupcias para el regreso de su viaje. Después de todo, la mayoría de las cosas se deciden en un volado y ésta, como otras tantas, merecen no sólo la mitad de la vida, sino la vida entera.
Hola Antonia, entre para checar tu blog y con ello leer varios de los escritos. Me agradaron mucho, unos con algunas proyecciones personales jejejejeje (ntc). Tratare de entrar con mayor constancia para estar al pendiente. Saludos.
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