sábado, 30 de enero de 2010

Con el cielo iluminado

Habituarse al desencanto, es renunciar a la vida y a su magia. Es negarse a vivir el deliro que provocan los amores cautivos y refugiarse en las lágrimas de una pena hasta ser raptado por el ciclón que forman. Desmitificar que esta ciudad siga teniendo gloria mientras el mundo siga queriendo existir y no quedar presos del horizonte al ver el obstinado amor de dos volcanes, son dos grandes síntomas del padecimiento.

“La vida que nos ha tocado en estos tiempos es cada vez más exigente y sórdida; competitiva y pretenciosa”, dirían muchos de los hombres y mujeres que toman a diario una dosis de desencanto mezclada con su úlcera péptica, colon irritable, café descafeinado y coca-cola light en lata.

Para otros la vida sólo calla y no dice nada, es muda. No habla con nadie ni de nadie. No dice nada el ir y venir de las pocas aves que habitan el cielo de la ciudad, ni la hiperactividad de un mar que quiere escapar de su profunda morada, cuando tienen tiempo de ir a verlo. Nada dice tampoco el viento, ni un atardecer luminoso; todo el mundo calla y entonces deja de ser interesante lo que los hijos platican en el auto después de ir por ellos a la estancia, ir corriendo a algún restorán de comida rápida y tenerlos felices con el juguete que sale en la famosa cajita. Todo es un mutismo afónico.

La vida es ardua y estridente, eso sí. A ratos nos quita la cordura y nos desbocamos. Llegamos a perder la contudencia de lo que somos y lo que hacemos a diario, podemos perdernos en un dislate sin ver cómo diablos caemos en las garras del agobio y la pena. El desamor y la muerte, son sin duda los pilares de lo que tanto el ser humano llega a temer y sin embargo llega a vivir.

Es cierto que la computadora calla y nos hacemos de amigos silenciosos que sabemos que existen porque saben escribir. Relacionarse vía internet con gente desconocida antes de un clic, es la forma de sentirse acompañado en estos días. Para unos, es más fácil esconderse tras de una pantalla y mostrarse sin reservas al otro lado de otra. Es quizá la forma de eludir la desusada capacidad de relacionarnos con los demás. Ya no hay tiempo para fallar, ni hacer ridículos vanos.

Presente y Futuro han hecho para estos tiempos una relación incestuosa, dominando el segundo, aunque no exista hasta después de un parpadeo. Todo nuestro ir y venir se basa en lo que pasará o haremos después, en todo aquello que existe en la dimensión lineal del tiempo que no se ha cumplido, y ante tal cuestión es inexistente por la influencia de otras tantas dimensiones que no colapsan o se atreven a viajar en el reino de los instantes. Vivir a cuestas de lo incierto es uno de los caminos que también llevan al desencanto, además de ser lo que evita que gocemos del presente y nos visite el enfado.

Que el mundo ya no esté para gozarlo, es arbitrario y falso. Creo que el mundo nunca está para gozarse si se deja de creer en lo que nos multiplica las ganas de seguir viviéndolo. Para ello hay cosas, por mínimas que sean, que siempre inflaman nuestro ánimo. Aún hay anocheceres con luna sobre un mar inquieto y nuevos amores qué conocer; existe el cine y los helados, el afanoso imaginar de los niños, una zozobra qué consolar y mil alegrías qué compartir. Cuántas pláticas acompañadas de café no enardecer y dejar fluir, cuántos dragones y castillos no confundir con nubes estafadoras. A cuántos desenfrenados frenar y a cuántos desentendidos entender. Aún se tocan las sinfonías de Mahler y la marimba en días de fiesta; se prenden cohetes en los pueblos y se ordeñan vacas en los ranchos; nacen nuevas generaciones, se descubren constelaciones, mueren estrellas viejas y sigue girando la tierra. Todavía se editan libros y aún se encuentran amigos con quienes platicar de política y esencias filosóficas, teoremas estrepitosos y necesariamente demostrables, el recuento de sus amores, las dichas de sus farras y las desdichas de sus pasiones.

Confieso que he caído en el desencanto, porque he perdido gente imprescindible que nunca llegué a catalogarla como tal, porque el amor pocas veces a volteado hacia mí y porque he llegado a creer que no sirvo para entablar amistades, porque me abate la violencia del mundo y de mi patria, porque me duele en el alma la pobreza y poco puedo hacer por ella, porque he dudado de los genes que tengo de valeroso guerrero Águila, porque mi sangre vive auspiciada en una península separada por dos mil kilómetros de mar y altísimas montañas, porque el tiempo cada vez corre más rápido y la vida acelerada me priva de muchos deseos, porque me entristece el cielo gris y la indiferencia.

Pero aun así, me siento afortunado, porque sé que la vida debe vivirse despacio y ello te llevará a bien disfrutarla, a evitar la palabra hubiera cuando el arrepentimiento de la privación me pique la crisma, porque aún tomo café con cafeína y leche con lactosa, porque aún duermo sin necesidad de somníferos y me quitan los AINES un fiero dolor de cabeza, porque yo sí me cautivo con el amor obstinado de dos volcanes que reinan en este valle precioso, porque sé que lo que hago me hará sentir satisfecho con una sonrisa o simplemente animar a los desanimados, porque cuando duermo y mi alma da un paseo entre las ondas delta no dejo de estar afianzado a la magia de este mundo y cuando despierto, tiemblo y sonrío, y mis ojos vuelven a danzar con el cielo iluminado.


Viernes. Volví a ver a Marito y a Miguel, me gustó verlos discutir de cuestiones tan filosóficas que exceden mi comprensión. Me gustó también escucharlos decir chistes poco convencionales, donde bien mezclan un pascal (unidad de medida de presión), las equis o una igualdad. Ingeniero y físico, respectivamente, tenían que ser. A esta reunión de tres hombres desentonados, se nos unió la hermosa sonrisa de Taateni y la siempre algarabía de Lilis, un beso a estas dos mujeres que poco conocen el desencanto.


La música. Les dejo la letra y la música de Marta Gómez, una mujer que con el prodigio de su voz nos relata cómo es que otra mujer admirable evita caer en las garras del desencanto: Doña Luisa...



Se levanta temprano Doña Luisa
Y cuando el sol ya está aclarando ella ya recoge el café
Cada grano en su mano significa
Las penas que ha sufri'o por causa de algun querer.

Pero en vez de andar llorando, Lucha se pone a cantar
Tarareando se le olvida el que no la supo amar
Pero en vez de andar llorando, si no hay tiempo pa'llorar
Tarareando se le olvida el que no la supo amar.

El color de la piel de Doña Luisa
Se confunde con la tierra de tanta tierra que hay
La mirada tan negra que tenía
Ya se le ha vuelto verde de tanto verde mirar.

Y es que al pié de la montaña
solo hay verde qué mirar
Que con el rojo se mezcla del café por madurar.
Y es que al pié de la montaña
siempre hay tiempo pa'mirar
que con el rojo se mezcla del café por madurar.

Con la noche se acuesta Doña Luisa
y con la luna allá alumbrando ella se pone a conversar
las historias que cuenta van llenando
el espacio que el silencio siempre quiere arrebatar.

Y si no hay luna que escuche tanta vida qué contar
para no hablarle al silencio Lucha prefiere cantar
y si no hay luna que aguante tanta vida qué contar
para ganarle al silencio Lucha se pone a cantar.

2 comentarios:

  1. Te había escrito algo más largo...pero al clickar “vista previa”...se me fue.
    Cuando te roce el desencanto...lee tus párrafos 7 y 9.
    Haz respiraciones profundas...
    Quizá mejor escuchar más Mozart que Mahler...creo...
    y seguir mirando al cielo y observar las mil formas de la nubes
    Hay tanto a lo que no llegamos y de ahí, nuestra impotencia...
    Aún así nuestra actitud positiva (difícil ante el desencanto...) cargará nuestras energías y las de aquellos de nuestro entorno...aunque solo sea por instantes...
    Qué se yo...
    Es lo que intento...crear instantes de ensoñación...
    Un abrazo
    Lily de P.L.
    Ah! No te alejes demasiado de Marito, Miquel, Taateni y Lilis...
    Y gracias por la Luisa de Marta Gómez.

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  2. Excelente Toñissimo esta blog va que vuela...

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