"Ando volando bajo", dice la canción. Me pregunto y se preguntarán por qué en las relaciones humanas nos encontramos, muy a menudo, con alguien que nos mira desde muy alto, como si no llegáramos a alcanzar sus desaciertos, como si esa persona que equívocamente elegimos fuera un cohete que se expande entre los componentes del viento y nos hechizara, desde su altura, con sus mil colores desatados al estallar. Eso nos pasa a quienes nos entregamos sin pensar mucho en nosotros mismos, y vernos después en el abandono. "Y tú tan alto tan alto, mirando mis desconsuelos/ sabiendo que soy un hombre, que está muy lejos del cielo"
Uno se clava, se pierde, se deja ir, simplemente uno se deja, ni porque hay en demasía otros tantos placeres. Nos perdemos en ese falso pedazo de cielo que se nos revuelve en el arenal que pisamos, donde nos revolcamos cuando el amor se convierte en una necedad enfermiza y obstinada. ¿Será entonces que el amor es un paso a la locura? Quién sabe. "Tú y las nubes me vuelven loco/ tú y las nubes me van a matar"
"Tú pa' abajo no sabes mirar" ¡Qué atinado Jiménez en sus versos cantados! ¿Cuándo estos especímenes se preocuparon por uno? Nunca. Al menos refiriéndome a aquellos amores que hacían su nido entre las nubes, más allá del monte Olimpo, más allá de sentirse deidades y nosotros sus fanáticos, sus seguidores. He creído que el amor es una constante que se persigue en la vida, y no pienso perderla, aunque reconozco que hay obstáculos que nos roban el ánimo.
¿Cuántos amores uno pierde en la vida? ¿Cuántos deseos se dejan inconclusos? En el vértigo que provoca el desconsuelo, existe un temblor frío que nos recorre la espalda hasta expandirse en las sienes y ver por terminado un amor, aquella fugacidad eterna que envuelven las palabras: "terminamos", "esto no funciona", "no eres lo que pensé", "nunca te quise", "vete a la chingada". ¿Cuántas veces no lloramos un amor? ¿Cuántas no rogamos por volverlos a ver de vuelta? En esta dinámica imprecisa de los seres humanos no hay manuales ni guías qué seguir, no hay un diagrama de flujo ni esquemas que faciliten su práctica. No hay nada más que la entereza que alguna divinidad nos ha regalado. Podremos llorarles, pero no gastar nuestras reservas de agua y sal, podremos maldecirles, pero no ensangrentar nuestros labios; podremos ignorarlos, pero no dejarlos caer en el abismo del olvido; podremos quizá bendecirlos, pero nunca en la vida adorarlos. Hay límites, y existe el afán de hacer normal lo muy común. No es común morir de amor, quizá sí de debilidad e inconsistencia emocional, pero son entonces un epifenómeno. No es común que cada uno de nuestros amores tenga un altar y un templo, mucho menos que lleguen a habitar las cavernas del olvido. Seguirán vivos en nuestro recuerdo, al cruzar la memoria del olfato, al ver las nubes, al ver salir el sol, quizá en la cama, en el aroma de la almohada, en el profundo mundo de los sueños, en el iceberg oculto del subconsciente, en la leche y el café. Persistirán una eternidad esos amores, pero mientras, ¿mientras qué? Mientras, seguirá existiendo la Medicina, la Ingeniería, la Literatura, y otras tantas pasiones como el cine y los amigos, mientras el mundo seguirá girando, mientras la vida deberá de continuar, y con ello, y todas las guerras de nuestras audacias, seguiremos volando tan alto o tan bajo, como el destino y nuestros deseos nos hagan padecer.
Dedicatorias. Para Sergio y Thalia, que de alguna forma saben de lo que hablo. Para Luis Miguel Bernal, que también anda volando bajo.
Recordatorio. Tengo que estudiar Salud Pública, son las 8:00 y me falta más allá de los conceptos de sus mil barbaridades que quieren conceptualizar.
La música. Tú y las nubes.
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