miércoles, 25 de noviembre de 2009

¿Quién sabe encontrarse?


Entre todas las amigas que tengo, Alejandra es una de las mujeres que más ha sabido vivir su vida en la pasividad irradiante con la que angula su sonrisa. Goza de una frescura única, de unos ojos grandes, un cabello desaliñado y siempre presumiendo aretes de todas las piedras habidas y por haber, que cualquier mujer del valle del Anáhuac hubiera envidiado.

Hace no mucho tiempo llegó a nuestros oídos la noticia de que un hombre afortunado se hizo dueño de su audacia y sus guerras. Y de ahí para acá tuvimos la pertinaz certidumbre de haberla perdido. Alejandra Jaramillo habla como quién no encuentra una palabra que aterrice a tiempo sus oraciones, y es por eso que se extiende en todo lo que su cabeza presume de contar. Habla de las vacas y los cerdos con los que practica en las granjas, del rock mexicano y argentino, de las nubes moteadas, de las fiestas, del metro y sus cólicos menstruales. Habla de todo y atropellado, pero habla. Y todos nos preocupamos cuando no supimos más de su voz y sus andanzas; y cuando digo todos, digo el grupo de amigos que nos amparamos desde la preparatoria.

- Que siempre si tiene novio- dijo Valeria una tarde que me encontró en la biblioteca.
- ¿Y de dónde será semejante flechador de fieras?- respondí.
- No sé, sólo me respondió el mensaje donde le preguntaba si todo lo que decían era verdad.

El aire se llenó de mil dudas sin sus mil respuestas y ninguno de nosotros sabía siquiera algo de Alejandra, sino los revuelos que hacía afianzada al brazo de un hombre desconocido ante nuestros ojos. Fernanda y Omar, oyeron de voces de otros la incierta verdad que nos picaba la cresta. Juan Pablo, se alejó más de los rumores, como lejos queda la Facultad de Derecho. Mario y Victor, supieron secretos que dejaron de serlo por alguien que decidió darles rienda suelta en el aire. Valeria seguía rastreando a cerca de lo que no queríamos se acomodara en nuestra convicción. Y yo, no quedé en paz hasta que la localicé. Teníamos que saber que estuviera viva y con ello dejar morir la incertidumbre que nos ahogaba por las noches.

- ¿Qué tienes un novio?- pregunté en el llano tono arisco que recrea semejante pregunta.
- Que lo tengo- respondió de una forma que la Alejandra de antes no hubiera entonado.
- Pues bien por ti y mejor por él, pero no es posible que nos abandones tanto por ello.

Dejamos muchos silencios entre cada tema que se decidió enredar en nuestras lenguas. Alejandra tenía la mirada perdida, sus manos frías, su cabello extrañamente aliñado. Parecía boba y le faltaba la chispa que en cualquier momento propicio encendía. Algo pasaba con Alejandra y tuve la fortuna de adivinar en sus gestos, algo mezclado en la hilaridad con que nos mira la angustia, y ésta andaba en su rostro. Ese miedo a lo que está por venir, llegaba burlón y entrometido al silencio de Alejandra.

- Tengo miedo de ser una perdida- dijo arrancando el poco pasto que se empeña a nacer en las Islas de Ciudad Universitaria.
- No lo tengas mientras tengas quién te encuentre. Porque, te encuentran… ¿no es así?
- Siempre- dijo ella- Comenzó por aventarme papelitos a la maraña de cabellos que tengo, salían miles cada que me bañaba y no sabía de dónde diablos venían. Primero eran unos diez, a tal grado de llegar a las cien bolitas de papel. Un día, llegó una en color rosa, escondiendo una letra redentora que decía: Me gustas, y ni cuenta te das; entonces, comencé a indagar en las miradas de mis compañeros, hasta que hallé una que escondía un pedazo de mi futuro revuelto en la oscuridad de su noche. – Me hallaste- me dijo una mañana que no paraba de verlo. Y así me pidió que anduviera con él.
- ¿Y por qué nunca nos dijiste nada?
- Por miedo a perder la paz que había encontrado. Y después llegó la guerra. Se los contaría hasta que estuviera segura de vivir una realidad.
- ¿Cómo, de tanta paz también la guerra?- pregunté asombrado por la extrañeza de sus oposiciones, y comenzó a reír como la Alejandra de siempre.
- ¡Menso! De ahí no paramos de bombardearnos cada que podemos. Fue el primero con el que tuve sexo, y la verdad es que no me he arrepentido.
- ¡Ah! ¿Entonces ya estás segura de tu realidad?
- Creo que ya. Me aseguré de ello una vez que le metí la mano a su pantalón, y me encontré con semejante serpiente.
- Si, supongo que la serpiente halló la caverna que necesitaba.
- Creo que sí- dijo volviéndose a perder en un delirio de cualquiera de esas noches.
- ¿Crees o estás segura?- le pregunté de nuevo intrigado.
- Creo, como ferviente fanática de lo suyo y estoy más que segura gracias a todo lo que he podido sentir.
- Eso es bueno, que tú también sientas.
- Todas sentimos, lo importante es creer que somos presas por una fiebre escandalosa que nos haga sentir. No todo es culpa de ellos. - aseveró- ¿Sabes?, mi papá me cachó en la sala con él, y con mi mano en su cosa.
- ¿Y luego?
- De ahí creen que soy una perdida…
- ¡Pero con él te encuentras!
- Sí, por eso sigo creyéndome que me pierdo y me pierdo como la niña esa del bosque de la China.
- Pero tú no tienes miedo como ella.
- ¡Obvio que no! Porque en esto no ando solita ni de noche- y volvió a reír con la soltura de siempre.

Desde esa vez, todos nosotros supimos que Alejandra estaba en silencio porque decidió perderse en el escándalo de su sexualidad encontrada. De ahí para acá, siguió hablando del metro, de las fiestas, de sus cólicos menstruales, de cómo Carlos, como el famoso flechador se llama, la ata y la desata cada que se dan tiempo. Y no la hemos perdido, sigue cuerda y loca, se perdió la cara de boba con que la hallé esa tarde de confesiones, pero ella no. No es una perdida, y si se pierde no importa, todos nos perdemos, pero lo mejor es que unos pocos como ella encuentran la mejor manera de encontrarse.

Hoy. Acabé con el examen final más fiero y que más miedo pudo darme, y me encontré con la paz que hace unos días había perdido.

Libros. Empiezo el Postfinales- Reyes con Fuente Ovejuna, de Lope de Vega. Y voy por más. Dice mi primo, Carlos Tun, que El esclavo es buena opción, veremos si lo es. Un saludo hasta allá, donde mi sangre rebosa al calor de la Península de Yucatán.

Música
. Querida, de Juan Gabriel.

Frase del día.
¡Y que siga la mata dando! Va para Tha que tiene que seguir dándole a esto que nos viene pasando.

Lo mejor. Para Diana y Riky que van por la Segunda Vuelta.





1 comentario:

  1. Me encanta la idea de perderse, en el fondo todos soñamos con perdernos alguna vez en la vida y si es posible en más ocasiones!!!!

    Yo inicio con "Travesuras de la niña mala" seguiré con un libro muy prometedor y diferente "Nunca beses a un sapo"...

    Saludos!!!!

    Val

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