Conocí el amor propiamente a los dieciocho años como quien se enamora de un atardecer de agosto con la lluvia tenue de su tarde. Y verdaderamente puedo estar seguro que me enamoré, como nunca y como nadie. No creí vivir demasiada intensidad en la sagacidad propicia que embaucó del todo a esos meses. Y para ello lo constan las estrellas, el mar de Yucatán, el cielo de mis días y la luna apelotonada que cada veintiocho días trata de enamorarme y nadamás no puede hacerlo porque, por más que ha tratado, no hallo en ella ni su sonrisa ni sus locuras.
Quizás fui yo el culpable de caer al fondo del abismo que guareció la cumbre de mis pasiones, yo fui quién idealizó un futuro sin más que un presente que debí desvivirlo al máximo, fui yo quién confíó más en la casualidad que en la causalidad de un desenfreno, una pasión ahora extinta de su parte y más avivada que nunca dentro de mi cabeza y mi corazón. De rostro ameno y dilucidado en el remanso de sus gestos, dignos del desafuero más imprevisto y la locuacidad más desatada. Tiene el espíritu más inquieto de todos los que han venido cruzando mi camino. Le quise tanto que me di miedo, y fue entonces que mi miedo por pensar en el inicio de una relación comenzó a helar la amistad establecida.
Conoció la privacidad de mis días y mis noches, la cantidad de comida que podía comer en un minuto, la gente que quiero y las bromas más inesperadas que bien supo esperar de mi parte. Pudo ser también que nos conocimos tanto que de inmediato tomamos el expreso rumbo al tedio y el enfado. Pudieron ser tantas cosas y nada a la vez, pudo ser en la extensión propia del hubiera, en donde no caben los límites de un futuro idealizado, pero si la pretensión de un pasado sin concluir. Nada y todo, sol de nadie y sol de todos.
Pero ¿quién me quita a mi la sonoridad de su voz? ¿de su risa? ¿la ligereza de su cabello? Miles de veces he pedido a las estrellas que me permitan escabullirme en tan sólo uno de sus sueños, le he pedido al mar de Yucatán me consuma a mí y a mis lágrimas para perderme en su infinito limitado, al cielo que tanto ruego para que me convierta en nube y así pueda seguir su rumbo sin dirección.
Todo este tiempo me he preguntado por qué una tarde de agosto con todo y su lluvia es la forma precisa para describir la revolución que vine sintiendo. Podría ser que comencé a enamorarme justo cuando agosto renacía de nuevo, pero no… fue como una tarde de agosto porque sólo ellas se cubren de un regazo anaranjado y violeta esparcido en el aroma de su lluvia, esa lluvia imprevista e intensa como el amor que tuve y vengo sintiendo, lluvia que se apresura en caer y tarda en cesar, de esas lluvias que lo empapan a uno sin ni siquiera darse cuenta cuándo fue que empezó y cómo fue que vino terminando tal elocuencia.
Día de hoy: Dos amigas nadamás no caben dentro de la influencia de mi frase “Quien busca a la Casualidad, casualmente ese día dicha mujer no sale de casa” Ellas la han venido encontrando sin más que una sonrisa o una breve plática. No sé porqué no se acomodan en ella, si está muy clara pero, sólo por eso, espero que el fenómeno de su influencia siga creciendo y me aune a la rebeldía que se vienen cargando.
Frase de hoy: me gusta y se me ha pegado la canción que ronda de estación en estación de radio, seguro la conocen si escribo la frase. Sé que muchos odian el pop y otros lo viven, pero la frase me cautiva: “Mira, que mi amor te enciende y te enfría como una ilusión que te expía”. No dejo ni quién la canta ni cómo es semejante música.
Música: “Yo vendo unos ojos negros, ¿quién me los quiere comprar? Los vendo por traicioneros, porque me han pagado mal” No sé si sean negros, esmeralda o azules, eso lo dejo a la realidad que me sé y muchos de ustedes saben.
Quizás fui yo el culpable de caer al fondo del abismo que guareció la cumbre de mis pasiones, yo fui quién idealizó un futuro sin más que un presente que debí desvivirlo al máximo, fui yo quién confíó más en la casualidad que en la causalidad de un desenfreno, una pasión ahora extinta de su parte y más avivada que nunca dentro de mi cabeza y mi corazón. De rostro ameno y dilucidado en el remanso de sus gestos, dignos del desafuero más imprevisto y la locuacidad más desatada. Tiene el espíritu más inquieto de todos los que han venido cruzando mi camino. Le quise tanto que me di miedo, y fue entonces que mi miedo por pensar en el inicio de una relación comenzó a helar la amistad establecida.
Conoció la privacidad de mis días y mis noches, la cantidad de comida que podía comer en un minuto, la gente que quiero y las bromas más inesperadas que bien supo esperar de mi parte. Pudo ser también que nos conocimos tanto que de inmediato tomamos el expreso rumbo al tedio y el enfado. Pudieron ser tantas cosas y nada a la vez, pudo ser en la extensión propia del hubiera, en donde no caben los límites de un futuro idealizado, pero si la pretensión de un pasado sin concluir. Nada y todo, sol de nadie y sol de todos.
Pero ¿quién me quita a mi la sonoridad de su voz? ¿de su risa? ¿la ligereza de su cabello? Miles de veces he pedido a las estrellas que me permitan escabullirme en tan sólo uno de sus sueños, le he pedido al mar de Yucatán me consuma a mí y a mis lágrimas para perderme en su infinito limitado, al cielo que tanto ruego para que me convierta en nube y así pueda seguir su rumbo sin dirección.
Todo este tiempo me he preguntado por qué una tarde de agosto con todo y su lluvia es la forma precisa para describir la revolución que vine sintiendo. Podría ser que comencé a enamorarme justo cuando agosto renacía de nuevo, pero no… fue como una tarde de agosto porque sólo ellas se cubren de un regazo anaranjado y violeta esparcido en el aroma de su lluvia, esa lluvia imprevista e intensa como el amor que tuve y vengo sintiendo, lluvia que se apresura en caer y tarda en cesar, de esas lluvias que lo empapan a uno sin ni siquiera darse cuenta cuándo fue que empezó y cómo fue que vino terminando tal elocuencia.
Día de hoy: Dos amigas nadamás no caben dentro de la influencia de mi frase “Quien busca a la Casualidad, casualmente ese día dicha mujer no sale de casa” Ellas la han venido encontrando sin más que una sonrisa o una breve plática. No sé porqué no se acomodan en ella, si está muy clara pero, sólo por eso, espero que el fenómeno de su influencia siga creciendo y me aune a la rebeldía que se vienen cargando.
Frase de hoy: me gusta y se me ha pegado la canción que ronda de estación en estación de radio, seguro la conocen si escribo la frase. Sé que muchos odian el pop y otros lo viven, pero la frase me cautiva: “Mira, que mi amor te enciende y te enfría como una ilusión que te expía”. No dejo ni quién la canta ni cómo es semejante música.
Música: “Yo vendo unos ojos negros, ¿quién me los quiere comprar? Los vendo por traicioneros, porque me han pagado mal” No sé si sean negros, esmeralda o azules, eso lo dejo a la realidad que me sé y muchos de ustedes saben.
No tienes remedio... Bonita entrada amigo.
ResponderEliminarEncontré la susodicha señora Casualidad un día de desenfreno que ya no sé cómo frenar o a dónde encausar. Espero el invierno calme las lluvias torrenciales en las que me he venido empapando... mientras gracias por tantas palabras compartidas. T quiero mi san toño XD
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