jueves, 13 de agosto de 2009

Los maldecidos

Para mis amigas que tanto quiero: Anabel, Diana, Thalia,
Mariana, Violeta, Taate, Lilis, Mariela, Karen, Vale, Angélica...en fin, esas mujeres que me dan
de qué hablar y con qué entretenerme.

Cuando Georgina vio plasmada su firma en la hoja del divorcio, pudo suspirar tranquila y recordar, sin culpa, muchas de aquellas aventuras que meses atrás bajaban y subían de su cabeza al cenit de sus placeres, sin pedir permiso alguno.

Al salir del juzgado, en donde sobraban parejas con pasiones extinguidas y con el tedio de ceja en ceja; armoniosa e implacable, pronunció:

— Te deseo lo mejor con ella…
— ¿Por qué no me crees que es mi asistente?— rezongó Antonio, ahora su exmarido, sin gracia y con el pesar de un anticuario al ver perdidas sus reliquias.
— No es la primera, sé de muchas que te asisten bien.
— Al menos siempre te tuve satisfecha, nunca necesitaste de nadie más­— replicó con tono de donjuán para esconder su orgullo herido.
— Si así lo crees… lo cierto es que quedé insatisfecha tres meses después de haber comparado tus brazos lánguidos y tu abdomen sin chiste con aquel cuerpo perfecto del instructor de fitness que vive enfrente. A veces, he llegado a pensar que en su departamento esconde el Olimpo detrás de un mueble, sobre todo cuando se asoma a la ventana con la toalla enredada y sus hombros tensos, con majestuosidad en su perfil, después de ducharse todas las noches. Créeme, no mucho que ver contigo.
— ¿Por eso te asomas todas las noches? Siempre creí que lo hacías por esperarme…
— Uno no siempre conquista la verdad con sus creencias— respondió, después de reír irónica.
— Pero… ¿es por él?
— No sólo por él. Esa ventana me mostró un mundo lejos de ti y de tus mujeres, lejos de la desilusión que algún día me causaste. Me mostró mi mundo todo iluminado. Además, así conocí al futbolista aquel que también se asomaba por su ventana todas las noches.
— ¿Quién? ¿Gregorio Rojas? — preguntó intrigado
— No sé. Nunca me acuerdo de su nombre, creo que nunca me lo dijo. Sólo me gustaban sus piernas y aquel juego de sábanas suizas color marrón que cubrían su cama, la única cancha en donde no es una falta un fuera de lugar, sino un gol en tiempos extra. En fin, por eso digo que es bueno estar divorciados ¿no lo crees?— dijo Georgina, segura de sí y de sus decisiones precisas en la imprecisión de sus amores— Me despides de tu asistente en turno.

Con el tronar de un beso volado y el correr de sus piernas firmes al grito de su independencia, se despidió de aquel Antonio de quien se había mal enamorado a sus escasos veintidós y liberado a sus veinticuatro.

Desde ese entonces, con su futuro como horizonte y el presente entre sus manos, Georgina persigue en la ventana de su vida el deseo de encontrar a un hombre, más que con un cuerpo perfecto y divina potestad en la cama, con la bendición de tener inteligencia, cosa difícil entre los tantos y muchos maldecidos que andan y creen sentirse los dueños de este mundo, con todo y sus mujeres.

2 comentarios:

  1. t la rifas mi estimado 8a
    ya leist a Buesa?

    salu2
    ...
    !

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  2. La verdad, yo sorprendida más no molesta pero, tanto dimos para escribir y tán poco se ha dicho. Pero, claro a un escritor le bastan dos palabras y crea una historia.Siendo guapa entiendo, qué a veces para tener tema necesitamos disfrazar las apariencias. No entiendes, no me entiendes, tranquilo yo sé de qué ecribo. La vida jamás dejará de sorprendernos, por lejos qué nos encontremos.
    Siempre yo, aún en las peores de las tormentas, un abrazo con cariño.¡¡

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