domingo, 29 de noviembre de 2009

Como cuando llegamos a vivir aquí.

Fausto perdió el primer amor que sus brazos delgados y su mirada apacible habían hecho suyo tan asidua como obstinadamente. Lo perdió como quien pierde un dije en el ajetreo que se carga el mar, cuando deja la concordia por la bravura de sus olas, extraviando la armonía y hallando la falacia de una tranquilidad inexistente. Los últimos días a su lado no se hicieron más que de pleitos y arrebatos sin sentido; un tercero en escena encandilaba el litigio. De la noche a la mañana, Román no volvió a pisar el departamento y no lo llamó más al celular ni le escribió por correo electrónico. No le volvió a apretujar la nariz por las mañanas mientras lo veía vestirse y apurar su cuerpo para entrar en los pantalones y el saco que lo envolvían para irse a trabajar. Se fue como un bendito desmemoriado y Fausto no hizo mas que aborrecer su maldita memoria.

De ese día en adelante, lloró por tres meses sin parar hasta ver arrugadas sus mejillas y hacerse de unos pómulos saltones y unas ojeras decrépitas. Comía helado, salchichas congeladas y enlatados de la despensa. Se dedicó a ver las series que pasaban por la Tv de paga y no contestó llamadas ni de su madre ni del trabajo. Cuando tocaban a la puerta se limitaba a decir de forma arisca: “estoy bien, sigo recuperando fuerza”; y así, todos los que le querían se fueron haciendo la idea que el tornillo que le estaba flojo se había acabado de soltar.

A la exactitud de tres meses, Fausto se miró al espejo, se lavó la cara, arrasó con la barba tupida que cobijaba su duelo, tomó un baño y se alistó para salir a la calle. Gastó el poco dinero que quedaba en las tarjetas de débito en ropa, visitó a su madre con la ardua presura que le embestía siempre, compró un helado de fresa y se sentó en el jardín que quedaba frente al edificio donde vivía. De pronto, apareció la voz de un hombre brioso detrás de unas gafas que escondían la zozobra de sus ojos.

- Sigues vivo- dijo apagando la desazón de su silencio.
- Más que mejor- respondió Fausto sin mirarlo y acabando con el cono que guarecía su helado.
- Cómo son bravas las olas del mar- dijo Román al quitarse las gafas.
- Ya veo que si. Bravas, arduas e indolentes.
- Me perdí como un dije en ellas ¿verdad?- preguntó Román en el aire.
- Digamos que ellas te arrastraron a otra playa- contestó Fausto.
- Pero me trajeron de regreso- respondió mientras se humedecían sus ojos almendrados.
- ¿Por qué lo dejaste?
- No hacía buen café.
- Ya veo…- respondió Fausto- ¿Y yo sí?
- El mejor de todos. ¿Me pasas a tomar uno?
- Los que quieras
- ¿Qué harás hoy por la tarde?
- Veré Tv de paga
- ¿Puedo verla contigo?
- Si quieres.
- ¿Dormir contigo?
- Depende…- sentenció Fausto.
- ¿De qué?- preguntó Román
- Si encontramos la cama en el mar del desorden que hay allá arriba.
- Pues dormimos en el suelo
- ¿Te parece?- preguntó Fausto
- Sí, como cuando llegamos a vivir aquí. ¿Las paces?
- La tregua; que sea entonces como cuando llegamos a vivir aquí.

3 comentarios:

  1. No entiendo muchas cosas de esta vida. Creo que ese es uno de mis grandes motores...

    Saludos Tony =)

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  2. Me gusto mucho, y si alguien me pide un ejemplo de lo que siempre les digo sobre el anclaje, este sería uno muy bueno :), saludos awuelo!!

    Aldo

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  3. No sé cómo le haces? Como siempre haces que mis sentidos vivan lo que escribes. Hubiese querido que quisiera regresar, pero yo diría que no.
    Toli

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