Hoy tuve el arrebato apasionante y sin tregua de comer chocolates. No sé por qué me dio una de esas necesidades que a gritos salen de un interior propio que a veces, sino es que la mayor parte del tiempo, desconocemos su naturaleza, desconocemos su origen.
Pasaba por un Sanborns, que se me cruzó más por casualidad que por visita planeada, y entonces recordé su deliciosa especialidad de hace décadas en hacer chocolates. Me vino a la memoria por una parte la entretenida película de “Charlie y la fábrica de chocolate”; con la pena de no tener aún la placentera oportunidad de saborear los renglones del libro.
Entré con presura y con la esperanza de salir saboreando los pequeños cubitos, esferas, enjambres y lenguas de gato de puro chocolate. De esa exquisita mezcla de azúcar, pasta de cacao y manteca de la misma semilla, con el toque lácteo del viejo mundo y con la esencia misma de la prehispanidad. Pude saborearlos desde que los vi en el mostrador tan bien acomodados, como si estuvieran esperando mi llegada.
Salí delirante, feliz, radiante, con las cejas más arqueadas de lo normal y el ceño más discreto; como si el chocolate fuera la mejor medicina para olvidar el tráfico, el poco sano aire de la ciudad, las prisas de las que nos hace presos y alguno que otro desamor. Nada mejor que sentir el primer encuentro del chocolate con nuestro paladar, degustarlo y derretirlo ya desde nuestros dedos camino a su destino final.
Vivir la deliciosa experiencia de comer chocolate nos brinda una mezcla infinita de placeres y bellos recuerdos como: la temerosa curiosidad por saber a qué sabe un beso en la primaria, la presurosa espontaneidad del primer beso en secundaria, el primer regalo que se le hace a una novia en San Valentín –chocolates claro-, un chocolate cuando se está triste, otro para no dormirse en clase después de una corta madrugada de estudio, el placer de un beso robado, la casual visita de un amigo a casa y ofrecerle un chocolate, ver a los primos pequeños batidos de chocolate alrededor de sus bocas, soñar con visitar a Charlie, sentirnos millonarios por tener chocolates en casa tal cual fuéramos comerciantes mesoamericanos, sentirnos, más de lo normal, elegidos por los Dioses al comer chocolate, recordar cualesquiera de esos orgasmos casuales que se tienen con algún amor, revivir la ventura de sentirnos enamorados aún en brazos del desamor.
Yo comí y comí hoy por la mañana mis chocolates. Pedí cien gramos de trufas de moka, cien de las lenguas de gato, otros cien gramos de enjambre de almendras y otros cien de mentas con chocolate. Comí y saboreé cada uno de esos chocolates. Hoy San Pedro se puso a anotar en su lista otros pecados más en mi apartado, categoría: gula y exceso de placeres desbordados. Hoy comí y comí chocolates para olvidar un amor, para olvidar mi atareada semana y para darme fuerzas por las que no tardan en venir.
Dediqué chocolates por los allegados míos: dos por la salud de mi familia y su bienestar, uno por el amor que se tienen Anabel y Francisco, uno para que el amor toque a la puerta del corazón de mi amiga Tha, otro por las emociones de un amor en proceso de mi amiga Taate, una menta para refrescar la acalorada y llena de despiste llegada del amor a mi amiga Diana, un enjambre para acabar con el mal de amores que hizo presa a Marianita y otro más para Mariela, otro enjambre por la magia de mi amiga Angélica, una trufa por la pasión y entrega con la que da sus clases de anatomía mi amigo Eduardo, una lengua de gato por tantas conversaciones nocturnas con mi amiga Laura, otra menta por la frescura que le llegó a mi amigo Tavo para que mejoraran otra vez las cosas, una trufa para Valeria y su amistad con Isaac, otra lengua de gato por Karen y nuestros entramados chismes, un enjambre de almendra por la renovada amistad con mi ya amigo Juan Pablo y por último, una trufa por Ek Chuah, dios maya del cacao, y una menta para México por ser cuna del chocolate.
El chocolate es sin duda un producto lleno de divinidad y al mismo tiempo propiedad de los mortales, bendita la hora en que Kukulkán les entregó a los hombres el cacao después de la creación. Bendito el chocolate que nos provoca placeres tan fantásticos como llenos de realidad; tan exquisitos y dulces como llenos de amargura en su sabor; tan fugitivos y evanescentes como memoriosos y eternos, tan refrescantes en bebidas espumosas como llenas de cobijo en una noche fría de invierno acompañada de churros.
Me sentí fuera del mundo cuando salí de la tienda comiendo mis chocolates, regresé a él para escuchar el tráfico, las prisas, el metro, la gente y llegar hasta el frente de mi computadora, revisar la saturada agenda, suspiré, vi mi reflejo en el monitor y me dije: “No importa, nada importa…porque hoy comí chocolates”
Nota: en tiempos de desventura, atareados días, cuando la pena desbanca a la alegría, para el mal de amores, para observar la puesta del sol por las ventanas, para acompañar una película: come chocolates, te lo recomiendo yo.
Pasaba por un Sanborns, que se me cruzó más por casualidad que por visita planeada, y entonces recordé su deliciosa especialidad de hace décadas en hacer chocolates. Me vino a la memoria por una parte la entretenida película de “Charlie y la fábrica de chocolate”; con la pena de no tener aún la placentera oportunidad de saborear los renglones del libro.
Entré con presura y con la esperanza de salir saboreando los pequeños cubitos, esferas, enjambres y lenguas de gato de puro chocolate. De esa exquisita mezcla de azúcar, pasta de cacao y manteca de la misma semilla, con el toque lácteo del viejo mundo y con la esencia misma de la prehispanidad. Pude saborearlos desde que los vi en el mostrador tan bien acomodados, como si estuvieran esperando mi llegada.
Salí delirante, feliz, radiante, con las cejas más arqueadas de lo normal y el ceño más discreto; como si el chocolate fuera la mejor medicina para olvidar el tráfico, el poco sano aire de la ciudad, las prisas de las que nos hace presos y alguno que otro desamor. Nada mejor que sentir el primer encuentro del chocolate con nuestro paladar, degustarlo y derretirlo ya desde nuestros dedos camino a su destino final.
Vivir la deliciosa experiencia de comer chocolate nos brinda una mezcla infinita de placeres y bellos recuerdos como: la temerosa curiosidad por saber a qué sabe un beso en la primaria, la presurosa espontaneidad del primer beso en secundaria, el primer regalo que se le hace a una novia en San Valentín –chocolates claro-, un chocolate cuando se está triste, otro para no dormirse en clase después de una corta madrugada de estudio, el placer de un beso robado, la casual visita de un amigo a casa y ofrecerle un chocolate, ver a los primos pequeños batidos de chocolate alrededor de sus bocas, soñar con visitar a Charlie, sentirnos millonarios por tener chocolates en casa tal cual fuéramos comerciantes mesoamericanos, sentirnos, más de lo normal, elegidos por los Dioses al comer chocolate, recordar cualesquiera de esos orgasmos casuales que se tienen con algún amor, revivir la ventura de sentirnos enamorados aún en brazos del desamor.
Yo comí y comí hoy por la mañana mis chocolates. Pedí cien gramos de trufas de moka, cien de las lenguas de gato, otros cien gramos de enjambre de almendras y otros cien de mentas con chocolate. Comí y saboreé cada uno de esos chocolates. Hoy San Pedro se puso a anotar en su lista otros pecados más en mi apartado, categoría: gula y exceso de placeres desbordados. Hoy comí y comí chocolates para olvidar un amor, para olvidar mi atareada semana y para darme fuerzas por las que no tardan en venir.
Dediqué chocolates por los allegados míos: dos por la salud de mi familia y su bienestar, uno por el amor que se tienen Anabel y Francisco, uno para que el amor toque a la puerta del corazón de mi amiga Tha, otro por las emociones de un amor en proceso de mi amiga Taate, una menta para refrescar la acalorada y llena de despiste llegada del amor a mi amiga Diana, un enjambre para acabar con el mal de amores que hizo presa a Marianita y otro más para Mariela, otro enjambre por la magia de mi amiga Angélica, una trufa por la pasión y entrega con la que da sus clases de anatomía mi amigo Eduardo, una lengua de gato por tantas conversaciones nocturnas con mi amiga Laura, otra menta por la frescura que le llegó a mi amigo Tavo para que mejoraran otra vez las cosas, una trufa para Valeria y su amistad con Isaac, otra lengua de gato por Karen y nuestros entramados chismes, un enjambre de almendra por la renovada amistad con mi ya amigo Juan Pablo y por último, una trufa por Ek Chuah, dios maya del cacao, y una menta para México por ser cuna del chocolate.
El chocolate es sin duda un producto lleno de divinidad y al mismo tiempo propiedad de los mortales, bendita la hora en que Kukulkán les entregó a los hombres el cacao después de la creación. Bendito el chocolate que nos provoca placeres tan fantásticos como llenos de realidad; tan exquisitos y dulces como llenos de amargura en su sabor; tan fugitivos y evanescentes como memoriosos y eternos, tan refrescantes en bebidas espumosas como llenas de cobijo en una noche fría de invierno acompañada de churros.
Me sentí fuera del mundo cuando salí de la tienda comiendo mis chocolates, regresé a él para escuchar el tráfico, las prisas, el metro, la gente y llegar hasta el frente de mi computadora, revisar la saturada agenda, suspiré, vi mi reflejo en el monitor y me dije: “No importa, nada importa…porque hoy comí chocolates”
Nota: en tiempos de desventura, atareados días, cuando la pena desbanca a la alegría, para el mal de amores, para observar la puesta del sol por las ventanas, para acompañar una película: come chocolates, te lo recomiendo yo.
Si si, no comas chocolates por mi...
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarjajaja ahora si me qjare!! estoy INDIGNADA TOTALMENTE!!!! este tío no me dio chocolate en la reparticion
ResponderEliminarea yo si tengo chocolate, jajajaja gracias Toño, te quejas del aire de la ciudad?? que tiene de malo??. Besitos Toño me ha gustado mucho.
ResponderEliminarChe toño tienes talento, espero que lo sigas explotando neta que me entretuve bastante con la lectura y aprendí algunas cosas, te felicito por hacer esto y además ser excelente Dr. así que echale ganas y deja mas de estas cosas que vaya que desestresan
ResponderEliminarSaludos y suerte
Pdta: Gracias por mencionarme jeje
Los Belgas dicen que su Chocolate es el mejor del mundo. Al igual, también dicen, que el chocolate tiene los mismo efectos en el cuerpo que el sexo. Será cierto?
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