lunes, 7 de septiembre de 2009

Escribes, escribo: involución atada a la evolución.

En toda esta maraña de palabras y letras que se cruzan por nuestra cabeza nacen, quién sabe cómo ni porqué, escritos impregnados del perfume del amor, de la decepción, de sollozos y suspiros, de besos arrebatados, de ángeles y demonios, de santos y eternos paraísos; y me da miedo a veces perderme en este mar de sentimientos que desata unas olas impetuosas y constantes, fieras y llenas de una fuerza inclemente como muchas de tantas, si no es que tantas de las muchas veces que nos han hecho sufrir.

¿Qué hicimos para merecer todo esto? Me pregunto, y les pregunto a quienes han venido sufriendo la inconsistencia de la mala definición que el amor tiene en nuestros días. No sé, y creo que no hay respuesta a mi pregunta estúpida. Estúpido como vine siendo yo al caer en su paso indiferente. Pero para eso estamos contándonos nuestras tristezas, y regalando a quienes atestiguan con nosotros que aún ha de existir un pedazo de amor escondido en un suspiro, en un silencio, en una risa, en un aroma. En el rosado continente que se esconde bajo sus uñas, en el infierno helado de sus mejillas rojas, en la selva oscura de sus ojos o en el mar esmeralda que llegan a esconder en ellos. En la geografía de sus pieles color canela, nieve o chocolate, en el sabor de sus labios o en el tesoro que imaginamos esconden detrás de sus ropas.

Escribimos para idealizarnos fuertes aún con la debilidad de nuestros cuerpos, para ordenar nuestras desordenadas vidas, para dar testimonio del padecimiento más crudo que el alma conoce. Escribimos porque de alguna forma queremos vivir dentro de ellos por medio de las grafías que el propio ser humano ha tenido que inventar para explicarse tantas cosas que lo desconciertan. Letras y letras, las mismas letras con las que escribimos sus nombres con el dedo en el aire.

-Dentro de lo que escribimos andamos nosotros- le escribí a una amiga que también escribe- Tú abres la delgada cortina que cubre las penas de tu espíritu, te pintas y te despintas en la hoja que ante nuestros ojos se va leyendo; y yo -como bien me dijo en una de nuestras tantas charlas-, recreo mundos que llegan a mi mente para poder vivirlos en la forma en que uno quiere hacer que se vivan. Formas de inmortalizarlos al mismo tiempo en que nos deshonramos, porque: ¿quiénes son los personajes que más se quedan presentes en la memoria? Ellos y los malos pagos que vienen a dejar sin saldo alguno. Inmortales hasta en nuestros textos.

Mi amiga sufría por un amor desbocado y sin nombre, idealizado tal vez en un altar de infortunios, pero jamás digno de la firme decisión de blasfemar ante tal divinidad. Definitivamente mi amiga es un ángel con misión y sigue aprendiendo a volar. Desconoce el futuro, apenas y se deslumbra con el presente y a veces, añora su pasado. Es normal, y generoso a la vez. Y es por ello que, en la perfección de la telaraña donde anda con paso breve, radica la suavidad y la sombra inestable que le obsequian los rincones, a cuenta de que en todo preámbulo hay un mensaje, y en ese mismo enredo en que anda y desvaría, vive una araña a la cual debe pedir su consejo, porque a ella la evolución le ha enseñado a vivir sola, así como sola ha sabido esperar los breves minutos de la presencia de su macho. Toda la Biología no se ha equivocado en ello; aunque creo que no hemos evolucionado del todo. A veces llego a pensar que, los sentimientos, son el nudo más consistente que nos ata a la involución con la que venimos cargando, y no hace alarde a la evolución que entonces venimos presumiendo. Y si ante esto, soy yo el que se equivoca, definitivamente no me quitarán la certeza engendrada en las cuatro paredes de mi cabeza, pues nació revoloteando para hacerme creer que puedo llegar a ser dueño de un futuro, en donde las consecuencias de dicha involución me hagan evolucionar en las cosas que de amores tratan.

Tlaloc.
Designios de la divinidad prehispánica. Entre ayer, hoy, mañana y pasado el cielo cayó y caerá encima de nosotros. Al menos eso dicen las imágenes que el satélite envía. El Valle de México se ha visto afectado por unas lluvias torrenciales que no entran ni en los cántaros que presume el refrán. No había agua y aún nadando entre tanta que ha venido cayendo, sigue sin haber. No hay manera. La ciudad no cuenta con la recolección de aguas pluviales, el drenaje es de los mejores-dicen- aún con todo el desastre que causa en plenas arterias de la ciudad y colonias populares. Muchos hoy quedaron sin casa y sin cosas, sin metro y sin llegar a tiempo a sus trabajos. Protección civil a puesto en alarma a todos los citadinos, Marcelo Ebrard espantadísimo. No sabe ni qué hacer, aunque sería mejor que haga lo que se supone sabe: por algo está en un puesto público. Mejor hubiera sido danzar a Tlaloc y mejor respuesta nos hubiera dado. Porfa' Tlali...ni tanta ni mucha.
Música: creo ver la lluvia caer en mi ventanta, te veo pero no está lloviendo, no es más que un reflejo de mi pensamiento...

2 comentarios:

  1. Bueno, los sentimientos están hechos con el mero propósito de supervivencia. Que nosotros les demos otro significado es nuestro problema.

    Escribimos para ser. Somos a través de los demás. Eso es otro hecho apocalíptico, e inevitable por mero concepto. De esta forma, hemos dejado algo de nosotros. Hemos hecho que el árbol que cae, haga ruido...

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